Cuando la corrupción llega al CEO

En Latinoamérica, uno de cada cuatro casos de fraude y soborno que sufrieron las empresas durante 2016 fueron cometidos por los propios directivos.
Al alza.  La renuncia forzada de los directivos por prácticas ilícitas aumentó 36% entre 2007 y 2016, según un estudio de PwC.  (Foto: iStock)
Zyanya López /
CIUDAD DE MÉXICO (Expansión) -

El 8 de marzo de 2016, la vida de Marcelo Odebrecht dio un giro. Con una fortuna estimada en 4,000 millones de dólares, dejó el lujo para vivir en una celda de 16 m2. El magnate brasileño fue detenido en junio de 2015 por sospechas de corrupción y, seis meses después, renunció a sus cargos de presidente y CEO de la empresa de ingeniería y construcción Odebrecht, fundada por su abuelo.

Ahora, está a punto de festejar su aniversario 49 en la prisión de Curitiba, donde cumple una condena de 19 años por pagar más de 30 mdd en sobornos a Petrobras.

Los siete años que estuvo al frente de la compañía fueron suficientes para atar el apellido a uno de los mayores escándalos de corrupción en América Latina, que extiende sus brazos a varios países.

También para alimentar las estadísticas: 25.5% de los casos de fraude y corrupción que sufrieron las organizaciones de la región en 2016 los cometieron sus altos mandos, 6.6% más que en 2014, indican cifras de la Asociación de Examinadores de Fraude Certificados (ACFE, por sus siglas en inglés).

Un acto cotidiano

En México, las malas prácticas son populares. En los últimos dos años, 33% de los directivos confesó ahorrarse trámites gracias a un soborno, mientras que 67% obtuvo beneficios para su organización bajo esquemas de pago indirectos a través de socios comerciales, señala Moisés Pérez Peñalosa, socio de Pensiones, Beneficios y Analíticas de RH en PwC.

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Alfonso Crespo, socio de Investigación de Fraudes y Asistencia de Litigios de la consultora EY, revela que maquillar cifras para llegar a las metas, dejar que las operaciones continúen a pesar de los cortes mensuales y ofrecer entretenimiento, pagos y regalos a terceros son los actos favoritos.

“Las empresas de la región carecen de controles internos maduros, están tan enfocadas en crecer rápido que se olvidan de las estrategias de seguridad”, afirma.

Los empresarios están dispuestos a corromperse con la finalidad de sobrevivir en un ambiente competitivo, en el que la volatilidad de los mercados parece no esfumarse, agrega Dalia Sierra, socia de Investigación de Fraudes y Asistencia de Litigios de EY.

Pero la confianza hacia las empresas disminuyó con la crisis financiera. El mercado ya no está dispuesto a perdonar las prácticas ilícitas. Las compañías empezaron a implementar programas regulatorios para erradicar el mal comportamiento de sus altos mandos.

El CEO Sucess Study 2016, de PwC, explica que, a pesar de que la renuncia forzada de los directivos por prácticas ilícitas se incrementó 36% entre 2007 y 2016, hay países, como Estados Unidos y Canadá, donde los porcentajes han disminuido gracias a las políticas de cero tolerancia.

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“La creación de regulaciones de gobierno corporativo, los estatutos antisoborno y códigos de conducta se han vuelto más estrictos, lo que ha hecho que sus directivos sean más conscientes y responsables”, refiere en el documento Sergio Meneses, socio de Strategy& en PwC.

Prestigio en duda

Los costos reputacionales también han aumentado. Un empresario que pisa la cárcel difícilmente retoma su carrera. Es el caso de Dick Fuld, ex CEO del banco Lehman Brothers, conocido como el hombre más odiado de Estados Unidos.

Además de ensuciar su reputación, el CEO que comete un ilícito pone en duda el prestigio de su compañía. Crespo señala que el estigma acompañará siempre a la empresa, lo que se traduce en la reducción de tratos comerciales, la caída de ingresos económicos y muy poca participación en el mercado.

Por ello, 90% de los CEO mexicanos están preocupados por temas éticos y de malas prácticas, según la ‘7 Encuesta de CEO en México’, de PwC.

Para Pilar Brogeras, directora general de la compañía de reclutamiento Stanton Chase México, una de las claves es evaluar, constantemente, el desempeño de los CEO y, en caso de no cumplir con las metas, realizar ajustes internos o pensar en la sucesión antes de caer en prácticas ilícitas.

“Las consecuencias son graves, nadie quiere arriesgarse a ser juzgado (...). En las empresas ya están entendiendo la importancia de cumplir las reglas”, agrega Crespo.

Económicamente, la inversión también es alta. El escándalo de Odebrecht perjudicó su credibilidad en el mercado, lo que provocó pérdidas por 606 mdd, al cierre de 2016. Fue su primer resultado negativo desde 1999, año en el que iniciaron sus registros económicos. Las empresas privadas pierden alrededor de 180,000 dólares por cada acto ilícito cometido, una vez descubierto.

Por todo esto, Sierra aplaude la aprobación en México de iniciativas como la Ley 3 de 3, que entró en vigor el pasado 19 de julio y sancionará a las empresas que incurran en prácticas como soborno, tráfico de influencias y uso indebido de recursos.

“Éste es un momento importante para México. Hemos comprobado que cuando se establecen regulaciones y se toman en serio, hay una disminución en las actividades ilícitas. De hecho, se pierde el interés por realizarlas”, concluye Crespo.

Por qué rinden cuentas

Los medios digitales pueden generar evidencias irrefutables de mal comportamiento y su existencia aumenta la probabilidad de responsabilizar a los CEO.

El mercado se ha vuelto más crítico y desconfiado, no está dispuesto a perdonar las malas conductas corporativas ni a mejorar la reputación de los CEO.

La junta directiva implementa una cultura de cero tolerancia al mal comportamiento para evitar que la empresa sea juzgada por el público.

NOTA DEL EDITOR: Este reportaje se publicó originalmente en la edición de 1119 de la revista Expansión (15 de septiembre de 2017).

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