Peligra tradición hispana en Brooklyn

Durante 30 años los latinos en el viejo puerto de Red Hook vendieron sus tradicionales comidas; ahora que el vecindario está de moda, el gobierno de la ciudad planea limitarlos.
NUEVA YORK (AP) -

Ceviche peruano-ecuatoriano, chuzos colombianos, pupusas salvadoreñas y huaraches mexicanos deleitan desde hace más 30 años al público hispano en el parque de un antiguo vecindario de Brooklyn, hasta donde llegó un grupo de pioneros a jugar el fútbol. Pero, esta tradición corre peligro de desaparecer.

Los primeros grupos de inmigrantes latinoamericanos que llegaron a Nueva York en la década del 60, eran colombianos y guatemaltecos, y pronto buscaron un lugar para jugar al fútbol. Red Hook, que por esa época era un punto olvidado entre muchos otros barrios neoyorquinos, les hizo un espacio. Y con el popular deporte llegaron los familiares y los amigos de los jugadores, e inevitablemente las viandas de comidas y bebidas.

''La liga guatemalteca juega aquí desde 1969'', comenta un sexagenario mientras observa un partido de fútbol entre Pensamiento, de camiseta roja, y Yugoslavia, de amarillo. ''Nosotros fuimos los primeros en jugar aquí'', agrega orgullosamente.

Actualmente, son muchos los puestos de venta con toldos de colores que han logrado un negocio casi estable los fines de semana durante los meses de primavera y verano, desde mayo a octubre. Y las nacionalidades de los vendedores se han ido matizando con las nuevas oleadas de inmigrantes procedentes de México, El Salvador, Guatemala, Ecuador, Colombia y la República Dominicana.

Red Hook, el viejo puerto de Brooklyn, estigmatizado por sus proyectos habitacionales construidos en los años 30 que se convirtieron en un centro de droga y de la violencia pandillera a fines de siglo, hoy es escenario de un remozamiento urbano. Es un barrio de moda, con nuevos restaurantes, e históricos edificios remodelados. Entre sus residentes ahora hay artistas y profesionales.

El trato de las autoridades hacia los comerciantes del parque también ha cambiado.

Durante años los vendedores operaron con permisos temporales que renovaban mensualmente, pero a partir de junio el Departamento de Parques y Recreación de Nueva York ha emitido una orden a fin de que soliciten permisos para toda la temporada veraniega y hasta un período de seis años.

Esta disposición ha provocado revuelo entre los inmigrantes que sospechan que este es el principio del fin.

César Fuentes, director ejecutivo del Comité de Vendedores del Parque Red Hook, afirma que los vendedores tienen asegurados sus puestos a corto plazo.

''Obviamente nosotros como grupo estamos interesados en preservar esta tradición hispana pero tendríamos que ganar la concesión de puestos por medio de subasta para continuar'', destacó el dirigente de nacionalidad salvadoreña. ''Esto se debe a que el vecindario ha mejorado, indudablemente. Todo es más caro'', agrega el dirigente.

Sin embargo, ''los precios de las concesiones varían, dependiendo de la ubicación y de la importancia, y de la atracción del lugar. Típicamente una concesión de hot-dogs puede costar desde 600 dólares en un parque pequeño por un permiso de un año hasta 4 años, hasta los 300,000 dólares por concesión, que es lo que pagan los puestos de venta frente al Museo Metropolitano de Arte (en la Quinta Avenida) en Manhattan'', concluye.

Un portavoz del Departamento de Parques y Recreación dijo que todos los miembros del comité serán invitados a participar.

''No tenemos la intención de expulsar a los vendedores, a quienes apreciamos y deseamos preservar, pero acatando las normas estipuladas para las concesiones'', indicó Philip Abramson a The Associated Press por correo electrónico.

''Ni siquiera quiero pensar a cuánto van a subir los permisos en la subasta de concesiones del Departamento de Parques'', se pregunta Janet Laines, que ayuda a su padre en la venta de pupusas y otros platillos salvadoreños.

''Sospecho que detrás de todo esto está Ikea'', dice Janet, refiriéndose a la tienda de muebles y artículos del hogar que se construye a dos cuadras del lugar. ''Nosotros no podemos competir con Ikea, es una compañía grandísima y van a tener su parque de recreación muy bonito'', señala.

''Si esto se acaba, yo seguiría con mi profesión de enfermera'', dice Janet con tono cansado. ''El perjudicado sería mi padre, quien ya cumple casi 70 años y no podría conseguir otro trabajo. Tendría que regresar a El Salvador con mi mamá'', añade pensativa.

Mientras Janet habla, los otros miembros de tres generaciones de la familia Laines amasan las pupusas, fríen los plátanos maduros y sirven a los comensales, bajo la atenta mirada del patriarca, Roberto, quien comenzó el negocio hace 17 años.

''Mis padres vinieron a Nueva York en 1976, y nos dejaron a los cuatro con la abuelita en el pueblo de La Unión. Cuando la guerra civil arreció fueron a recogernos y hemos vivido aquí juntos. Este es nuestro país'', relata Janet. Su abuela murió hace dos años, a los 91. ''No se acostumbraba aquí'', agrega.

Los equipos pioneros en Red Hook, colombianos y guatemaltecos, fueron seguidos por los centroamericanos y otros países latinoamericanos en la década del 80.

''Un domingo llevé a los niños a ver a los equipos colombianos de la Liga Panamericana. Había llevado una olla de carne y habichuelas para mis cuatro hijos y cuando comencé a servirles, la gente se aglomeró y me pidió que les vendiera la comida, y desde entonces no he parado'', relata Yolanda Cerón, de Cali, que llegó a Nueva York en la década del 70 y trabaja en el parque desde hace 29 años.

''Dejé la factoría. Había encontrado el trabajo ideal para poder criar a mis hijos con tranqulidad'', cuenta Cerón, que atiende la caja mientras los alimentos son preparados con esmero por dos de sus hijas con la ayuda de dos de sus nietos. En el estante acumulan ordenadamente las empanadas, papas rellenas, arepas y chuzos, que son trozos de carne ensartadas en un palillo.

''Ahora no queda ningún colombiano (en Red Hook), la única soy yo'', cabila y agrega, ''aunque tres de mis nietos y tres biznietos juegan al fútbol, y siempre vienen al parque''.

La vasta presencia de los vendedores mexicanos es evidente.

Por doquier se venden choclos o elotes, mamey tallado y otros tipos de fruta, además de los conocidos tacos, quesadillas, enchiladas y huaraches.

Una mujer de lindo rostro, Margarita Hernández, natural de Hidalgo, dirige desde hace 16 años la venta de huaraches, una tortilla rellena de frijoles que se sirve con carne o pollo y verduras, y mucho condimento.

''El negocio es bueno en Red Hook'', afirma Margarita. Trabaja largas horas los fines de semana, el sábado de 10 de la mañana hasta las 10 de la noche, y los domingos desde las 7 de la mañana hasta las 9 pm.

En un extremo del parque llama la atención un puesto, cuyos clientes están sentados alrededor como si fuera una barra.

Una ecuatoriana, Carmen Rojas, vende una combinación de productos de tres países, Chile, Perú y Ecuador.

Empanadas ''caldúas'' chilenas, y varios tipos de ceviche, un mixto de tilapia y mariscos, y uno de camarones, peruano-ecuatoriano. Carmen dice que en la preparación influye mucho su esposo de nacionalidad chilena que vivió muchos años en el Perú. ''Allí aprendió a preparar ceviche, pero yo le agrego tomate al estilo ecuatoriano'', señala. ''Los peruanos detestan esa adición del tomate'', agrega nerviosamente.

Rojas, que trabaja desde hace cinco años en Red Hook, se siente optimista sobre el futuro y la renovación de permisos.

''Pesan los años que estamos aquí y lo que significa para la gente hispana que llega a este lugar como si estuviera en su tierra'', dice Rojas con convencimiento. ''Es como un escape de fin de semana. La gente viene aquí en busca de sus raíces''.

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