Las calificadoras, lejos de su labor

Su modelo de negocio tiene un defecto sustancial: ganan de las mismas instituciones que juzgan; la historia reciente muestra que las notas soberanas no son tan imparciales como se creía.
fitch ratings  (Foto: CNN)
Katherine Ryder

Según el escritor George Orwell "Los mejores libros son aquellos que te dicen lo que tú ya sabías." Bien, parece que a los políticos se les ha olvidado ese ‘mantra' cuando se trata de agencias crediticias. Cada vez que una agencia calificadora importante le recuerda a una nación occidental sus dolorosas verdades sobre el estado de sus finanzas, la agencia enfrenta un aluvión de críticas. Hace unos días, cuando Standard & Poors rebajó la calificación de nueve países europeos, los políticos una vez más arremetieron contra las agencias por empeorar la crisis de la eurozona, al tiempo que aseguraban a los inversionistas que tenían un plan.

Los medios financieros, también una vez más, especularon sobre un pánico bancario en Europa y el colapso del euro. Pero en esta ocasión, el mercado apenas reaccionó. Francia perdió su impoluta calificación triple A, pero las acciones europeas casi no se inmutaron. España, que vio su deuda rebajada en dos grados, subastó el martes bonos a una tasa de interés significativamente menor a la que registró el año pasado. La agencia Fitch se unió a la desvalorización el pasado viernes, degradando la calificación de varios países, entre ellos Italia y España. Se dice que el primer ministro italiano, Mario Monti, reaccionó al castigo con una "serenidad indiferente."

El papel de las agencias de calificación crediticia ha sido muy debatido desde la crisis financiera. Los tres líderes de la industria -- S&P, Moody's y Fitch -- habían otorgado sus calificaciones máximas a los activos asociados a hipotecas tóxicas que alimentaron la burbuja inmobiliaria estadounidense. Estas agencias han acumulado un poder tremendo desde los 70s, cuando la Comisión de Bolsa y Valores de Estados Unidos (SEC) les dio el título oficial de "Nationally Recognized Statistic Rating Organizations" (organizaciones de calificación estadística reconocidas a nivel nacional) e hizo que fuera casi imposible comprar o vender un producto financiero sin la venia de una de estas tres firmas.

Y pese a todo, los últimos años han evidenciado un defecto sustancial en los modelos de negocio de estas agencias, a saber, que ganan dinero gracias a las mismas instituciones cuyos productos juzgan. Por ello, a comienzos de la década del 2000, obtuvieron enormes ganancias cuando aprobaban activos hipotecarios sin ningún valor. 

Conflictos soberanos

Ese defecto fue ampliamente discutido tras la crisis financiera, y parece que ahora otra falla está manifestándose: la capacidad de las agencias calificadoras de validar la deuda soberana. Supuestamente, calificar la deuda de los países debería ser menos difícil que calificar la deuda de los bancos. Después de todo, los gobiernos no le pagan a las agencias para que éstas califiquen sus bonos. Y en la mayoría de los casos, las agencias han acertado en lo que se refiere al riesgo de un default soberano. Los países que han caído en default o suspensión de pagos desde mediados de los 70s vieron su deuda rebajada a estatus "basura" al menos con un año de anticipación, de acuerdo a un reporte publicado en 2010 por el FMI.

Pero la historia reciente ha demostrado que las calificaciones soberanas no son tan imparciales como se creía, y ya no son árbitro confiable para juzgar los bonos gubernamentales. En los dos últimos años, muchos países de la zona euro, como Irlanda y Grecia, han sufrido múltiples degradaciones. Tradicionalmente, si un país era degradado en dos o más grados, eso significaba que se había cometido un error. La deuda griega fue rebajada cuatro niveles tan solo en junio de 2010. En agosto de 2011, S&P rebajó la deuda estadounidense, y desde entonces y a pesar de todos sus problemas financieros, los bonos del Tesoro han estado entre los más negociados del año, con rendimientos tres veces superiores a los de los bonos corporativos con nota triple A.

Y aunque es cierto que las agencias calificadoras no enfrentan el mismo conflicto de intereses al evaluar la deuda soberana, a diferencia de lo que ocurre con la deuda corporativa,  es claro que hoy la presión política juega un papel en la toma de decisiones. Las agencias se ven presionadas para no otorgar degradaciones.

"Los directivos en las agencias calificadoras están increíblemente conscientes de las groseras llamadas telefónicas y el abuso de los políticos europeos. Creo que no deberían sentirse afectados y que deberían juzgar según lo que ven, pero esa es una visión muy idealista," comenta Gabriel Sterne, ex economista del Banco de Inglaterra que hoy labora en el banco de inversión Exotix.

La realidad, lo sabe Sterne, es menos idealista. En una investigación reciente, el economista destacó la falta de transparencia en la forma en que las agencias miden el riesgo de un default soberano, y concluyó que a los mercados en realidad no les importa la calificación que una agencia asigne a una deuda soberana. Y en efecto, el impacto de las degradaciones a AA+ ha sido limitado, toda vez que la mayoría de los inversionistas no distinguen grandemente entre los activos con calificación BBB o notas más altas.

Sin embargo, los mercados no pueden sencillamente descartar a las agencias. Aunque en general las alzas y bajas en las calificaciones no tienen un impacto significativo en los spreads de los credit default swaps (seguros contra impago de deuda), los cambios de calificación que repercuten en las categorías del grado de inversión  pueden tener un impacto mayor. "Cuando se te rebaja a bono basura, realmente importa, porque algunos inversionistas tienen que deshacerse de esos bonos," advierte David Watts, de la firma de análisis CreditSights.

Los recientes problemas evidencian que las agencias de calificación crediticia no están cumpliendo su propósito inicial: hacer que la información esté disponible a un bajo costo, para que así los mercados tengan más participantes y por tanto sea más líquido. Aunque la Unión Europea ha impulsado reformas desde 2009 (y planea más, incluyendo la introducción de otra agencia calificadora), S&P, Moody's y Fitch están profundamente incrustadas en el sistema regulatorio y legislativo, y no existe una forma sencilla de cambiar eso.

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La lección para los inversionistas es clara: ser un comprador cuidadoso. Confiar demasiado de las calificaciones crediticias provocó el catastrófico resultado de 2008. Si los inversionistas vuelven a caer, la culpa será directamente suya.

 

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