Ali Tarhouni: habla un líder libio

El economista que vivió en Estados Unidos quiere revivir a su país como ministro de Economía; él piensa que la reconstrucción de Libia podría atraer en gran medida a las empresas occidentales.
Ali Tarhouni  (Foto: Cortesía Fortune)
Vivienne Walt

Refugiado en la parte trasera de un auto, Ali Tarhouni fuma un cigarrillo y mira hacia la ciudad de Bengasi, en el este de Libia. Han pasado tan sólo ocho meses desde que abandonó su trabajo como profesor principal en la escuela de negocios de la Universidad de Washington y viajó a su país natal para unirse a la revolución.

Moammar Gadhafi ha muerto, y como ministro interino de Petróleo y Economía, él está contemplando la gigantesca tarea que tiene por delante. Fuera de la ventanilla, la basura se está apilando, los edificios se están derrumbando, y las farolas están apagadas. Y la gente está  congregándose alrededor del auto, gritando en éxtasis: "¡Dr. Ali! Dr. Ali!", como si fuera una estrella de rock. "Mira esto", me dice. "Éste es un país rico, sin embargo puedes oler las aguas negras en todas partes. Y la gente espera que yo tenga una varita mágica para cambiar las cosas".

Para cambiar a Libia -su pobreza, su falta de empleos o su falta de crecimiento económico- se  requiere más que magia. Pero el cambio es crucial: determinará si este vasto país rico en petróleo se convierte en una democracia -y un mercado estable para las corporaciones globales- o se desliza hacia el caos.

En este momento, ambos escenarios parecen posibles. Al menos 20,000 libios han sido asesinados, muchos de ellos civiles. Los barrios siguen destrozados, desde el pueblo de refinerías de petróleo Zawiyah hasta las ciudades porteñas como Misurata y Sirte, donde los rebeldes mataron a Gadhafi el pasado 20 de octubre.

La dictadura de 42 años de duración de Gadhafi dejó cicatrices profundas. El socialismo represivo sofocó a las empresas creadas en el país y condujo a numerosos libios inteligentes, como Tarhouni, al exilio. Durante años, Gadhafi prohibió que las escuelas enseñaran inglés, alegando que el idioma encarna el mal occidental; las señales de tráfico siguen estando solamente en árabe. El desempleo supera el 20%. La recaudación de ingresos es irregular. "Recibí una factura de luz hace aproximadamente un año", se ríe Youssef Sawani, quien hasta febrero fue director de la fundación del enormemente poderoso hijo de Gadhafi, Saif al-Islam, quien estaba huyendo de los combatientes rebeldes a finales de octubre. "¿Por qué tengo que pagar? Nadie lo hace".

Y sin embargo, Libia está inundada de dinero. Sus reservas en moneda extranjera son, según algunas estimaciones, de alrededor de 250,000 millones de dólares -una suma asombrosa para un país de sólo 6.4 millones de personas. Tiene las mayores reservas energéticas probadas de África, con más de 46,400 millones de barriles de petróleo y cerca de 1.49 billones de metros cúbicos de gas natural. Hasta que la guerra civil interrumpió la producción de petróleo, Libia bombeaba alrededor de 1.6 millones de barriles por día (en comparación, Estados Unidos bombea alrededor de 9.7 millones de barriles diarios); a finales de octubre estaba recuperándose, bombeando alrededor de un tercio de ese volumen.

Es aquí, en este terreno gigante -tres veces el tamaño de Texas- donde Hunt Oil y BP hicieron fortunas antes de que Gadhafi nacionalizara sus concesiones en la década de 1970. Las sanciones de Estados Unidos obligaron a las mayores petroleras estadounidenses a salir del país en 1986, en represalia por la implicación de Gadhafi en actividades terroristas. Las sanciones de la ONU llegaron en 1992, tras el atentado de un avión de Pan Am en 1988, que fue patrocinado por Libia. A finales de 2004, las compañías estadounidenses volvieron como parte de una recompensa luego de que Gadhafi abandonará las armas de destrucción masiva y compensara a las víctimas de Lockerbie. Para ambos lados existían fortunas frescas para crear. Marathon Oil, Occidental Petroleum, ConocoPhillips, y otras empresas reanudaron sus operaciones, mientras que Total, ENI, Repsol y otras empresas europeas continuaron con sus multimillonarios contratos. Todos arreglaban nuevos acuerdos, haciendo caso omiso de la dictadura de Gadhafi, y enfocándose en las promesas de grandes reformas de su hijo Saif.

Cuando conocí a Saif en Trípoli a finales de 2004, representantes de negocios de Estados Unidos y Europa recorrían la ciudad tratando de conocer al posible heredero educado en Londres. Para mi segunda visita a principios del 2010, Saif tenía un enorme dominio sobre las decisiones de negocios, y una gran delegación de representantes estadounidenses de negocios fue de nuevo enviada a la ciudad. A pesar de la extenuante campaña de la OTAN de este año, el cortejo de Occidente ha dado sus frutos. Dos días antes de que la revuelta estallara, una torre de J.W. Marriott fue inaugurada junto al pintoresco paseo marítimo de Trípoli. Muy cerca se encuentra un nuevo Four Points Sheraton, con un puerto deportivo; en su exterior, el BMW blindado y los sedanes Mercedes-Benz de Gadhafi permanecen estacionados, abandonados durante su huida de Trípoli. Las grúas se ciernen en Trípoli sobre los centros comerciales a medio construir, los complejos de apartamentos, e incluso un nuevo Palacio del Ayuntamiento -un símbolo del régimen de Gadhafi- diseñado por el famoso arquitecto Zaha Hadid. "Un pequeño grupo se hizo más rico y más rico, mientras que el resto de nosotros lo observaba", dice Sami Zaptia, presidente ejecutivo de la consultora de negocios en Trípoli knowlibya.net .

Ali Tarhouni no era amigo del régimen. Originario de Benghazi, fue expulsado de la universidad por su activismo político y huyó a Estados Unidos en 1973, a los 22 años. En represalia, Gadhafi le despojó de su ciudadanía y lo condenó a muerte. Tarhouni obtuvo un doctorado en economía en la Universidad Estatal de Michigan, se estableció en Seattle y tuvo cuatro hijos, llegando a ser catedrático en la Escuela de Negocios Foster de la Universidad de Washington.

Luego, en febrero, llegó el momento en que la tumultuosa revolución libia entró en erupción. Tarhouni, ahora de 60 años, estuvo pegado a la televisión hasta que ya no pudo soportar estar lejos. Envió un correo electrónico a sus amigos, explicando: "Tengo que volver para ayudar en todo lo que pueda".

Poco podía imaginar acerca de lo que esa 'ayuda' implicaría: una larga y difícil guerra en la que los combatientes libios libraron batallas letales a lo largo de la costa, mientras que los bombarderos de la OTAN azotaban al país desde arriba. Tarhouni avanzó rápidamente en el liderazgo rebelde, tenía una energía cinética y una amplia sonrisa, y rápidamente se ganó amigos. Al igual que muchos otros ciudadanos libios que habían pasado gran parte de su vida en el extranjero, regresó lleno de energía e ideas. Al igual que otros que emigraron a Irlanda, España, Gran Bretaña, Canadá y otros lugares que volaron a su hogar durante la revolución, el economista se encontró de pronto luchando por crear la  historia mundial; fue un "tiempo agotador y estimulante", dice.

En medio de la emoción también existían peligros siniestros, que ahora Tarhouni dice que son las preocupaciones más urgentes de su país. Brigadas rivales bien armadas reclamaban la primacía en el derrocamiento de Gadhafi, aumentado el riesgo de nuevos conflictos. Y los derroches de compras de armamento de Gadhafi han dejado a Libia con montañas de armamentos sin garantía. Pero por ahora, Tarhouni está disfrutando del sabor extraordinario de la victoria. "Casi cada hora consigues emociones suficientes para toda una vida", dice.

La emoción más intensa se produjo cuando Tarhouni se enteró de que Gadhafi estaba muerto, capturado en una zanja de aguas residuales y fusilado por los rebeldes. Unas horas más tarde, Tarhouni viajó en un convoy a la ciudad devastada por la guerra de Misurata para identificar formalmente el cadáver ensangrentado y golpeado de su verdugo, en nombre de los líderes rebeldes. En la vertiginosa velocidad de su labor, ha existido poco tiempo para que esa experiencia lo golpee.

"Durante 40 años me despertaba y me dormía pensando en él. Y ahora ya no está aquí", me dice Tarhouni. "¿Qué se siente? No tengo ni idea. Necesito un poco de tranquilidad".

Buena suerte con eso. Dos días después de la muerte de Gadhafi, Tarhouni estaba en Bengasi. Fui con él durante el trayecto a la ceremonia de liberación, donde el presidente del Consejo Nacional de Transición de los rebeldes declararía terminada la guerra formalmente. Tarhouni sigue sintiendo incertidumbre acerca del papel que jugará en el nuevo Gobierno. El nuevo primer ministro interino, Abdurrahim El Keeb, todavía no había elegido su gabinete a finales de octubre. Es posible también que el mayor papel de Tarhouni llegue cuando se celebren las primeras elecciones en Libia sin Gadhafi, probablemente el próximo verano. Sin embargo, algunos libios creen que es demasiado extranjero, demasiado estadounidense. Sin querer, se refiere a los libios como "ellos" y dice que su estilo estadounidense veloz y de multitarea representa un agudo contraste con las discusiones lánguidas de los libios. "La gente se sorprende por la forma en que hago las cosas", dice.

Pero la astucia de Tarhouni, y la de otros repatriados, podría ser justo lo que Libia necesita mientras se recupera de la dictadura y del derramamiento de sangre. Tarhouni prevé un turismo de calidad a lo largo de línea costera más larga en el Mediterráneo -Libia tiene cientos de kilómetros de playa virgen-, proyectos solares y de energía eólica en el enorme Sahara; estrechos vínculos comerciales con la cercana Europa, y la primera industria de servicios financieros del norte de África.

Se espera que los partidarios clave de los rebeldes, como los miembros occidentales de la OTAN y Qatar, ganen los grandes contratos, según las autoridades libias. Mientras los rebeldes irrumpían en Sirte en octubre, un avión lleno de hombres de negocios franceses volaba a Trípoli para felicitar personalmente a los vencedores, y pequeños grupos de ejecutivos alemanes y británicos ya han llegado a tantear las aguas.

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Sin embargo, Tarhouni dice que será imposible satisfacer las altas expectativas de los libios una vez que Gadhafi se ha ido. Mientras la multitud rodea el coche, metiendo sus manos a través de la ventana, dice: "La gente quiere ver el cambio inmediatamente. Sin embargo, el desarrollo económico a largo plazo requiere de paciencia. Esa es mi preocupación". A medida que sale del automóvil, pregunta, "¿Cuál es esa línea de Lo que el viento se llevó?", una preciosa película que pocos libios conocen. "Mañana será otro día", dice, antes de ser conducido por su guardaespaldas a la reunión en que escuchará por fin que su país es declarado libre.

Este artículo es de la edición del 21 de noviembre de 2011 de Fortune.

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