El virus de la discriminación

Alejandro Juárez Zepeda alerta sobre la estigmatización de los mexicanos tras el brote de influenza; el activista en derechos humanos censura el trato dado a connacionales por China, Argentina y Cuba.
Mexicanos en China  (Foto: CNN)
Alejandro Juárez Zepeda

En días pasados, los habitantes de la Ciudad de México asistimos a una escena escalofriante que parecía salida de una película de ciencia ficción: unas cuantas personas, que portaban tapabocas y guantes de látex, caminaban por calles desiertas, entre locales abandonados. Una amenaza invisible y ominosa se cernía sobre la humanidad. Alguien volvió a predecir el fin del mundo y no pocos se aprestaron a buscar culpables.

El brote de una cepa mutante de influenza, la H1N1 -nótese el lenguaje digno de un guión hollywoodense-, se habría presentado en Perote en marzo de este año (curiosamente este "paciente 0", el niño Edgar Hernández, de cinco años, se curó de la enfermedad). Pero, como ya es historia vieja, el gobierno no habría tomado las medidas pertinentes.

El virus comenzó a expandirse desde entonces pero no fue sino hasta el 23 de abril que se declaró la emergencia sanitaria. Un segundo caso atípico de neumonía en Oaxaca, documentado por la prensa, habría coincidido con la visita del presidente norteamericano Barack Obama a México, el 16 de abril. Hubo un periodista que afirmó después: "miren lo que nos dejó Obama".

De pronto, empezaron a llegar reportes de que una nueva pandemia se estaría gestando: la de la discriminación contra los mexicanos en tránsito por el mundo. Aviones cubanos ("no hay que olvidar que México y La Habana / son dos ciudades que son como hermanas"), ecuatorianos, colombianos y argentinos suspendieron sus vuelos a México; decenas de mexicanos fueron confinados y puestos en cuarentena en China, aparentemente sin más causa que su nacionalidad.

El martes el Presidente nos fulminó con un: "En México hemos defendido a la humanidad" y el lunes por la noche reclamó a aquellos países que habrían mostrado actitudes discriminatorias contra nuestros connacionales en el extranjero. Tiene razón.

El miedo, la paranoia y la ignorancia no pueden ser jamás pretexto para atentar contra de la dignidad y los derechos de una persona. No pueden serlo en casos de enfermedad, pero tampoco en condiciones de desigualdad social o por razones de género, raza u orientación sexual.

La Declaración sobre la Raza y los Prejuicios Raciales, promulgada en París en 1978, es clara al señalar en su artículo primero: "I. Todos los seres humanos pertenecen a la misma especie y tienen el mismo origen. Nacen iguales en dignidad y derechos y todos forman parte integrante de la humanidad. II. Todos los individuos y los grupos tienen derecho a ser diferentes, a considerarse y ser considerados como tales. Sin embargo, la diversidad de las formas de vida y el derecho a la diferencia no pueden en ningún caso servir de pretexto a los prejuicios raciales; no pueden legitimar ni en derecho ni de hecho ninguna práctica discriminatoria". Más adelante, en su artículo tercero, el mismo instrumento señala: "es incompatible con las exigencias de un orden internacional justo y que garantice el respeto de los derechos humanos, toda distinción, exclusión, restricción o preferencia basada en la raza, el color, el origen étnico o nacional".

Sin embargo, los mexicanos hemos sido tratados como leprosos por diversos gobiernos, a consecuencia de una relación implícita -bastante estúpida- entre la influenza mortal y la nacionalidad mexicana.

Uno de los países más quisquillosos con esta enfermedad ha sido justamente aquél en el que se incubó otra epidemia, la de la gripe aviar. China, que ha sido señalada por el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas y las organizaciones internacionales Amnesty International y Human Rights Watch por aplicar de manera consuetudinaria la pena de muerte, la tortura y otros tratos crueles, inhumanos o degradantes; por restringir la libertad de expresión y atentar contra defensores de derechos humanos, se ha dado el lujo de detener arbitrariamente a un grupo de mexicanos y recluirlos en un hotel sin que existiera una sola evidencia de que pudieran estar infectados con la influenza.

Pero lo más doloroso ha sido la actitud de nuestros países "hermanos". En numerosas ocasiones, México ha demostrado su solidaridad con Argentina (durante la dictadura militar de 1973, recibió a decenas de refugiados que aún ahora residen en el país y se desempeñan activamente, muchos de ellos a partir de su inmigración a causa de la crisis económica de 2002). Y no se diga con Cuba: ejemplos de una relación de estrecha cooperación y amistad sobran en este caso, desde la gestación de la revolución del 59 hasta la fecha, pasando por una serie de condenas al bloqueo económico estadounidense.

Así pues, la discriminación contra los mexicanos en el extranjero por países históricamente hermanos o no es inconcebible, pero no sólo ética o moralmente, sino también desde una perspectiva de derechos humanos, porque estigmatiza a la persona a causa de su nacionalidad y, a través de un recurso ilegítimo como la detención arbitraria, vulnera diversas libertades y derechos, como el libre tránsito.

El lunes, el escritor Hernán Lara Zavala hacía un recuento interesante sobre la literatura de la enfermedad en el programa de Canal 22, La Dichosa Palabra. No podía dejar de referirse al Ensayo sobre la Ceguera, del Nobel Saramago, que nos plantea una situación en donde la gente, que empieza a enfermar de una ceguera "blanca", es confinada en una antigua instalación sanitaria más o menos apropiada para la ocasión, en donde la convivencia empieza a volverse imposible por la escasez de alimentos, medicamentos y la lucha por la sobrevivencia. Las mujeres son obligadas a prostituirse por comida. El ejército tiene miedo de entrar y acercarse a estos focos de infección. Muchos de estos nuevos leprosos son ejecutados a sangre fría ante el intento por escapar. Todo rastro de humanidad y compasión ha quedado ausente.

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En días pasados, los habitantes de la Ciudad de México asistimos a una escena escalofriante que parecía salida de una película de ciencia ficción. Creo que esto debe ponernos a reflexionar un poco más sobre la influencia de la influenza.

El autor es colaborador en la Relatoría para la Libertad de Expresión y Atención a Defensores de Derechos Humanos de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal, y ex investigador del Washington Post.

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