Los héroes verdes (nota)

Conozca a ‘los cruzados’ que luchan por el ambiente de México.
Adolfo Ortega

Cuando Manuela Ríos tenía 42 años de edad, se levantaba todos los días a las tres de la mañana a hacer el aseo que no podía cuando despertaban su esposo y sus 11 hijos. Unos días después del 1 de abril de 1975, cuando murió su hija María Isabel, de 15 años, doña Manuela cambió de rutina. Empezó a usar sus madrugadas para escribir las cartas donde denunciaba que María Isabel había muerto por la contaminación que producía la fábrica que operaba junto a la escuela de su hija.

“Tenía que terminarlas antes de que se fuera al trabajo la vecina que me las pasaba a máquina”, recuerda.

Las cartas que doña Manuela escribía al alba eran el primer tramo del extenso camino burocrático que los funcionarios del gobierno le exigían para tomar en serio sus reclamos.

La denunciante, que sólo cursó la primaria, se dedicó a juntar pruebas transitando entre laboratorios. Cuando empezó a hacer más ruido, no faltaron las amenazas. Le decían subversiva y le advertían que ‘revelarían’ que era pariente del delincuente más famoso: “…un tal Ríos Galeana”.

Las amenazas no le importaron. “Para estas denuncias hace falta valor, no preparación”. Tampoco se percató de que entonces abría una brecha en el activismo ecológico de México. “Lo hacía por mis otros hijos y los de mis vecinos”.

Valentía y conciencia son los atributos que comparten los protagonistas de este reportaje. No importa si pasan su vida en un laboratorio de investigación (Mario Molina) o en las costas del Pacífico (Juan García). Ellos enfrentan intereses muy poderosos sin otras armas que sus convicciones.

Si esta edición se hubiera publicado en 1940, habría aparecido Miguel Ángel de Quevedo. Pero es 2007 y la mayoría de los citados pertenecen a la generación que empezó a organizarse en los 80, para ayudar en el terremoto de 1985 o protestar contra la planta nuclear de Laguna Verde.

El inicio fue un tanto caótico. El primer manifiesto ecologista, publicado a fines de 1988, fijó su posición en temas tan diversos como los métodos de producción, la deuda externa y el campo mexicano. “Era un manifiesto beligerante”, recuerda Regina Barba, dirigente de uno de los organismos firmantes, la Asociación Ecológica Coyoacán.

Eran los primeros pasos de una generación de clasemedieros que en los 90 tuvo su época dorada, cuya fuerza venía de la asesoría y los recursos de los organismos internacionales que miraban a México mientras negociaba el TLCAN.

Cuando el PAN ganó la presidencia en 2000, algunos ambientalistas, como Víctor Lichtinger, formaron parte del nuevo gobierno. Esto provocó un vacío de liderazgo en las ONG que enarbolaban la causa ambiental. “El año 2000 marca el debilitamiento del movimiento”, dice Jordi Díez, académico de la Universidad de Guelph, en Ontario, Canadá.

Lichtinger, que fue titular de Semarnat los primeros tres años del gobierno de Vicente Fox, reconoce que durante su gestión bajó la intensidad del activismo ecológico. Él lo atribuye a una tendencia mundial. “El tema ambiental es muy internacional”, explica. “Cuando Bush subió al gobierno de Estados Unidos, el tema ambiental bajó, y eso afectó también al movimiento ecologista mexicano”.

Lichtinger cree que el movimiento ecologista mexicano vive una transición generacional. Díez no ve con mucho optimismo el futuro. “Parece ser que el tema ambiental ya no es tan importante como lo era antes”, considera.

De regreso a la historia de doña Manuela, el gobierno clausuró Cromatos en 1978, pero no confinó las 75,000 toneladas de cromo hexavalente que eran una de las principales fuentes de contaminación. Años después los cubrió con concreto, pero el polvo amarillo seguía pintado en las paredes de la compañía y de los inmuebles cercanos.

Hoy, los desechos siguen ahí. También algunos síntomas de los vecinos, como las hemorragias nasales. A principios de este año falleció la sobrina de doña Manuela, Mayra Jiménez. Tenía 27 años de edad y un niño de siete. La familia cree que fue el cromo y doña Manuela teme que le ocurra lo mismo a su nieto de 14 años que hoy está hospitalizado.

Hace poco, cuando el municipio de Tultitlán homenajeó a doña Manuela, dijo: “Damos gracias por este reconocimiento, pero el más grande va a ser cuando quiten los desechos de cromo del lugar contaminado”.  

Ciencia y ecología
Mario Molina es el modelo de la conciencia ecológica. Él alertó del agujero en la capa de ozono y ganó el Nobel de Química.
Cristina Ávila-Zesatti

En su reciente visita a México para hablar sobre el cambio climático, el ex vicepresidente de EU, Al Gore, mencionó al menos 10 veces el nombre de Mario Molina. Al cierre de su conferencia, el autor del documental Una verdad incómoda, pidió al auditorio, “escuchar la voz del doctor Molina”.

Mario Molina Henríquez es ‘esa voz’ que despertó la conciencia ecológica planetaria con un timbre de alerta cuando, en 1974, él y su colega Sherwood Rowland publicaron la teoría sobre la reducción de la capa de ozono, que comprobaba la relación directa entre los daños a la estratosfera y las partículas industriales de cloro y bromuro.

Su teoría resultó cierta, y decir que ambos ganaron el Premio Nobel de Química en 1995 por sus investigaciones en este campo parece fácil, pero 21 años de combinar la actividad científica con el activismo ambiental, hablan de un espíritu convencido de su tarea.

“Yo no buscaba un problema ambiental, sino simplemente conocer el destino de esas partículas industriales”, asegura Molina. “Mi descubrimiento me trajo preocupación y la necesidad de dar la alarma”.

Tras una intensa campaña, en 1987 se logró la firma del Protocolo de Montreal, un tratado internacional para controlar la emisión de partículas, y así, desde hace 20 años, cada 16 de Septiembre se celebra el Día Internacional para la Preservación de la Capa de Ozono, cuyos daños, a decir de Mario Molina, podrían quedar subsanados en 2050.

“Soy muy optimista en cuanto al problema del calentamiento global (…) también con el ozono la primera década fue angustiante y acuciante, pero yo veo un cambio de actitud, desde que los científicos corroboraron que el daño proviene de la acción humana, aunque hace falta mucho más que ciencia (…) Gobiernos, empresas e individuos debemos entender que un verdadero desarrollo económico sólo será posible si cambiamos de mentalidad y de hábitos”.

“Antes de ser hombres de ciencia, deberíamos ser hombres”, dijo una vez Einstein. La congruencia en la vida de Molina cumple a cabalidad la sentencia de su colega alemán.

El ecoturista
Hace dos décadas, Héctor Ceballos-Lascuráin creó un concepto que revolucionó la historia del sector: el ecoturismo.
Alejandra Leglisse

Héctor Ceballos-Lascuráin hojea una revista dedicada a las aves del paraíso de Nueva Guinea; admirado por su belleza, explica que estas aves le inspiran en sus diseños arquitectónicos. “No puedo separar la naturaleza de la arquitectura, son mi pasión”, dice.

A Ceballos-Lascuráin le conocen como el padre del ecoturismo. Cuando en 1983 dirigía Pronatura, la organización conservacionista más influyente en México, acuñó el término. “Entonces nadie sabía de qué se trataba”, recuerda. Para él, ecoturismo es viajar siendo ambientalmente responsables, ir a lugares naturales sin disturbar, minimizando el impacto negativo y beneficiando a las comunidades locales.

El ecoturismo es el segmento más dinámico de este sector, con crecimientos de hasta 30%, según la Organización Mundial de Turismo (OMT), órgano en donde Ceballos-Lascuráin es consejero. El arquitecto también dirige el Programa Internacional de Consultoría en Ecoturismo (PICE).

Su pasión por la naturaleza comenzó de niño en Chihuahua, cuando su padre lo llevaba a viajar a incontables zonas arqueológicas y santuarios naturales.

Él es uno de los arquitectos ambientalistas más importantes a nivel internacional y el único mexicano que ha trabajado en el tema en 72 países. Su nombre empieza a ser una marca, al estilo de los diseñadores de campos de golf. “La arquitectura ambiental está supeditada al medio ambiente; se usan formas orgánicas y trata de tener un bajo impacto”, explica.

Ahora está desarrollando en la reserva de la biosfera de Sian Ka’an el primer ecoalojamiento de clase mundial en el país. En Isla Altamura, Sinaloa, tiene otro proyecto que propone formas arquitectónicas orgánicas, parecidas a las dunas del lugar. Trabaja, además, en otros ecoalojamientos en Chiapas, Baja California y Jalisco, todo desde su propio santuario en Tepepan, al sur de la Ciudad de México en donde vive y de donde surgen sus propuestas ambientales.

Guardia de la ley ambiental
Los juzgados son la trinchera de Gustavo Alanís. Ha metido en cintura a empresas y gobiernos que atentan contra el ambiente.
Ulises Hernández

“Oigan, ya bájenle; si no, el gobernador se los va a quebrar”, le dijo a Gustavo Alanís una mujer que trabajaba con Mario Villanueva Madrid, entonces mandatario estatal de Quintana Roo.

Era 1996 cuando este especialista, con maestría en derecho ambiental, llevó el caso de la construcción del muelle Paraíso en Cozumel al seno de la Comisión para la Cooperación Ambiental (CCA), organismo que vela por el cumplimiento de los acuerdos ambientales en el marco del Tratado de Libre Comercio con EU y Canadá (TLCAN).

En su calidad de abogado, Alanís había acusado a los gobiernos de México y de Quintana Roo de no hacer cumplir la ley ambiental al no objetar la construcción del muelle para cruceros, que afectaría los arrecifes de coral de la isla.

Pero la amenaza no surtió efecto. “Nos dio mucho más fuerza para seguir adelante. Esto nos confirmó que estábamos siendo efectivos”, dice Alanís, quien preside el Centro Mexicano de Derecho Ambiental (CEMDA).

Por fortuna, dicho muelle nunca se construyó y gracias a la intervención del CEMDA, los arrecifes de Cozumel fueron declarados Área Natural Protegida y se logró el ordenamiento ecológico de la isla.

Gustavo Alanís Ortega, de 43 años, es el principal promotor del derecho ambiental en México. A lo largo de casi 15 años ha velado por el cumplimiento de las leyes en la materia, a contracorriente de poderosos intereses económicos y de gobierno.

También a través del CEMDA, Alanís se opuso a la construcción de una salinera de la paraestatal Exportadora de Sal y la japonesa Mitsubishi en la laguna de San Ignacio, un refugio invernal de la ballena gris en Baja California. También se enfrentó a la UAM cuando pretendía construir un plantel en una zona de conservación ecológica de Cuajimalpa, en el DF. Hace poco denunció a la Semarnat por haber autorizado un proyecto turístico aledaño a la laguna de Nichupté, en Cancún, que antes había sido rechazado por otras instancias de gobierno porque afectaría la zona de manglares.

Ninguno de estos proyectos, que planteaban contradicciones con la legislación ambiental y de conservación, se concretó, gracias a las acciones del CEMDA y a otras organizaciones no gubernamentales.

“La intención no es litigar, pero si las autoridades no nos hacen caso, no nos queda alternativa”, dice Alanís, quien ha sido tachado de radical por sus detractores.

“Mucha gente piensa que somos ecologistas radicales, que no queremos el crecimiento económico ni la inversión, pero nuestra posición es que si se respetan la ley y la naturaleza, las cosas sí se pueden hacer”, asegura.

Al terminar la carrera de derecho en la Universidad Iberoamericana, a principios de los 90, incursionó brevemente en el derecho corporativo y mercantil en el bufete jurídico de su padre, pero la experiencia no lo convenció.

Se interesó entonces en una maestría en derecho ambiental que ofrecía la American University de Washington, la cual estudió gracias a una beca de Conacyt.

Fue en EU que se le ocurrió la idea de crear una asociación civil que promoviera el cumplimiento de la legislación ambiental en México y velara por los derechos de los ciudadanos a tener un medio ambiente limpio y sustentable. Alanís presentó su proyecto a investigadores y directivos de fundaciones filantrópicas y conseguió su apoyo. Así surgió el CEMDA, en agosto de 1993.

Desde entonces ha apoyado a los gobiernos federal y del DF para elaborar algunos ordenamientos como la Ley General de Desarrollo Forestal Sustentable y la Ley Ambiental del Distrito Federal. También asesora a varias empresas . “Ahora los inversionistas y desarrolladores se acercan a nosotros y nos consultan para saber si sus proyectos son compatibles con la legislación”, concluye Alanís.

Las ecoprimicias
Fue pionera del periodismo ecológico en México, donde además puso en práctica lo que aprendió de los indios sioux.
Hugo Valenzuela

Era la década de los 60. La joven Talli Nauman aún no salía de su pequeño pueblo natal, ubicado en Dakota del Sur, en el corazón del territorio sioux, y ya había sufrido su primer agravio periodístico: publicar sin firma los artículos que escribía para el semanario local Custer County Chronicle.

Así la protegían sus jefes de posibles represalias por denunciar los riesgos de la explotación minera de uranio por parte de empresas como Kerr-McGee. Los artículos de Nauman contribuyeron a impedir que se extrajeran materiales radiactivos a costa de destruir un entorno considerado sagrado por los indios. Desde entonces ha escrito con los principios que le inculcaron sus padres, cineastas independientes que eligieron vivir entre bosques de pino, lagos y montañas, en armonía con la naturaleza y en sana convivencia con los indios. De las tribus de la región aprendió el concepto de “ser parte de la naturaleza”.

Cuando, a principios de los 90, se negociaba el TLCAN, Nauman escribió desde México sobre los efectos del tratado en el desarrollo sustentable y el medio ambiente del país. Los textos se publicaron en el diario El Financiero y en otros medios de EU; sin embargo, el periódico mexicano la despidió porque “el medio ambiente no tenía nada que ver con los negocios”.

En 1994, Nauman contribuyó a la fundación del proyecto independiente Periodismo para Elevar la Conciencia Ecológica (PECE), con sede en Aguascalientes. Más tarde se incorporó al Grupo Consultivo Voluntario para los Registros de Emisiones y Transferencias de Contaminantes en América del Norte y a la Comisión para la Cooperación Ambiental. Y a principios de 2004 fundó con otros colegas la Red Mexicana de Periodismo Ambiental.

Desde los Black Hills, Nauman sigue activa, pero siempre bajo el precepto de los indios sioux “Mitákuye Oyásin”, que representa la convivencia pacífica e inteligente entre la gente, los seres y la naturaleza.

Gasto bajo control
Su lema es: antes de buscar nuevas alternativas de energía hay que hacer más eficientes las que ya existen. Lógico, ¿no?
Verónica García de León

Las colas kilométricas para comprar gasolina en California lo impactaron. Era el año 1973, y lo que Odón de Buen presenció fueron los efectos de la primera crisis del petróleo, provocada por un embargo árabe.

El tema de la energía no era nuevo para él. Su padre fue un personaje reconocido en el sector. Él fue quien amplió la capacidad de la planta hidroeléctrica de Necaxa y el responsable de que Ciudad Nezahualcóyotl tuviera luz.

Lo que De Buen vio en California cuando tenía 20 años definió su trayectoria profesional, donde ha privado la pasión por el ahorro y las energías renovables. Su primer trabajo fue un proyecto de investigación de la UNAM sobre energía solar, de los primeros que se hacían en México. Años después concluyó: “Antes de buscar alternativas de energía hay que buscar eficientar su uso”.

En el laboratorio Lawrence, mientras cursaba su maestría en la Universidad de Berkeley, estudió la factibilidad e implementación de un proyecto de lámparas ahorradoras para México, las primeras que se introdujeron al país. Evaluó también las primeras normas para la eficiencia energética de aparatos eléctricos y edificios de nuestro país.

En 1995 entró a la Comisión Nacional para el Ahorro de Energía (CONAE). Se suponía que sólo estaría en la dirección por tres semanas, pero se quedó siete años. Sin embargo, esto no fue gratis: para que lo dejaran trabajar tuvo que ayudar al gobierno zedillista a defender el horario de verano. “Fue mi dolor de cabeza y mi soporte”, comenta. Creía en el programa porque generaba ahorros eléctricos reales, pero el problema no era técnico, sino político.

Durante sus años en CONAE logró ahorros por el equivalente a unos 4,800 millones de pesos.

Ahora es consultor para los gobiernos de Chile, República Dominicana y organismos como la CEPAL, el PNUD y el Banco Mundial. “El mundo tiene que tener un cambio radical. Hay mucho que hacer en él”, asegura.

Fray comercio justo
En los años 80, un cura holandés fijó, desde el sur de México, las nuevas reglas para comerciar los productos del campo.
Feike de Jong

En los lejanos llanos que circundan el pueblo de Ixtepec, en el Istmo de Tehuantepec, en el sureste del país, todavía se recuerda el día en que llegó a la comunidad un holandés, rubio como el sol, que a principios de los 80 vestía pantalón de mezclilla y camisa azul.

“Pensé que era un importador de café”, confiesa Isaías Martínez, uno de los fundadores de la Unión de Comunidades Indígenas de la Región del Istmo (UCIRI), la cooperativa de café más exitosa en materia de comercio justo. “Después me enteré de que era un cura y que quería emprender algo diferente”.

El extranjero era Frans van der Hoff, y lo que él quería era que los productores se quedaran con un mayor porcentaje del precio final del grano de café. Para garantizar que esto se cumpliera desarrolló, junto con la comunidad, un sello de distinción llamado Max Havelaar, nombre inspirado  en una novela holandesa publicada en 1860 que criticaba el colonialismo de los países europeos.

Sus antecedentes en la región lo vinculaban con los sacerdotes cercanos al obispo Samuel Ruiz, quienes criticaban la desigualdad social y apoyaban a los campesinos cafetaleros sometidos a los acopiadores, a políticos y a los caciques de la zona.

UCIRI es una organización que en 1983 fundó Van der Hoff junto con los líderes de las comunidades de la zona. El año pasado, la cooperativa facturó alrededor de 34 millones de pesos vendiendo productos catalogados dentro del comercio justo, que le garantiza a los productores un precio mínimo para sus productos y obliga a los clientes a proveer financiamiento al productor.

De acuerdo con Víctor Pérez, agrónomo y asesor de comercio justo de México, los productores del campo que trabajan bajo este esquema obtienen entre 10 y 15% del precio final, mientras que en los esquemas normales, la ganancia no pasa de 5%.

Sin embargo, hay comercializadores que creen que el principal valor de esta distinción no es la justicia de pagarle más al productor, sino la transparencia del proceso, debido a que los consumidores pagan un sobreprecio por saber el origen del producto.

Con una casa en un pueblo zapoteca llamado Barranca Colorada, en la parte alta de un cerro, Van der Hoff vive de los ingresos que obtiene de un cafetal y de los huevos que le dejan varias decenas de gallinas. Como no hay teléfono, usa una computadora con conexión satelital para manejar su correspondencia con los medios y las organizaciones que piden su asesoría.

“Lo han aceptado como un campesino igual que ellos, sufre igual que ellos, se enferma igual que ellos; él es parte de la gente”, dice Martínez.

En el sector se reconoce a Van der Hoff como el abuelo del movimiento de comercio justo. Y este abuelo ya se está retirando a las colinas y a los cerros del sureste mexicano que tanto dice amar. La mente que logró tres doctorados está buscando su descanso entre los campesinos con quienes ha compartido tanto.

A los 68 años, Van der Hoff se queja de que la edad le impide trabajar en el campo como él quisiera. Pero puede estar tranquilo con el legado que deja su obra: en 2005, su modelo de comercio justo vendió 1.1 millones de euros (1.5 MDD) a nivel mundial. La gente de su alrededor quizá no lo recuerde por eso.

“Tiene un gran sentido del humor”, asegura Martínez. “En las juntas del pueblo siempre le salían chispazos, nos hacía reír mucho. Y siempre vive exactamente lo que predica”.

“Se reíande mí”
Desde que se dedica a impulsar a firmas de alto impacto social o ecológico, prefiere la comida orgánica y la madera certificada.
Jesús Hernández

Al cumplir 28 años su vida dio un vuelco. Rodrigo Villar regresaba de Australia cuando tomó el reto de abrir la oficina mexicana de New Ventures, una aceleradora de negocios sustentables creada por el World Resources Institute y el Fondo Mexicano para la Conservación de la Naturaleza. Era abril de 2004 y debía conseguir inversionistas para proyectos sustentables y empresas de alto impacto social y ecológico para financiar y asesorar. Pero Villar sólo tenía 70,000 dólares, su experiencia como contador, un MBA en desarrollo de nuevos negocios y enormes lagunas sobre temas ambientales y de sustentabilidad.

“Nunca fui un apasionado de los temas sociales o ecológicos”, dice. “Mi generación se burlaba de los activistas que se ataban a un árbol para impedir su tala y cuando les platicaba a mis amigos a qué me iba a dedicar se reían de mí”.

Tres años después, las cosas cambiaron. El fondo es 10 veces más grande gracias al aporte de inversionistas privados y gubernamentales, lo que permitió financiar a unas 30 empresas cuyo retorno de la inversión supera 40%.

Antes de New Ventures, Villar trabajó en Dow Chemical, Ernst & Young y Grupo Desc, hoy Grupo Kuo. Entonces vino el cambio. Empezó a consumir alimentos orgánicos y a comprar muebles hechos con madera certificada, lo que garantiza que provienen de bosques sustentables.

El cambio más evidente, sin embargo, lo vive cuando visita los grandes edificios corporativos. “Cuando veo que la gente está preocupadísima por cumplir sus metas, me doy cuenta de que nunca más regresaría al mundo corporativo, ni aunque me pagaran el triple. Mi rumbo ahora está en la parte social”.

Entre las iniciativas que apoya New Ventures hay desde constructoras de viviendas ecológicas para gente de escasos recursos, hasta estanquillos que prestan bicicletas (como en Europa) y que captan recursos de la publicidad. En breve abrirán una cafetería en su sede (al sur de la capital) y editarán un directorio telefónico verde, entre otros proyectos.

Estación ecológica
Cómo se transforma un vendedor de reactivos en el comunicador más influyente en materia de medio ambiente.
Aníbal Santiago

Tenía 34 años y más de una década con el título de químico, pero el trabajo de Luis Manuel Guerra le hacía sentir como un vendedor sin suerte. Su labor era convencer a los laboratorios de comprar reactivos que medían el colesterol, el azúcar y antígenos en la sangre de los pacientes. “Nosotros podemos hacerlos”, le respondían a su oferta.

Una mañana escuchó en la radio un programa sobre salud y su vida cambió por completo. “Invitaron a unos médicos que decían tonterías sobre los diabéticos... Me enojé tanto que al rato llamé a la estación”, recuerda.

Lo atendió la conductora del programa, Kathy Loretta. “No pueden decir eso al aire”, le reclamó. “Un diabético controlado no se muere de diabetes”. Loretta lo invitó al programa al día siguiente. Más tarde, Guerra fue comentarista fijo, y meses después se convirtió en el conductor del programa al que había llamado para quejarse.

Esto sucedió hace 23 años, y fue la punta de lanza para que Guerra comenzara a difundir temas científicos y relacionados con el medio ambiente, una labor de la que fue pionero en la radio y la televisión mexicanas.

Cuando trabajaba en Radio Red supo que la Red Automática de Monitoreo Atmosférico del DF arrojaba datos alarmantes que no se hacían públicos. Convenció a José Gutiérrez Vivó de convertir un viejo camión de la radio en el ‘Laboratorio Ecológico Monitor’ y desde este vehículo divulgaba la deplorable calidad del aire.

Con la ecologista Celia Kramer ideó el plan voluntario ‘Un día sin auto’. Conoció después al entonces titular de la Secretaría de Desarrollo Urbano y Ecología, Manuel Camacho, y le sugirió hacer obligatorio el programa. El funcionario primero se negó. Después, como regente del DF, Camacho le pidió ayuda para crear el Hoy no Circula.

En la actualidad, Guerra dirige dos emisiones en Grupo Radio Centro y coordina el Centro de Educación y Capacitación para el Desarrollo Sustentable de la Semarnat.

Juan Banana en Disney
Cuida el medio ambiente, desarrolla comunidades locales, cocina pan de plátano y organiza a los surfistas de San Blas.
Fernando Briseño

Cuando Juan Francisco García terminó la preparatoria, allá por 1968, quiso cumplir su sueño de abandonar el ruido y el tráfico de la Ciudad de México y emigrar a Ensenada para estudiar en la Escuela de Oceanografía. En este viaje pasó por San Blas, una población en la costa nayarita donde García había vivido de pequeño. “Lo que más recordaba de ese lugar eran los rituales indígenas y las matanzas de tortugas”.

La nostalgia lo mantuvo en ese lugar más tiempo de lo previsto. Empezó a subir al monte para cortar pencas de plátanos y como siempre le sobraba fruta empezó a experimentar con recetas de cocina. Hizo dulces y mermeladas, pero dio en el clavo cuando usó una receta de un amigo surfista de California y preparó pan de plátano. Un día que llevaba un pan recién horneado por la calle, unos turistas se interesaron por su olor y se lo compraron. Al día siguiente hizo uno más grande y volvió a venderlo.

Poco a poco empezaron a invitarlo a foros de gastronomía local y así nació su mote y su negocio: Juan Banana y una panadería que actualmente emplea a una docena de personas.

Hace casi una década, su vida dio un nuevo giro. Un par de proyectos turísticos empezaron a desarrollarse en las costas de Nayarit. Para ello, los interesados pretendían comprar 260 hectáreas al ejido de San Blas, así como los derechos del manantial La Tobara y del cocodrilario.

Los encargados del proyecto estaban planeando hacer de este lugar un nuevo Puerto Vallarta.

Muchos pobladores, sin embargo, estaban insatisfechos porque este plan los obligaría a desalojar sus viviendas. García empezó a organizar a los vecinos para protestar en contra de los proyectos. Las autoridades municipales comenzaron a hostigar al panadero, dañaron su automóvil y su negocio. Lo detuvieron dos veces y en la segunda ocasión, a finales de 1998, lo enviaron al penal de Tepic acusado de usurpar funciones y violentar la paz.

Cuando los pobladores de San Blas supieron que Juan Banana estaba preso, tomaron la presidencia municipal y amenazaron con permanecer ahí hasta que liberaran a su líder. Una comisión especial en el Congreso de Nayarit tuvo que ordenar la liberación del activista.

Más tarde, García fue absuelto. Los propietarios regularizaron sus propiedades y las empresas abandonaron el lugar. “Nosotros no nos oponemos al desarrollo, como suelen pensar de los ecologistas”, dice García. “Lo que queremos es que si vienen a construir hoteles y centros comerciales nos incluyan y que se respete el medio ambiente”.

Esta experiencia sirvió a los vecinos para enfrentar otros proyectos que amenazaban con dañar el medio ambiente. Él y otros pobladores formaron el Grupo Ecológico Manglar, que ha logrado incluir sus propuestas en la agenda del plan de desarrollo municipal de San Blas y corregir proyectos que, de haberse realizado, habrían tenido un fuerte impacto ecológico.

García cofundó Fondo Acción Solidaria (FASOL), una organización civil que provee fondos y asistencia a proyectos de desarrollo sustentable y que tiene representantes en Baja California, Baja California Sur, Sonora, Sinaloa y Nayarit.

Los pobladores de esta zona no sólo han impedido que se dañe el medio ambiente, sino que también promueven proyectos de desarrollo local, tal como lo hicieron en la comunidad de Singayta, donde se construyó infraestructura para ecoturismo y un vivero con fondos del Global Greengrants Funds, entre otros proyectos.

“La gente quiere ver a los tepehuajes, cocodrilos de río, tortugas casquito, coyotes y jaguares, y vienen acá a verlos”, cuenta García. “Éste es un Disneylandia de verdad”.

Isla a salvo
Unos compran islas para llamar la atención. Otros, como Manuel Arango y su fundación, lo hacen para ponerlas a salvo.
Roberto Morán

Cuando empezó con su empresa Restauración Ambiental, a Manuel Arango lo veían “como un romántico protector de venaditos”, según dijo él mismo en una entrevista con Expansión en 2005. En realidad, explicaba entonces, la protección del ambiente también tiene que ver con la economía. Como señala su compañero de batallas, Rodolfo Ogarrio –ahora director de la Fundación Mexicana para la Educación Ambiental, presidida por Arango–, se trata de encontrar la oportunidad de negocio junto con la protección de la ecología.

Arango, miembro de la familia fundadora de Aurrerá (ahora parte de Wal-Mart), creó Restauración Ambiental a principios de los años 80. En su consejo participaban directivos de grandes compañías, como Bimbo, ICA, Volkswagen, Modelo y Cydsa. Uno de sus logros fue convencer al gobierno del DF de cambiar los depósitos de agua de los excusados y así disminuir a la mitad el líquido que requería cada descarga. La empresa, sin embargo, no lograba ser lucrativa, de manera que a fines de los 80 le pasó la estafeta al Consejo Coordinador Empresarial, el cual formó el Centro de Estudios del Sector Privado para el Desarrollo Sustentable.

Arango y Ogarrio siguieron con la fundación. Su logro más reciente fue animar a que diversas fundaciones aportaran 3.5 millones de dólares para indemnizar a los ejidatarios de la isla Espíritu Santo, y convertir las 10,000 hectáreas de ese archipiélago en zona protegida.

La Fundación fue “un catalizador” de algo que de todos modos tenía que pasar, señala Roberto López, director de Protección de Flora y Fauna de las Islas de Baja California Sur en la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas. No obstante, esta intervención ahorró tiempo valioso para rescatar a las especies del lugar.

En este caso no se protegieron ‘venaditos’, pero sí 250 especies nativas, que estaban amenazadas por la introducción de animales ajenos, como chivos, y por la pretendida construcción de cabañas para turistas.

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