El boomerang de las políticas egoístas

La crisis económica global ha provocado grandes rescates y estímulos a los sectores financieros; Alemania y China destacan por su falta de intención por ayudar a otros países, advirtió UBS.
Daniela Steinbrink Mattei*

Tras conocer que la Junta Nacional de Investigación Económica ha dicho que la recesión comenzó en los Estados Unidos hace ya más de un año en diciembre de 2007, ahora sabemos que no se trata de un ciclo desfavorable de 10.7 meses de la economía norteamericana. En realidad, la recesión parece acelerarse al año de su inicio. De hecho, se perfila como el peor proceso recesivo de los últimos 25 años y no sólo para Estados Unidos. Casi todas las economías grandes del mundo se desmoronan, víctimas de la misma crisis crediticia.

Entonces, se trata de una recesión global, con crecimiento negativo en el futuro para las economías desarrolladas y un importante desaceleramiento en los mercados emergentes. La respuesta de los países grandes y pequeños -ya sea en forma individual o conjunta- resultará muy reveladora respecto del estado actual de la globalización y las lecciones que hemos aprendido -o no- de la historia.

La crisis no ha pasado desapercibida. Los gobiernos de diversos países se han movilizado para combatirla. Han rescatado a sus sectores financieros en peligro y es posible que asistan a otras industrias con dificultades -como las automotrices estadounidenses, que hoy se destacan entre los candidatos a recibir ayuda. Asimismo, se preparan paquetes sustanciales de incentivos fiscales para revitalizar las inversiones, el comercio y el empleo a nivel global.

Sin embargo, hay un país desarrollado que, aparentemente, no está dispuesto a plegarse a estas actividades. Nos referimos a Alemania. Hasta ahora, el gobierno de Angela Merkel ha destinado sólo 12,000 millones de euros a los esfuerzos de recuperación -menos de la mitad de los montos que el Reino Unido y Francia han dedicado a combatir sus respectivas recesiones. La reticencia de Alemania no se debe a la falta de medios: su nivel de deuda y déficit es muy inferior al de todos los demás países desarrollados. En cambio, su resistencia a salir de la recesión con un mayor nivel de gasto deriva de su  política de austeridad fiscal, que ha cimentado su renacimiento exportador de la última década.

No obstante, la recesión actual plantea un desafío para este tipo de Darwinismo económico. Estamos convencidos de que lo que le sirvió a Alemania para recuperar su desempeño en las exportaciones no le servirá para avanzar aún más en el presente. Al depender de sus exportaciones y no fortalecer su demanda interna, creemos que Alemania pone en peligro su propio crecimiento. Asimismo, tácitamente, desarrolla una política que perjudica a sus vecinos y trata de aprovechar los incentivos fiscales que otorgan sus socios comerciales, sin incurrir en grandes costos. No es de esperar que dichos socios comerciales aprueben este tipo de comportamiento.

Existe, asimismo, un mercado emergente cuyo comportamiento también despierta cierto recelo en términos de solidaridad económica. Se trata de China. Sí, su reciente paquete de incentivos del orden de los 600,000 millones de dólares hace que los programas de rescate de otros países parezcan pequeños.

Estados Unidos tendría que gastar alrededor de 2.4 billones de dólares para igualarlo en términos relativos de producto bruto interno. Y sí, el paquete chino apunta a la demanda interna, tanto el consumo privado como las inversiones públicas. Sin embargo, aún falta un elemento en la respuesta de China a la recesión global: su política actual.

Casi al mismo tiempo del anuncio de su programa de estímulo fiscal, las autoridades chinas parecen haber decidido revertir la tendencia de apreciación de su moneda frente al dólar. Desde 2005, el yuan chino se ha revaluado en un 20% frente al dólar estadounidense, lo cual resulta aún demasiado bajo a juzgar por la creciente brecha comercial entre China y Estados Unidos.

El bajo valor de la moneda china y el aumento de la brecha comercial de China con los Estados Unidos constituyen causas fundamentales de la crisis actual. A medida que aumentaban las grandes reservas chinas en dólares estadounidenses, China, básicamente, compraba deuda de Estados Unidos. En consecuencia, las tasas de interés norteamericanas descendieron a niveles muy bajos y el crédito barato incrementó el endeudamiento de los hogares y las instituciones financieras estadounidenses.

Como en el caso de Alemania, lo que propició el éxito exportador de China ya no le servirá para avanzar mucho más. Finalmente, las familias norteamericanas han comenzado a ahorrar. No es probable que compren los productos chinos, ni siquiera aunque bajen los precios. En noviembre, las exportaciones chinas a Estados Unidos se redujeron en un 6.4% en comparación con el año anterior. Incluso si los consumidores estadounidenses regresaran a sus patrones de gasto anteriores, en última instancia, la política china podría interpretarse como perjudicial para sus socios comerciales. Esa situación podría tener consecuencias verdaderamente desastrosas, ya que el afán proteccionista ha dejado ser un tabú en los Estados Unidos. Por cierto, se trata de un camino que no desearíamos volver a tomar (ver La Gran Depresión).

Con cierta preocupación, observamos que, hasta la fecha, las políticas egoístas de Alemania y China -a pesar de sus orígenes e implementaciones diferentes- resultan igualmente peligrosas en la actualidad. La recesión es global. Las soluciones para atenuar su impacto también deberían ser globales.

*Daniela Steinbrink Mattei es Analista Senior de UBS en el departamento de Wealth Management Research Fixed Income and Foreign Exchange.

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