Tultitlán cumple 30 años de luto

En 2008 se cumplen 30 años del cierre de Cromatos, pero los desechos peligrosos siguen en el lu los ex empleados de la fábrica de compuestos químicos aún esperan su indemnización.
Cromatos aún no indemniza a sus ex trabajadores. (Fernanda V  (Foto: )
Adolfo Ortega

Los carros de ferrocarril procedentes del sureste del país y que llegan a Tultitlán son célebres por llevar como ‘pasajeros’ a miles de inmigrantes centroamericanos ilegales, que en ese municipio mexiquense hacen escala en su ruta hacia Estados Unidos. Esta forma de viajar es peligrosa. Una caída puede terminar con un brazo o una pierna cercenados, o les puede costar la vida misma. Por eso le llaman el ‘tren de la muerte’.

A unas cuantas cuadras de las vías hay un edificio que hace tres décadas era una escuela pública. Se llamaba La Reforma. En ese lugar estudiaba María Isabel Salmerón, de 15 años. En abril de 1975, la adolescente murió. Los doctores le dijeron a su madre, Manuela Ríos, que murió por la contaminación de ese lugar. “Entonces se convirtió en la ‘escuela de la muerte’”, recuerda hoy doña Manuela.

A raíz del fallecimiento de su hija, la señora hizo sus propias indagaciones y descubrió que la empresa Cromatos de México, ubicada junto a la escuela, había sido la fuente de contaminación. Descubrió que, además de su hija, otras dos jóvenes habían muerto por la misma causa, y se dio a la tarea de exigir a las autoridades que pararan el daño que los desechos de esta compañía provocaban.

En 1976, el gobierno confirmó la contaminación y reubicó la escuela. Dos años después, la planta fue clausurada. Las medidas parecían las apropiadas, excepto que dejaron en el lugar decenas de toneladas de desechos tóxicos.

En 1983, el gobierno federal construyó una barda de seis metros de alto y confinó la fuente de contaminación a un gigantesco recipiente de concreto. El contenedor se agrietó y así volvió la contaminación al aire y a los mantos freáticos. Sólo parches le han hecho a este sarcófago.

El origen

Florencio Pacheco tenía 17 años cuando llegó a vivir al municipio de Tultitlán, en 1959. Provenía del estado de Puebla, donde sembraba maíz y frijol por un sueldo de 1.5 pesos a la semana. Las heladas y las lluvias le arruinaron varias cosechas. Por eso emigró a la ciudad, donde otros integrantes de su familia ya trabajaban en una empresa que había abierto un año antes. Pacheco fue a pedir trabajo a esa compañía.

Cuando llegó a las instalaciones, vio que un hombre preguntaba a los solicitantes si sabían leer y escribir. A quienes decían que sí les pedía que regresaran después. Pacheco nunca fue a la escuela y así lo informó cuando le tocó su turno. El hombre le pidió que entrara a trabajar de inmediato. Ganaría 8 pesos a la semana, “un dineral”, recuerda ahora. Así comenzó a laborar en Cromatos de México, una fábrica de compuestos químicos que se usaban para curtir el cuero.

Seis meses después comenzó a dolerle la cabeza. Más tarde empezaron las hemorragias nasales. No era el único, sus compañeros adolecían de lo mismo. Pasaron los años y él siguió trabajando en la empresa. Sin estudios no tenía muchas opciones de empleo. A principios de los 70, los desmayos y el dolor en la garganta y los pulmones obligaron a Pacheco a ir al Seguro Social. Durante ocho meses le hicieron estudios y al final le diagnosticaron intoxicación por cromo. “El doctor me dijo que si no me salía de ahí, no me daba ni un año de vida”. Así, en 1975 lo cambiaron al área de pintura.

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