Aún con déficit, EU prepara estímulos

Para finales del verano, los congresistas preparan otra legislación para impulsar la economía; la idea contradice los esfuerzos para reducir el déficit, pero eso no evitará que sea aprobada.
inyección  (Foto: Photos to Go)
John Cassidy

Tanto hablan de los recortes del gasto federal y de los límites de deuda del Gobierno estadounidense, que uno podría pensar que la era de los programas de estímulo económico ha quedado atrás. Pero no es así. Sospecho que hacia finales del verano, demócratas y republicanos alistarán una nueva legislación de gasto y recaudación tributaria diseñada para impulsar la economía. Llamémosle 'paquete de Estímulo 4.0'. Tal paquete estará en flagrante contradicción con los esfuerzos para reducir el déficit, pero ello no evitará que sea aprobado. El panorama económico del país se oscurece día a día, y la responsabilidad de prevenir otra crisis recae sobre la Casa Blanca y el Congreso. La Reserva Federal, que recién finalizó su segunda dosis de flexibilización cuantitativa, parece determinada a no intervenir; sin embargo, Ben Bernanke -titular de la entidad- dijo este miércoles que la Fed está lista para una política monetaria más expansiva. No pasará mucho tiempo para que ambos partidos políticos comiencen a preocuparse por las elecciones del próximo año. Los debates sobre el tamaño del gobierno federal pasarán a segundo plano en espera de la reelección, y el resultado serán más recortes fiscales y un incremento del gasto.

La Casa Blanca ya sopesa la idea de renovar la rebaja impositiva a la nómina laboral aprobada este año -que se suponía era temporal- y extenderla a los empleadores. La propuesta, que podría costar hasta 200,000 millones de dólares (mdd), interesa a la base empresarial republicana, y podría ser incluida de último minuto en el acuerdo para elevar el límite estatutario de deuda. Si eso no sucede, la idea será retomada en septiembre, cuando el Congreso vuelva a sesionar, y entonces estará acompañada por otras onerosas sugerencias para ayudar a los desempleados, como ampliar los beneficios por desempleo (otra vez), aumentar los créditos fiscales para las inversiones de capital (otra vez) y proporcionar subsidios a las empresas para que contraten personal.   

Los halcones fiscales protestarán, y quienes se oponen a los programas de estímulos dirán que la debilidad de la economía demuestra la inutilidad de las políticas keynesianas. Yo digo: déjenlos que se quejen. Si el Gobierno no hubiera intervenido para detener el colapso en el gasto del sector privado, la gran recesión habría durado más, y la tasa de desempleo sería incluso más alta. Los bancos, los hogares, los consumidores y los gobiernos locales aún siguen reconstruyendo sus finanzas, por lo que la economía todavía puede caer fácilmente en otra recesión.

¿No me creen? Observen a Inglaterra, donde la economía se ha ralentizado casi hasta paralizarse debido a un programa de austeridad diseñado para equilibrar el presupuesto de 2015. Si el Congreso de EU de verdad tuviera intenciones serias de recortar el gasto y elevar la recaudación, los estadounidenses estarían en la misma situación que los ingleses.

Pero en EU, afortunadamente, el compromiso de "sanear las finanzas" es tan duradero como los charcos de lluvia en un día caluroso. Si la economía comienza a tambalearse, ese compromiso se evapora. En febrero de 2008, la administración Bush implementó el paquete de Estímulo 1.0, un programa de 150,000 mdd integrado por recortes fiscales y gasto adicional. Un año después se aprobó la ley estadounidense de Recuperación y Reinversión de 2009, una inyección de 787,000 mdd. En diciembre pasado, el presidente Barack Obama y los legisladores republicanos acordaron extender los recortes fiscales introducidos por Bush en 2001 y reducir en dos puntos porcentuales la porción del impuesto sobre nómina que pagan los empleados. Esa medida no se designó oficialmente como un tercer paquete de estímulo, pero inyectó otros 150,000 mdd a la economía y agrandó el déficit.

Se dice que las cosas han cambiado: ambos partidos políticos dicen que en los próximos años reducirán el déficit federal en 4 billones de dólares. No les creo ni una palabra. En la propuesta presupuestaria presentada por la Casa Blanca, gran parte de esa reducción del déficit está prevista para 2020 a 2024. Algo así como un alcohólico que promete dejar de beber dentro de ocho años. Mientras que el plan formulado por el congresista Paul Ryan es otro ejercicio republicano de magia: los enormes recortes fiscales se compensarán con considerables pero indeterminados recortes en el gasto.

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Para bien o para mal, el sistema político estadounidense tiene una predisposición crónica al déficit. Y salvo que ocurra un súbito colapso en el mercado de bonos, esa propensión no desaparecerá. A largo plazo, nuestra incapacidad para ajustar gastos e ingresos representa serios desafíos para la solvencia del país. Por ahora, sin embargo, gastar más en estímulos "irresponsables" es precisamente lo que la economía necesita.

 

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