Mexicanos, con la basura hasta el cuello

El país produce 36 millones de toneladas de desechos al año, señala un informe de la revista Quo; el tipo de material que más se desperdició fue el plástico, con un aumento de 131% de 1992 a 2007.
Basura  (Foto: Luis Delfín)
Leonardo Peralta

Te levantas por la mañana y tomas un pañuelo para sonarte. Antes de entrar a la regadera,  desenvuelves un jabón y escurres el último chorrito del bote de champú en tu mano. De manera automática tiras los sobrantes al bote. Luego vendrá una bolsita de té o un sobre de café instantáneo, un vaso de unicel, un palito de madera para agitar el azúcar. Más tarde, algunas impresiones fallidas en la oficina, el periódico, una cáscara de fruta  y algunas colillas de cigarro. Al final del día, si eres mexicano, habrás producido poco más de 700 gramos de basura. Es decir, algo así como 260 kilos anuales.

No hace falta tener una bola de cristal para medir la magnitud del problema. Basta multiplicar la cifra por los millones de habitantes que somos. Resultado: como país producimos algo así como 36 millones de toneladas de basura anuales entre desechos domésticos, comerciales e industriales. De este total, los hogares son responsables de 27.7 millones de toneladas. Lo paradójico es que, simultáneamente, las pestilentes entrañas de nuestros desechos podrían ser una solución a la necesidad de energía que tenemos en el siglo XXI.

Pérdidas naturales

El desperdicio es parte indispensable del funcionamiento del mundo natural. La segunda ley de la termodinámica, descrita por el ingeniero francés Sadi Carnot en 1824, establece que la conversión de un tipo de energía en otra implica la pérdida de cierta cantidad durante la transformación. Esta regla aplica lo mismo para las estrellas -que al consumir el hidrógeno acumulan restos de elementos más pesados- que para los organismos vivos, cuyas células generan desperdicios almacenados en un órgano celular llamado proteasoma.

Como seres vivos, los humanos participamos en la generación de desperdicios desde el principio de los tiempos. La caza y recolección de vegetales, nuestras primeras actividades humanas, generaban sobrantes como restos de animales, plantas y utensilios desgastados que terminaban depositados en barrancas y cañadas alejadas de las comunidades para desviar la atención de animales depredadores. Dado el origen nómada de la humanidad, los tiraderos eran abandonados en poco tiempo, entonces los animales carroñeros y  las bacterias cumplían con su inmediata  labor de degradar los desperdicios. Sin embargo, con la llegada de la agricultura por el año 10000 a.C., se fundaron los primeros asentamientos humanos. La creciente agrupación humana no tardó en propiciar que la solución más socorrida para disponer de los desperdicios, o sea, arrojarlos a unas cuantas decenas de metros, se convirtiera en algo inútil debido a su creciente volumen. ¿Cómo solucionar el problema? Sepultándolo.

En 1870, el aficionado a la arqueología Heinrich Schliemann encontró las ruinas de Troya, la mítica ciudad protagonista de La Ilíada, en las cercanías de la ciudad turca de Canakkale. Entre otros muchos descubrimientos, Schliemann afirmó sentirse sorprendido porque las ruinas halladas ocultaban en realidad nueve versiones de la misma urbe. Es decir, encontró obras construidas unas encima de otras debido a que los troyanos no solían retirar los escombros cuando había temblores o guerras, sino que simplemente preferían sepultar y reconstruir. Igualmente eran enterrados utensilios cotidianos y todo tipo de basura, una version antigua de las técnicas de manejo de basura que se aplican hoy en día en innumerables tiraderos a cielo abierto.

Un legado de porquería

Otros datos históricos afirman que hacia el año 4000 a.C., los desperdicios humanos comenzaron ser un asunto de gobierno: en China se establecieron los primeros servicios de recolección de basura y en Europa aparecieron los primeros pepenadores: personas que rescataban de la basura doméstica productos difíciles de obtener y que eran fáciles de recomercializar.

Pero fue la civilización minoica de la isla mediterránea de Creta, entre los años 3000 y 1000 a.C., la que muy probablemente estableció la primera propuesta de solución a lo que a todas luces ya se vislumbraba como un problema sanitario. En las cercanías de Cnossos (capital minoica) se encontraron vestigios de rellenos sanitarios rudimentarios: grandes extensiones de desperdicios cubiertos con tierra para evitar la proliferación de malos olores y fauna nociva.

Lo mismo para el año 500 a.C., cuando la civilización griega continental ya lidiaba con un auténtico problema urbano: disponer de los desechos de Atenas, ciudad que para entonces registraba más de 300 mil habitantes. Para resolverlo, el gobierno emitió la primera regulación de sanidad de la que se tenga memoria: los desechos debían ser arrojados a no menos de 1.5 kilómetros de la ciudad. Más o menos por aquellos años, las autoridades de Jerusalén habían establecido una política similar al designar al valle de Kidrón como el lugar donde los desechos citadinos eran quemados a cielo abierto. Una catástrofe ecológica que dista de parecernos ajena a los habitantes de los países en vías de desarrollo.

Por supuesto, la concepción de urbe que se consolidó durante el imperio romano hacia el siglo I a.C. estableció una de las primeras políticas de disposición de residuos, la cual consistía en que los ciudadanos arrojaban los desechos por la ventana y una cuadrilla de esclavos a bordo de carretas los recogían para llevarlos lejos de la ciudad. Sin embargo, con la decadencia del imperio hacia la mitad del primer milenio de nuestra era, la infraestructura civil requerida para el traslado y disposición de los desechos se colapsó junto con todo el aparato de Estado. La terrible herencia sería una serie de ciudades europeas carentes de todo sentido de la higiene.

En la Edad Media, los centros urbanos comenzaron a aglutinar desperdicios en calles y baldíos, provocando pestilencias, animales nocivos y terribles enfermedades.

En el siglo XIII una epidemia de peste bubónica arrasó en el continente europeo, propiciando el abandono de ciudades enteras y cobrando la vida de 75 millones de personas, más de un tercio de la población total de ese entonces.

La manera en que esta catástrofe sucedió fue reconstruida por el historiador Robert Steven Gottfried. Según sus investigaciones, las responsables de la tragedia fueron unas pulgas infectadas con una bacteria (Yersinia pestis) que viajaron desde algún punto de Asia a Occidente en el lomo de las ratas que, tal como las actuales, tenían como dieta predilecta la inmundicia humana. Los insectos habrían llegado a las ciudades para esparcir la enfermedad.

Industria del desperdicio

A pesar de la contundente evidencia, la relación entre basura y salud pública no quedaría clara hasta la primera mitad del siglo XIX, cuando los descubrimientos en microbiología de Luis Pasteur determinaron que los desechos en putrefacción atraían fauna como moscas, ratas y perros, animales que podían diseminar enfermedades como tifus, rabia, peste, disentería, fiebre amarilla y más. No obstante, de la mano de este conocimiento llegaron otros que propiciaron el desarrollo industrial, la producción y el consumo masivo, y por supuesto, la generación de basura en los mismos términos.

Con la Revolución Industrial, las actividades manufactureras intensivas crearon un nuevo tipo de basura: desperdicios de metal, sobrantes de textiles y cenizas de máquinas de vapor. Eran grandes volúmenes de desechos que ya no se podían dejar en la calle.

En 1848 Inglaterra emitió la primera regulación relacionada con la basura, en la cual se establecía un servicio de limpia a cargo del gobierno para el tratamiento de los desperdicios. Más tarde, en 1874, la ciudad de Nottingham conoció el primer incinerador.

A principios del siglo XX, las grandes ciudades del mundo contaban con sistemas de recolección y disposición de desechos, aunque no eran muy sofisticados: En 1900, Viena presumía un sistema de reciclado de desechos formado por cerdos que se alimentaban de la basura, produciendo alimento y estiércol. Paralelamente comenzaron a operar los primeros sistemas de separación de residuos en ciudades como Berlín para facilitar el trabajo de los empleados de limpia, permitiéndoles hacerse de materiales como vidrio, latas y otros utensilios de valor.

Basura mutante

Al final de la Segunda Guerra Mundial, la bonanza económica vivida por las naciones de Europa y Estados Unidos provocó un aumento en el consumo de todo tipo de bienes, como televisores, planchas, refrigeradores, teléfonos. Con todo esto llegó un cambio menos visible pero de gravísima importancia, por sus consecuencias ambientales, en la composición de los materiales de desperdicio.

Desde mediados del siglo XIX comenzaron a comercializarse productos de derivados del hule y del petróleo: el caucho vulcanizado en 1839, la baquelita en la década de 1910, el nylon, el poliuretano y el acrílico en la década de 1930. Su composición molecular, basada en cadenas de compuestos llamados hidrocarburos, les proporcionaba distintas calidades de flexibilidad y resistencia, haciéndolos de gran utilidad hasta el momento en que fueran innecesarios, ya que su misma estructura les impedía ser biodegradados lentamente. Un ejemplo: a una bolsa de plástico le puede tomar entre 20 y mil años para volver a ser carbono. La basura sin fecha de caducidad había nacido.

Y no fue el único tipo nuevo de basura que apareció. Muchos de los objetos de la vida moderna que comenzaron a comercializarse masivamente, como automóviles, electrodomésticos y artículos de limpieza, empezaron a ser confeccionados con sustancias que jamás habían existido: pesticidas, aditivos, pinturas, ácidos y solventes, materiales que al liberarse en la naturaleza tienen la capacidad de contaminar grandes extensiones de tierra y agua de un solo golpe. Sumado a esto se dio el fenómeno de las megaurbes.

La cantidad de basura creció a pasos agigantados. Tan sólo en nuestro país, la cantidad de basura generada creció 77.2% al pasar de 21.9 millones de toneladas a 38.8 millones entre 1992 y 2007. De este montón incuantificable de desperdicios, el tipo de desecho que más ha crecido es el plástico, que en el mismo lapso de tiempo se incrementó en un 131%.

Manual para principiantes

Cuando una gran cantidad de desechos se arrojan en un sitio, inicia una serie de transformaciones físicas y químicas. La materia orgánica da arranque a un proceso de descomposición por obra de bacterias como la Streptomyces y la Actinomicetes, que viven en el aire y que al posarse en los desperdicios, se reproducen y alimentan hasta convertir las cáscaras y huesos en un compuesto de moléculas simples de carbono.

Si los desechos llegan a su punto final de depósito, ya sea un tiradero a cielo abierto o un relleno sanitario, sin que sean separados los materiales orgánicos de los inorgánicos, al interior del monte de basura se genera calor por obra de la compresión de la basura y la descomposición de los desperdicios orgánicos. Este calor y la presión de capas superiores de basura hacen que botes, frascos, cajas, pilas y otros contenedores de residuos químicos caseros, como tintes para el cabello, botellas con restos de limpiadores y baterías desechadas, se oxiden y terminen por romperse, liberando químicos que escurren al fondo de la montaña de desperdicios.

Con el tiempo, en las capas profundas de la basura, a oscuras y sin oxígeno, un tipo diferente de bacterias entra en escena, las denominadas anaerobias, que se alimentan de basura y tienen la particularidad de no requerir oxígeno para exisitir. Como resultado se acumulan gases como el metano y el óxido nitroso, que ascienden hacia la atmósfera y aumentan su capacidad para retener calor, agravando el proceso de calentamiento global. De hecho, un estudio del Geophysical Fluid Dynamics Laboratory de Estados Unidos encontró que la concentración atmosférica de metano en la atmósfera pasó de 0.1 partes por millón en 1900 a 0.5 partes por millón en el 2000.

En el subsuelo la situación no es más alentadora: si la basura queda expuesta, por ejemplo, al agua de lluvia, se mezcla con los líquidos de la fermentación, creando un compuesto llamado lixiviado, que está lleno de bacterias potencialmente infecciosas y compuestos tóxicos que terminarán por filtrarse hasta los mantos friáticos, envenenando poco a poco las reservas acuíferas del mundo.

Por si no bastara, si los desperdicios sintéticos se quedan al aire libre, el viento y la lluvia los dispersan hasta lugares insospechados. En 2004 se descubrió en el norte del Océano Pacífico, entre California y Hawaii, una zona de miles de kilómetros cuadrados de extensión con una alta concentración de basura plástica flotante hasta de 316 mil piezas por kilómetro cuadrado, lo que causaría un incremento en la muerte de aves marinas por ingesta de plástico, afectando al mismo tiempo la vida de medusas, peces y otros seres marinos. ¿Qué hacer, entonces?

El valor del desperdicio

La tecnología para procesamiento de basura sufrió pocos cambios hasta mediados del siglo XX. Quemaderos y tiraderos a cielo abierto fueron la norma en las ciudades del mundo hasta que en la década de 1950 aparecieron en Estados Unidos los primeros rellenos sanitarios, instalaciones que a diferencia de los tiraderos a cielo abierto, contienen la basura en compartimientos cerrados llamados celdas, que evitan la filtración de lixiviados y la penetración de lluvia gracias al uso de capas de plástico llamadas geomembranas.

Por supuesto, esto no basta: es necesario eliminar los contaminantes de la basura. Quizá el método más antiguo es la captura del gas proveniente de la fermentación de los residuos, denominado biogás. Desde principios del siglo XIX se sabe que estas emanaciones pueden ser una valiosa fuente de calor. Por medio de una red de tubos distribuidos en todo el relleno sanitario, el gas se captura y luego se almacena para su consumo energético.

Otras técnicas  innovadoras tienen que ver con la transformación de la basura en elementos útiles. La aplicación de calor en un ambiente sin oxígeno, llamada pirólisis, es una técnica desarrollada en los ochentas por la empresa Balboa Pacific Corporation, con la que los residuos orgánicos se convierten en petróleo artificial. Por otro lado, el sistema de mineralización que fuera desarrollado a principios de la década en Austria emplea la adición de un derivado del sílice, un material parecido a la arena de las playas, para convertir los desperdicios en suelo para plantas.

Sin embargo, todos presentan un problema común: no logran solucionar la disposición final de los desechos tóxicos, asunto que la empresa japonesa Ebara Corporation ha tomado como un auténtico reto. De ahí que en la década de 1990 lanzaran un sistema llamado antorcha de plasma, por medio del cual un chorro de gas eléctricamente cargado somete a los desechos orgánicos e inorgánicos a temperaturas hasta de 100 mil grados centígrados, calor suficiente para evaporar cualquier elemento tóxico, dando como resultado un gas rico en elementos combustibles que puede generar energía eléctrica.

Mejor separa

Pese a  todo, la compleja y costosa infraestructura que se requiere para el transporte y disposición de los desperdicios hace imprescindible que los generadores de basura asuman el papel más activo e importante en el procesamiento de los desechos.

Por principio de cuentas, el consumo responsable y moderado, y sobre todo la separación de basura, son quizá los elementos más importantes con los que el ciudadano puede ayudar a resolver el problema. Sólo algunas entidades en el país, como el Distrito Federal, obligan a los ciudadanos a separar los desechos orgánicos e inorgánicos. De acuerdo con datos de la Secretaría del Medio Ambiente y Recursos Naturales, únicamente el 3% de la basura es reciclada. Separar los desperdicios no es sólo una forma de facilitarle el trabajo a los empleados de limpia, sino de garantizar que esos desperdicios no lo sean al convertirse en materiales de reuso.

Epílogo

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En alguna playa del Caribe mexicano, en los riscos que bordean el europeo Mar del Norte o en las escarpadas costas del Pacífico peruano, se pueden encontrar amontonamientos de conchas de moluscos, relucientes al sol y abandonadas hace cientos de años por civilizaciones que se extinguieron y lo único que dejaron fueron desechos que se niegan a desaparecer. Hoy nuestros desperdicios se encuentran lo mismo en la Antártida que en la mitad del Océano Pacífico, y hasta orbitando alrededor del planeta.

Pese a nuestros intentos de desaparecerla enterrándola, quemándola o convirtiéndola en energía, la basura se ha vuelto una amenaza para la existencia. Irónicamente, si por obra de la marea incesante de inmundicia la humanidad desapareciera, los desechos permanecerían allí, relucientes al sol en tiraderos y rellenos sanitarios por cientos de años como testamento de nuestra incapacidad para lidiar con el producto de nuestra propia civilización.

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