Bosnia, la selección mundialista que encontró unidad a través del futbol

Para los jugadores de la selección que enfrenta a México, el futbol representa unidad y el renacer de un país asolado por la guerra
bosnia futbol mundial
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Autor: James Montague | Otra fuente: 1

Nota del editor: En esta serie, CNN presenta fragmentos del nuevo libro Thirty-One Nil del escritor James Montague, quien viajó por todo el mundo para documentar las eliminatorias del Mundial. Para miles de bosnios a los que la guerra desplazó en la década de 1990, el futbol es símbolo de identidad nacional. En septiembre de 2013 jugaron el partido más importante de su historia.

Capítulo 3

Žilina, Eslovaquia. Septiembre de 2013

La tercera mayor ciudad de Eslovaquia está cerca de los montes Tatras, la frontera natural con Polonia. El viento y la lluvia fría indican que la nieve y el invierno llegarán antes. En la cancha, la selección nacional de Bosnia entrena en silencio para su partido de clasificación para el Mundial contra Eslovaquia, dentro de 24 horas.

Su técnico, Safet Sušić, está bien cubierto con una chaqueta térmica con gorro y lo empapa una llovizna recalcitrante. Los más o menos 50 periodistas bosnios que miran desde las gradas mueven los pies y encienden un cigarrillo tras otro para mantenerse calientes, pero también observan en silencio. Parece que nadie —ni los jugadores, ni el técnico ni los periodistas— quiere estar ahí. Eso es extraño.

Bosnia se encuentra en el primer lugar del Grupo G en las eliminatorias mundialistas. Hasta ahora han tenido una campaña increíble. Han anotado más goles que nadie: 23 en seis partidos, casi cuatro en cada uno. Van invictos y se dirigen a su primer mundial desde que Bosnia se volvió una nación independiente.

La oncena bosnia no pasará vergüenzas en las finales del Mundial. Para anotar tienen a Edin Džeko, del Manchester City, y a Vedad Ibišević, del Stuttgart; Miralem Pjanić, del Roma, da astucia a la media cancha y en la defensiva el capitán Emir Spahić y el portero Asmir Begović han construido una barrera formidable.

Žilina está llena. Es imposible conseguir una habitación en la ciudad y los aficionados de Bosnia compraron casi todos los boletos. El estadio puede albergar a 11,000 personas y se cree que al menos 8,000 serán bosnios. Así ha sido en todos los partidos como visitante durante las eliminatorias. "El amor que la gente tiene por su país es asombroso", dice Begović.

La guerra de Bosnia tuvo mucho que ver con la afluencia. Bosnia declaró su independencia en 1992. Siempre fue una nación multiétnica dentro de la República de Yugoslavia: la mitad son musulmanes bosnios y el resto son en su mayoría serbios y croatas. Sin embargo, durante la guerra se dividió mientras sus comunidades se pusieron una contra la otra.

Murieron unas 100,000 personas en dos años y medio y algunos apellidos quedaron relacionados para siempre con la masacre. Tenemos, desde luego, al sitio de Sarajevo —el más prolongado de las guerras europeas modernas — y la masacre de Srebrenica, en donde un grupo militante serbio mató a 8,000 varones bosnios, desde niños hasta jubilados.

El nombre del país es sinónimo de tragedia; cada jugador y cada aficionado tiene una historia. Begović abandonó su ciudad en el este de Bosnia —en donde ocurrieron las peores masacres— cuando tenía apenas cuatro años.

"Mis padres y mis abuelos habían hecho su vida en Bosnia y lo perdieron todo", dice al recordar esa época. Su familia terminó en Alemania y luego en Canadá. "Vivimos al estilo bosnio en todos los lugares en los que vivimos, ya fuera Alemania o Canadá", dice. Ahora habla con un marcado acento norteamericano. "Adoptamos la cultura de todos, pero siempre fuimos bosnios".

Begović salió, pero Džeko se quedó en Sarajevo. "Tenía seis años cuando la guerra empezó", dijo en 2012 al escritor especialista en futbol, Jonathan Wilson. "Fue terrible. Destruyeron mi casa así que fuimos a vivir con mis abuelos. Toda la familia estaba ahí, éramos tal vez 15 personas, todas dentro de un departamento de unos 35 metros cuadrados. Fue muy difícil. Nos estresaba todos los días que algún conocido hubiera muerto".

Cuando la guerra terminó, el futbol se reanudó una vez que terminaron de quitar las minas de la cancha del mayor equipo del país, el Željezničar de Sarajevo, el equipo para el que Džeko jugaría.

"Cuando la guerra terminó —opina Džeko— yo era mucho más fuerte, mentalmente". Por eso, Begović cree que la selección nacional es tan importante para los bosnios. Más allá de la legitimidad que un Mundial otorga —el expresidente de Croacia, Franco Tudjman, dijo al entonces capitán de la selección croata, Igor Štimac, que la selección nacional había hecho más por el país que cualquier político—, los Dragones se han vuelto punto de convergencia de refugiados, de los hijos e hijas de los refugiados a los que la guerra desplazó. La guerra destruyó Bosnia pero también dispersó a los bosnios por todas partes.

"La guerra llevó a la gente por toda Europa, por todo el mundo", explica. "Cuando tenemos un partido la gente se reúne y viaja desde muy lejos para apoyarnos. Eso nos da energía e impulso adicional". La identidad dual de inmigrante se volvió un dilema para Begović. Antes de ser seleccionado de Bosnia, representó a Canadá en la selección sub-20.

La deserción de Begović no fue bien recibida en Canadá. "Tenía que seguir con mi vida", recuerda al hablar de su decisión de representar a Canadá.

"Cuando llegó la oportunidad fue una decisión difícil. Mi familia nunca iba a ver los partidos. Mi familia va a todos los partidos de Bosnia en casa y como visitante. Mis tíos, mis tías; allí está tu identidad y eso te hace sentir orgulloso de representar a tu familia y de representar a tu país. Tiene un poco más de significado. No es que diera por sentado jugar para Canadá, sino que era más atractivo jugar para Bosnia".

Bosnia ahora tenía una alternativa. Si el equipo volvía a perder sería otra vez en las eliminatorias. Safet Sušić —al que se considera el mejor jugador de Bosnia y del Paris Saint-Germain de todos los tiempos— representó a Yugoslavia en los mundiales de 1982 y 1990 y había dirigido ese partido en el Stade de France. No es probable que sobreviva a otra derrota. "Nunca antes habíamos calificado para un torneo importante, así que no sabremos cómo hacerlo hasta que lo hagamos", reconoce Begović.

"Una vez que lleguemos sabremos cómo lo haremos una y otra vez". Con menos de cuatro millones de habitantes, Bosnia va más allá de su capacidad al llegar tan lejos. Hace 18 años, Bosnia ni siquiera tenía un equipo en forma.

Los Dragones jugaron su primer partido amistoso oficial contra Albania en Tirana.

Originalmente, el equipo tenía solo ocho jugadores y tuvieron que comprar su propio equipo en una tienda de artículos deportivos en Zagreb. El partido se jugó en 1995, nueve días después de que se firmara el Acuerdo de Dayton con el que se puso fin a la guerra.

"Recuerdo que reuní a mis asistentes y decidimos que si no lográbamos encontrar más jugadores, deberíamos jugar", dijo el primer técnico de Bosnia, Fuad Muzurović, al escritor deportivo Saša Ibrulj. "Solo queríamos tener una selección nacional, sin importar la alineación, sin importar el desempeño, sin importar el resultado". Bosnia perdió 2 a 0. Ahora, 18 años después, está en la antesala de Brasil 2014. "Todos viven en el pasado y en lo que ocurrió hace 20 años", dice Begović antes de dejar atrás el ruido del vestíbulo y a los aficionados que aún cantan sus melancólicas canciones en el bar. "Pero si logramos algo es para decir: 'Es un nuevo país, una nueva forma de hacer las cosas y un nuevo futuro'".

En un escenario que está en el extremo de la plaza Andrej Hlinka, en el centro histórico de Žilina, una banda de turbo-folk toca un crescendo vertiginoso. Esta plaza y la de Marianske, cerca de allí, están cubiertas con el amarillo y el azul de la bandera de Bosnia.

Despliegan una bandera enorme en el piso, cubre una tercera parte de la superficie. Casi todas las tribus de Bosnia están representadas aquí. Hay adolescentes suecas; mujeres devotas y cubiertas procedentes de Sarajevo; jóvenes borrachos que condujeron durante 20 horas desde Tuşla; un grupo de estadounidenses que se hospeda en el mejor hotel de la ciudad, una familia alemana.

"Hay solo una palabra: amor. Amamos a nuestra Bosnia", grita Fahrudin, un aficionado de mediana edad que se encuentra en un bar en la plaza. Tiene una barba cana y trae puesto un fez rojo; da grandes tragos furtivos a una botella de vino bosnio que esconde bajo la mesa. Al igual que su amigo Jad, huyó a Londres durante la guerra y se quedaron allá, por lo que adoptaron un ligero acento inglés. "Será la primera vez que califiquemos al Mundial desde que la guerra terminó, desde que nos independizamos", explica Jad.

"Llegué a Londres en 1992 y todavía vivo allá. Pero amo a Bosnia. Nunca olvides de dónde provienes. Desde la guerra hay mucha gente en todo el mundo. Aquí habrá gente que viene de Estados Unidos, de Canadá. Asmir Begović creció en Canadá. Ibišević creció en Estados Unidos. Así ocurrió con la mayoría de nuestros jugadores".

Pregunto qué significará la calificación al Mundial para un país tan nuevo.

"Mira las expectativas de la gente, aquí hay 7,000", responde. "Algunas de las personas que están aquí probablemente ganan 350 libras esterlinas (unos 7,700 pesos) en Bosnia. Invertirán la mayor parte de su presupuesto mensual en este partido. Ellos mataron a nuestra gente durante tanto tiempo y queremos demostrarles de qué estamos hechos".

Fahrudin está menos contento. "No somos un país nuevo, amigo. No somos un país nuevo", gruñe furioso mientras sus mejillas se enrojecen y sacude la cabeza. "Somos un país muy, muy antiguo. Somos el país más antiguo de los Balcanes".

"NUNCA VUELVAS A DECIR ESO", grita. "Nunca lo repitas. Somos más antiguos que Serbia y Croacia". Él es el único bosnio a que he visto enojado en todo el día. "Amamos a nuestro país", se disculpa mientras me sujeta el hombro con firmeza."Esta noche los derrotaremos 2 a 0. Estamos muy orgullosos".

Como estaba planeado, el Štadion pod Dubňom está lleno de aficionados bosnios. En uno de los rincones del estado hay un pequeño grupo de eslovacos vestidos con camisas blancas, pero no se los puede escuchar. El hotel en el que se hospeda el equipo bosnio se llenó con cientos de aficionados que esperan a ver a los jugadores cuando salgan rumbo al partido.

El ruido en el estadio es ensordecedor cuando los equipos salen y se tocan los himnos nacionales. Cuando suena el himno de Eslovaquia, la gente aplaude calurosamente como gesto de gratitud de parte de los aficionados que invadieron la ciudad.

Bosnia sale con todo contra Eslovaquia, que aún tiene una probabilidad matemática de calificar si ganan este partido y si Letonia empata con Grecia.

Sn embargo, desperdician la oportunidad de anotar. Ya anularon un gol de Eslovaquia a causa de un fuera de lugar dudoso. Marek Hamšik, del Nápoles, vence a Begović con un estupendo disparo hacia el extremo inferior derecho del arco. La multitud está desconcertada. Parece que Bosnia se derrumbará otra vez. En la segunda mitad, los Dragones hacen lo que Sušić les enseñó a hacer mejor. Atacan, pero no pueden vencer a los eslovacos.

Entonces, cuando faltan 20 minutos de juego, Ermin Bičakčič mete el balón a corta distancia y el público enloquece. Pero no será suficiente. Grecia es una máquina y van ganando 1 a 0 a Letonia.

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Ocho minutos después entra Izet Hajrović, quien creció en Suiza y alguna vez jugó para la selección de ese país. Cuando toca el balón por primera vez, hace un disparo de pierna izquierda de 27 metros y lo envía al ángulo superior derecho de la portería. Eslovaquia quedó eliminada, pero a manos de Bosnia. Ganaron, pero lo más importante es que se recuperaron y ganaron. Cuando el árbitro da el silbatazo final, los jugadores se arremolinan alrededor del técnico Safet Sušić mientras la multitud celebra.

Copyright de James Montague, 2014. Fragmento del libro Thirty-One Nil. On the Road With Football's Outsiders: A World Cup Odyssey, de la editorial Bloomsbury. 

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