El problema del euro es el crecimiento

El pacto fiscal de la eurozona no ayudará a los países más débiles a expandir sus economías; las naciones débiles deben reducir los salarios y aumentar la productividad, o bien, salir del euro.
euro arde  (Foto: AP)
Shawn Tully

Los expertos y los políticos culpan de la crisis del euro a los países derrochadores que violaron las normas de presupuesto, diseñadas como el pilar de la moneda única. Si España, Italia y Grecia pudieran reducir sus abismales déficits presupuestarios y el detener el incremento de su gigantesca deuda, sostienen los expertos, la prosperidad volvería a la zona euro. Por lo tanto, todas las soluciones se tratan de una "integración fiscal", imponiendo nuevas regulaciones que darían a la Unión Europea una amplia autoridad para imponer límites de gasto y endeudamiento en los Estados miembros; con sanciones tan estrictas que ningún miembro de la zona euro podría desviar el camino.

Ésa es la base del plan negociado en una cumbre de diciembre entre la canciller alemana Angela Merkel y el presidente francés Nicolas Sarkozy. El lunes, los dos líderes se reunieron en Berlín para renovar su compromiso de presentar un "pacto fiscal" para los 17 países de la eurozona, prometiendo un nuevo conjunto de reglas rígidas y sanciones para el 1 de marzo.

Su plan maestro no va a funcionar. El principal problema de Europa no es el tamaño de la deuda o déficit de sus miembros. De hecho, la deuda de la zona euro con respecto al PIB se ubica actualmente en menos de 90%, una cifra grande, pero muy por debajo del nivel de 100% de Estados Unidos, por no hablar de una relación de 227% de Japón.

El problema real es el crecimiento: Las naciones débiles de la zona euro apenas podrán crecer si se mantienen atadas al euro. Como resultado, Italia o Grecia no pueden generar los ingresos fiscales necesarios para reducir esos déficits, o reducir su carga de deuda, ni pueden generar las exportaciones necesarias para crear nuevos empleos. En otras palabras, las cargas fiscales que una nación 'de crecimiento' como Estados Unidos puede manejar resultan insoportables para los países que no pueden crecer.

La competencia central

¿Por qué no pueden crecer los débiles de Europa? La razón es básica: Sus economías no serán competitivas en los mercados mundiales mientras estén estancadas con una moneda muy sobrevalorada que ellos y sus poderosos vecinos del norte parecen decididos a preservar. La forma más fácil de entender por qué el euro no está funcionando es preguntar qué pasaría si las naciones en crisis restauraran sus propias monedas, para que su valor fuera establecido por el mercado, en lugar de ser impuesto sobre ellas.

Si los consumidores del mundo y los inversionistas votaran con sus dólares y yenes por productos o plantas griegas o italianas, un nuevo dracma o lira valdría quizás 30% menos que el euro actual. Conclusión: al eludir los productos a estos precios, el mercado global nos está diciendo que las monedas de los países afectados están sobrevaloradas en más del 40%.

Países como Grecia, Portugal o España simplemente no pueden competir -o crecer- con esa desventaja. Un "pacto fiscal" no va a cambiar el veredicto del mercado.

Lo que está golpeando a los débiles es un número torcido pero crucial llamado 'costos laborales unitarios'. Se refiere a los costos laborales de fabricar un auto, una PC o una retroexcavadora (la mano de obra por lo general representa el 70% del gasto total). Digamos que se necesitan tres trabajadores por hora para hacer un artefacto en España, y dos trabajadores pueden hacer el mismo trabajo en Alemania, lo que significa que la economía alemana es mucho más productiva. Sin embargo, los trabajadores españoles ganan el 90% de los salarios alemanes. El artefacto español va a costar por lo menos 25% más que el modelo alemán.

Aún así, España puede vender sus artefactos en el extranjero, pero sólo si su moneda disminuye en comparación con el dinero alemán hasta el punto en que sus sueldos sean más bajos que los sueldos alemanes. Ese proceso de ajuste estaba sucediendo constantemente en los días anteriores al euro. Ahora no puede suceder.

Para entender cómo la crisis golpeó de forma tan inesperada, examinemos brevemente la historia de cómo el euro pasó de ser un salvador a un saboteador. Fue la influencia del euro lo que hizo que los costos laborales unitarios en las economías fuertes contra las débiles divergieran mucho más rápido de lo que lo hacían en los días antes del euro, y eso simultáneamente eliminó el amortiguador crucial que permitía a países como Italia o Grecia seguir creciendo en el pasado.

Los débiles se agravan

Para simplificar, vamos a dividir la zona euro en dos partes: el 'núcleo' de las economías más fuertes, sobre todo Alemania, los Países Bajos y Austria; y la zona 'sur' de Italia, España, Grecia y Portugal, además de Irlanda, una nación enferma que no pertenece geográficamente. Incluso antes de la introducción del euro el 1 de enero de 1999, las tasas de interés estaban cayendo drásticamente en los países del sur. A mediados de la década de 2000, los consumidores y los gobiernos estaban pidiendo prestado a menos del 5%, frente al 12% de una década antes. El crédito explotó, y el dinero fácil fluyó principalmente en industrias que no enfrentaban competencia extranjera, lo que los economistas llaman el 'sector no transable', que abarca todo, desde bienes raíces hasta seguros de jardinería y cuidado del cabello.

Como resultado, los salarios y los precios en esas industrias estrictamente domésticas se disparó. Desde finales de 1990 hasta finales de la década de 2000, los precios subieron un promedio de 1.5% más rápido en los países del sur que en Alemania y el resto del núcleo.

"La política monetaria única es demasiado floja para los países más débiles y demasiado estrecha para Alemania y las naciones del norte", dijo Uri Dadush, economista de la Fundación Carnegie en Washington. El dinero fácil permitió a los consumidores y a los gobiernos de las naciones sureñas pedir prestado a tasas muy por debajo del ritmo de la inflación dentro de sus fronteras, favoreciendo que ambos acumularan una enorme deuda, principalmente del extranjero.

La marcha de los sueldos fue otro grave problema. El auge del sector de no transables causó un mercado laboral difícil, y provocó que se tuviera que pagar a los exportadores que tenían que competir con la industria de la construcción por trabajadores. No ayudó que, con excepción de Irlanda, los países más débiles no hicieran nada por poner en orden sus mercados laborales extremadamente inflexibles. Las leyes de esos países están prácticamente diseñadas para aumentar los salarios más rápido que el crecimiento de la productividad. La combinación de rígidas leyes laborales y la explosión de la demanda interna provocó que los salarios en la zona sur saltarán 5.9% al año durante la década que concluyó en 2007, 2.7 puntos más rápido que en el núcleo de Europa.

El brote de crecimiento de la zona sur fue efímero. La política general monetaria tuvo precisamente el efecto contrario en la temible Alemania, donde las tasas eran muy altas, limitando el crecimiento. Los salarios alemanes no vieron ni de cerca los aumentos que experimentaron Grecia o España. Eso nos lleva de nuevo a los costes laborales unitarios. De 2000 a 2010, aumentaron 36% en Grecia, 31% en Italia y España, y 29% en Irlanda. Para Alemania, la cifra fue de 4%. Así que Alemania y los demás países centrales ganaron una enorme ventaja competitiva, mientras que el sur vivía de los préstamos, al igual que Estados Unidos y China, que también se benefició de una caída en el dólar y el yuan frente al euro.

Siguiendo el ejemplo de Irlanda

Ésa es sólo la mitad de la historia. Las importaciones de Alemania, China y Estados Unidos se volvieron mucho más baratas que los bienes producidos domésticamente que los italianos y los españoles solían comprar. Una inundación de importaciones baratas sustituyó a los bienes que España o Italia solían fabricar en casa.

Cuando las 'burbujas' domésticas aparecieron en la parte sur, sus naciones no podían aumentar las exportaciones para restaurar el crecimiento, y sus industrias domésticas con frecuencia no podían competir con las importaciones. Sus productos eran demasiado caros, tanto en los mercados mundiales como en sus propias tiendas y supermercados.

La zona sur está haciendo su parte para restaurar un poco de competitividad. El fuerte aumento en las tasas de España, Italia y Grecia finalmente ha moderado el aumento de los salarios, por lo que la brecha de costos laborales unitarios ya no está creciendo. Pero el crecimiento de los salarios no se está reduciendo lo suficientemente rápido como para restaurar -aunque sea algo parecido a- las tasas de crecimiento previas al euro en los países.

Los países del sur están atrapados. Sólo tienen dos opciones para reducir sus costos laborales unitarios al nivel en que puedan competir en el escenario mundial: reducir sustancialmente los salarios, o deben ser mucho más productivos al deshacerse de compañías estatales ineficientes y eliminando leyes laborales restrictivas y un laberinto de normas anti-competitivas.

Hasta el momento, Irlanda es el único país que ha seguido ese camino doloroso. Grecia, España e Italia muestran poca inclinación a seguirlo. Su incapacidad para adoptar reformas draconianas no significa necesariamente el fin del euro.

"Estoy muy reacio a decir que la salida del euro es inevitable para los países más débiles", dice Dadush. "Ellos pueden quedarse en una combinación de alivio de la deuda y las donaciones de los países más ricos". Sin embargo, ese camino condena a España, Italia y a los demás a un futuro de crecimiento extremadamente lento.

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La alternativa es la de restaurar su propia moneda, incumplir el pago de una gran parte de su deuda, y luego crecer mucho más rápido. El euro ha fracasado. La mejor opción para todos los miembros de la eurozona es desregular radicalmente sus mercados, y también disfrutar de la flexibilidad de sus propias monedas. A menos que hagan lo primero, nunca se convertirán en economías dinámicas. Pero si hacen esto último, por lo menos podrán crecer de nuevo.

Si la zona euro se mantiene unida, la crisis no va a terminar. Se prolongará mucho más, sobrecargando a la economía mundial con años de incertidumbre. Puede ser mejor elegir el dolor ahora. Enfrentados al miserable futuro de estancamiento, incapaces de exportar y crecer, los débiles pueden llegar a considerar la solución que ahora señalan como algo impensable, una salida de una unión que hace sólo tres años parecía su salvación.

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