EU busca un impuesto sobre el carbono

Legisladores republicanos están impulsando un gravamen sobre las emisiones contaminantes; algunos están sorprendidos por el cambio de actitud de quienes han cuestionado el cambio climático.
carbono.jpg  (Foto: Photos to go)
Nina Easton

Si los líderes republicanos hablaran en serio, y si su argumento de aprovechar el derrame de petróleo del Golfo como una oportunidad para colocar a la nación en un curso de energía sano tuviera fuerza, habrían promovido una propuesta de ley que, hasta ahora, ha recibido poca atención, patrocinada por Jeff Flake de Arizona y por Bob Inglis de Carolina del Sur. Esta propuesta podría encabezar su libro de campañas de 2010.

Pero no lo harán porque es políticamente letal. Inglis y Flake, dos miembros de la Cámara con credenciales conservadoras impecables, quieren imponer un impuesto sobre el carbono en Estados Unidos.

La mayoría de la gente está sorprendida, pero si escarbamos un poco en la superficie de los centros intelectuales conservadores y en las universidades que albergan economistas del mercado libre, no será difícil encontrar oponentes al impuesto del carbono, y no como directiva de la industria desde Washington ni como ventaja de recaudación para el gobierno federal: las propuestas conservadoras a favor del impuesto al carbono no pretenden tener ingresos. La propuesta de ley Inglis-Flake pretende compensar este impuesto sobre el carbono con un recorte a los impuestos sobre la nómina.

Quienes apoyan el mercado libre ven el impuesto sobre el carbono como una forma para cubrir un costo público, algo que los economistas llaman "externalidades negativas". En 2008, Greg Mankiw, de Harvard y ex presidente del Consejo de Asesores Económicos de George W. Bush, redactó un ensayo ensalzando las virtudes de lo que él llamaba "el impuesto pigouviano", llamado así en honor al economista británico Arthur Pigou. El argumento es el siguiente: cuando una transacción económica impone un costo o beneficio sobre los individuos que no son parte de la transacción, "la mano invisible de Adam Smith llegará para llevar a todos a un desenlace eficiente". Por lo tanto, Pigou, "en ocasiones amigo y en otras némesis de su famoso colega John Maynard Keynes", argumentó que los individuos y las instituciones deberían estar a cargo de los costos externos que imponen en otros.

Mankiw citó una serie de costos por el uso del petróleo, que van desde accidentes, contaminación y seguros hasta cambio climático mundial y seguridad nacional. Imponer un impuesto simple, en pronunciado contraste con un sistema de bonos ecológicos (donde el gobierno fija los límites de las emisiones), representaría estos costos y "dejaría que el mercado se hiciera cargo", dijo. Mankiw favorece la compensación del impuesto sobre el carbono con la reducción de impuestos con más deformaciones, como los impuestos corporativos y sobre los ingresos.

Un conjunto de legisladores conservadores recurrieron al argumento pigouviano, Flake e Inglis entre ellos. "Un conservador favorecería un impuesto sobre el consumo en vez de sobre el ingreso", dijo Flake. "Esto significaría que ningún ingreso adicional llegaría a Washington". Flake, quien apoya a los que creen que aún queda por verse si el calentamiento global es obra del hombre o puede ser reversible, agregó que no es necesario creer en el calentamiento global para reconocer que hay efectos colaterales negativos en el uso de combustibles fósiles. Citó la seguridad nacional, sobre todo la dependencia de Estados Unidos en "regímenes que no son nada amigables".

Pero vender la idea no ha sido nada fácil. Es difícil imaginar que el partido republicano adopte la idea cuando el líder de la minoría en la Cámara, John Boehner, se ha referido a la propuesta de ley de bonos ecológicos de los demócratas como "un impuesto sobre el carbono y nada más". Inglis recientemente fue vencido por un oponente del partido conservador por los peligros de adoptar ideas como esta. Los moderados y los conservadores no confían en el Congreso, mucho menos en uno controlado por los demócratas, para que compensen las cuotas sobre el carbono rebajando otros impuestos, sobre todo con déficits históricos y una creciente necesidad de ingresos federales. Aún así, un impuesto sobre el carbono sin ingresos regresa el costo del carbono a los consumidores. Por otro lado, los mandatos de las emisiones generan precios mayores en los autos, sin importar qué gasolina use el conductor.

Por ahora, mientras se acercan las elecciones intermedias, los líderes del partido republicano saben que pueden ganar más puntos políticos si se quedan sentados a ver cómo los demócratas se cuelgan solos con su impopular plan energético.

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"Saben que los demócratas no están ganando mucho apoyo con sus bonos ecológicos", dijo Flake, y admite que los escépticos al calentamiento global en su partido enfrentan otro obstáculo: "temen que si aceptamos el impuesto sobre el carbono, estaríamos aceptando el argumento del calentamiento global, y eso sería un terrible resbalón".

Cuando estaba en la Casa Blanca de Bush, Mankiw tuvo la audacia de sugerir la idea de un impuesto sobre el carbono libre de ingresos al presidente, quien "dejó bastante claro que lo consideraba una idea absurda". Lo curioso es que si es impulsada por los conservadores que confían en que los mercados serán los que tomen las decisiones, este es el tipo de idea absurda que podría ganar apoyo en el público, y que en realidad podría ser favorable para Estados Unidos.

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