La crisis de la pasta

El precio del trigo subió 60% este año y en Italia se manifiestan en las calles por el alto cos este fenómeno ha tenido alcances internacionales y se repitió en Marruecos, Yemen y Nigeria.
Debido al aumento de 20% en el precio de la pasta ésta se ac  (Foto: )
Peter Gumbel

Algo raro sucede en la sección de pastas del supermercado más grande de la ciudad italiana de Parma: toda la pasta permanece allí, apilada en las estanterías a cada lado del pasillo. La variedad es impresionante, como en todas las tiendas de Italia, docenas de formas, colores, tamaños, desde el rigatoni al lumachine.

La novedad son los grandes rótulos ubicados sobre los pasillos y pegados a lo largo del supermercado que declaran en letras mayúsculas: NO NOS MOVEREMOS.

El fenómeno en cuestión tiene que ver con el precio de la pasta, que ha aumentado un 20% en lo que va del año, provocando una protesta nacional. Sin embargo, las razones detrás del alza en los precios son globales e incluyen políticas agrícolas, especulación en el mercado de materias primas, el creciente uso del etanol como combustible alternativo y la sequía en Australia.

Los productores de pasta han justificado la subida apuntando al costo en aumento del trigo, grano que ha registrado un incremento del 60% en el último año. Esa es una excusa que los italianos no creen en absoluto. “Cierto, el precio del trigo ha subido, pero no más de lo que costaba en 1985. ¿Quién se estaba beneficiando, entonces, de los precios bajos durante estos 20 años?” se pregunta Rosario Trefiletti, presidente de la asociación de consumidores Federconsumatori en Roma.

Esta asociación, junto con otras tres, ha levantado la voz contra el alza de los precios, pues según sus cálculos el espagueti ha subido en promedio un 27% este año. Así que convocaron una huelga de pasta en septiembre e instaron a los consumidores a no comprar pasta por un día.  

“Fue un éxito rotundo” afirma Trefiletti. Y ha tenido resultados, el gobierno -que reconoce una causa populista cuando la ve- entabló conversaciones con productores, agricultores y asociaciones de consumidores, quienes piden mayores controles y salvaguardias de precios para los alimentos básicos. “El gobierno no puede imponer precios bajos, pero puede ejercer una persuasión moral” manifiesta  Carlo Pileri, representante de otra asociación.

En octubre, la agencia antimonopolio de Italia anunció que iniciaría una investigación formal para determinar si los productores de pasta estaban involucrados en una fijación ilegal de precios. Los productores rechazaron la acusación, pero tanto ellos como las tiendas minoristas italianas han estado claramente a la defensiva. He allí la explicación de los grandes letreros en el supermercado Ipercoop de Parma, prometiendo que los precios de la pasta no se moverán, al menos hasta final de año.

De acuerdo a Guido Barilla, presidente de la empresa alimenticia del mismo nombre valorada en 3 mil 400 millones de dólares, este melodrama italiano olvida lo más importante. Barilla (la mayor productora de pasta en el mundo) ha subido este año sus precios un 15%, y es evidente que los altos precios del trigo han repercutido en los consumidores. La pasta es un negocio de bajo margen comercial, el trigo y el agua son sus dos ingredientes principales. “El trigo constituye el 60% de su precio” explica, y agrega que una de las razones del aumento en el precio del trigo es el creciente uso de los cultivos agrícolas para fabricar etanol y otros combustibles alternativos. “Usar los productos agrícolas como fuente de energía es algo estúpido, resulta muy ineficaz.”

Alcance internacional

Italia no es un fenómeno aislado, el aumento de los precios del pan y la harina han levantado protestas en Marruecos, cuya cosecha de maíz cayó un 76% este año por la sequía. Disturbios similares se han presentado también en Yemen, Nigeria y Costa de Marfil. Asimismo, los gobiernos de Egipto y Bangladesh intentan prevenir ese escenario contrarrestando los altos costos del trigo; en septiembre, por ejemplo, Egipto aumentó un 50% sus subsidios al pan.

El alza en los precios también ha movido a los gobiernos de países ricos a tomar cartas en el asunto. En Japón los precios del pan han subido por primera vez en dos décadas. Rusia, Ucrania y Kazajistán han impuesto restricciones a sus exportaciones de trigo para asegurar que sus mercados domésticos no se vean afectados por la ambición de los comerciantes de vender el grano a buen precio en el extranjero.

Es más, en septiembre la Unión Europea dio marcha atrás a una política vigente durante 20 años que exigía a los agricultores dejar en barbecho el 10% de sus tierras, la nueva iniciativa busca aumentar la producción de trigo, avena y cebada.

Los grandes beneficiados de esta crisis son los productores de trigo estadounidenses. La producción en el país norteamericano aumentó un 14%, mientras que las exportaciones -ayudadas por la debilidad del dólar- subirán un 25% o más este año. Y lo mejor de todo, los precios han ascendido a un precio promedio anual de 249 dólares la tonelada métrica de trigo duro rojo de invierno, duplicando el precio registrado en el año 2000.

Los expertos señalan cuatro factores que se han combinado para impulsar el aumento de los precios. El primero y más importante es Australia, uno de los mayores productores de trigo en el mundo, donde la sequía ha estropeado dos cosechas sucesivas, en un  momento en que otros grandes exportadores -como Argentina y Canadá- han tenido menor producción.

El segundo factor es que las reservas de trigo están en el nivel más bajo desde 1983, una consecuencia de la política agrícola en EU y la Unión Europea, países que han dejado de incentivar el exceso de producción y los subsidios. También influye la enorme especulación en el mercado de materias primas, pues los inversionistas han apostado por el aumento de los precios debido a la demanda mundial.

Y por último, está la queja que presenta Barilla: el creciente uso de cultivos para obtener combustible. El trigo no se ve afectado de manera directa, en EU se usa el maíz para producir etanol y en Europa la soya se convierte en biodiesel. Pero afecta al trigo indirectamente puesto que los agricultores dejan de cultivarlo por otros granos más lucrativos.

El escepticismo de Barilla es compartido por el Fondo Monetario Internacional, que reprendió en un reporte reciente las políticas de biocombustible promovidas por EU y Europa arguyendo que “son patrones de producción insustentables.”

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