La crisis del consumismo de EU

Los estadounidenses están gastando menos y comenzando a ahorrar, prefieren no usar crédito; 65% de los usuarios de financiamiento temía no poder cumplir con sus obligaciones crediticias.
centro-comercial  (Foto: Especial)
Pensilvania, (AP) -

En el centro comercial Ross Park, en Pensilvania, las grandes tiendas por departamentos ofrecen casi a gritos sus mercancías. Allí está L.L. Bean, que parece decir: Ninguna compra es demasiado grande.

Artículos selectos en Ann Taylor y Morini tienen un descuento del 60%. Le Gourmet Chef exhorta a todos a "Comprar Má$ y a Ahorrar Má$". Pero el problema es que cada vez se compra y se ahorra menos. El país del consumo desenfrenado, afectado por la peor recesión desde la década de 1930, comienza a reformular sus prioridades.

El Estados Unidos que ha ingresado en el siglo XXI enfrenta contradicciones casi insolubles. El pueblo norteamericano adora ir de compras. Pero ahora le dicen que debe ahorrar. El problema es que el pueblo norteamericano quiere de todo, y desea una gratificación inmediata.

Hasta ahora, el lema era: "Compre ahora, pague después".

En estos momentos, sin embargo, hay que cancelar las cuentas. El crédito, personal e institucional, se ha extendido hasta el absurdo. Y los templos del consumidor han comenzado a colapsar.

Chrysler y General Motors comienzan a preguntarse si sus cajas fuertes se habrán vaciado después de un siglo. Starbucks, donde vendían café "latte" a cuatro dólares, está echando a miles de empleados. Y para completar la retirada, está ofreciendo una marca barata de café instantáneo. La cadena de venta de artículos electrónicos Circuit City cerró hace poco sus puertas. Un total de 567 negocios apagaron sus luces.

La crisis económica es grave. Y en Washington y en Wall Street, tratan de solucionarla. Pero, sin importar lo eficaces que sean esas curas, intentan imponer una solución financiera a un dilema que es, de muchas maneras, cultural y psicológico.

Pues Estados Unidos es el país del consumo. Y no sólo porque sus habitantes deseen consumir. Es lo que el gobierno recomienda siempre. Es lo que nos encanta hacer, es lo que se supone debemos hacer. Visto desde cierta distancia, es como si Estados Unidos fuese un país donde todos los seres humanos tienen la mentalidad de un niño de cinco años, que gastan y destruyen todo lo que se pone a su alcance, y que siempre exige y exige más para gastar.

Bueno, esos caprichos han concluido. Y en los márgenes de cualquier posible recuperación económica acecha una pregunta que muy pocas personas se animan a analizar: en el alba de un gobierno que ha prometido traer cambios a todos nosotros, ¿podemos cambiar a nivel personal?

 El 29 de enero de 2009, Robert Gibbs, secretario de prensa de la Casa Blanca, informó que el objetivo del plan de estímulo económico era "poner dinero en las manos y en los bolsillos del pueblo", con el propósito de que "usen su mano para llegar al bolsillo, y gasten ese dinero".

Pero alguien le preguntó: ¿Y qué ocurre con los ahorros? ¿Acaso la crisis no era el resultado de la falta de ahorros y del exceso de deudas? Para salvarse de ulteriores críticas, Gibbs respondió de manera enfática: "No estoy desalentando el ahorro".

Y es en ese punto que radica la tensión.

Pues el dilema de Estados Unidos ha sido siempre el mismo: frugalidad versus gastos. Ambos conceptos parecen virtudes para los estadounidenses. El primero, corresponde a una mentalidad aldeana, con valores tradicionales. El segundo, a nivel institucional, convirtió a Estados Unidos en un gigante de la economía, y a nivel personal, lo transformó en un país de deudores que tienen toda clase de juguetes imposibles de pagar.

De todas maneras, el economista John Maynard Keynes enunció hace ya algunas décadas: "el motor que impulsa la empresa no es la frugalidad, sino las ganancias".

Cuando ocurren malas cosas en Estados Unidos, el instinto es ponerse a ahorrar. Y es por eso que luego de los ataques terroristas del 11 de septiembre, el entonces presidente George W. Bush urgió a sus compatriotas a salir y a ir de compras. Aunque eso sonaba absurdo, el mensaje era muy sólido: Si ustedes abandonan la economía, la economía los abandonará a ustedes.

De todas maneras, están comenzando a emerger señales de que tras varios meses de la peor crisis económica experimentada por todos los habitantes de Estados Unidos menores de 70 años, la necesidad de ahorrar ha comenzado a hacerse sentir.

La compra de objetos suntuarios bajó un 19,2% en febrero, en relación a hace un año, según el Consejo Internacional de Centros Comerciales. Y una encuesta de febrero indicó que un 65% de los entrevistados temían no estar en condiciones de pagar sus cuentas.

Parece comenzar a emerger una mentalidad distinta en los estadounidenses. Antes, consideraban héroes a los financistas que ganaban cientos de millones de dólares. Pero la indignación contra los ejecutivos que cobran fabulosas bonificaciones en empresas que sólo se salvaron de la bancarrota gracias al dinero de los contribuyentes, ha comenzado a transformar a esos personajes en objetos de odio.

Carl George, un contador, señala que la crisis algo enseñará a todos. "Esto quedará incrustado para siempre en nuestras mentes", dijo. "Lo importante es recordar estas lecciones y transmitir estas lecciones a la generación siguiente".

En otras palabras, George recomienda pensar en el futuro. Y eso puede salvar o destruir a Estados Unidos, dependiendo de los próximos pasos que se adopten.

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