Unión Europea, ¿debe caer para resurgir?

Si los miembros de la zona quieren una divisa común, necesitan superar sus identidades nacionales; la estructura política de la UE no es lo suficientemente sólida para agrupar a tantos países.
Europa bloque  (Foto: Thinkstock)
Cyrus Sanati

Existe el creciente temor de que la crisis de deuda europea puede haberle transmitido al euro una enfermedad incurable que no sólo podría provocar la caída de la moneda común, sino también conducir al colapso total de la Unión Europea (UE). Sin embargo, aunque Europa seguramente experimentará un sufrimiento considerable si tal situación llegara a ocurrir, tal vez sea justo la prescripción médica para resolver los males actuales de Europa y vacunarla contra crisis futuras.

Es cada vez más claro que el marco político de la UE está impidiendo que el continente adopte las medidas necesarias para solucionar esta crisis económica. Así, al pulsar el botón de reinicio, Europa puede aprender de sus errores pasados y, con el tiempo, crear una unión mucho más estable e integrada.

Han transcurrido casi dos años y medio desde que la crisis de deuda soberana se posó sobre Europa como una pesada nube negra. Lo que empezó como un problema con la capacidad de Grecia para emitir deuda nueva se propagó lentamente a Irlanda, Portugal, España e Italia.

Grecia sigue siendo la ‘zona cero' de la crisis, pagando un alto precio por permanecer leal a la UE. Desde el comienzo de la crisis, la economía de la nación helena se ha contraído en casi un 20%. La fuerte apreciación del euro obstaculiza la competitividad de sus exportaciones y su industria turística, mientras que la carga de su deuda pública y personal sigue siendo demasiado grande para que su menguante economía la soporte.

La conclusión lógica sería que Grecia sencillamente abandonara la zona euro y se declarara en default, ¿no? Claro, habría algunos años de intenso caos económico en el país tras la greco-salida, pero con el tiempo la nación se recuperaría. Con una moneda más débil, el turismo en Grecia sería capaz de competir una vez más con los países vecinos de Turquía y Túnez y también podría exportar productos alimenticios y otros bienes intermedios a lugares fuera de la UE.

Sin embargo, los principales países de la eurozona, incluidos Alemania y Francia, dicen que quieren que Grecia permanezca dentro del bloque. El Fondo Monetario Internacional también está a favor de que Grecia siga en el euro. Incluso el partido heleno de extrema izquierda Syriza, que podría llegar al poder en un gobierno de coalición en las elecciones parlamentarias del mes próximo, apoya la adhesión de Grecia a ambas, la UE y la Unión Económica y Monetaria (UEM). Y lo más importante, el pueblo griego, a pesar de todas las penurias que ha soportado, está a favor de la permanencia de Grecia en el euro y en la UE.

Dado el apoyo generalizado a la permanencia de Grecia en el euro, uno podría pensar que a estas alturas ya se hubiera encontrado una solución viable que pusiera fin a la crisis. Pero la crisis es hoy más perjudicial y peligrosa que nunca. Y ello se debe a que no se trata de Grecia y su pequeña economía -nunca ha consistido en eso; se trata de la viabilidad de la Unión Europea como una unión política efectiva.

Cuando la UE fue concebida por primera vez en 1952, se pretendió que fuera exclusivamente una unión económica para permitir la libre circulación de bienes y servicios en todo el continente. Pero en los últimos 60 años se ha convertido en una cuasi confederación política donde algunas leyes de la UE ahora sustituyen a leyes nacionales. La introducción del euro en 1999 complicó las cosas: los países de la UE que eligieron unirse a la moneda común sólo estaban dispuestos a ceder el control de su política monetaria a la UE, pero no su política fiscal.

Pero en lugar de eso, los miembros de la eurozona se comprometieron a no incurrir en déficits presupuestarios superiores al 3% de su PIB. De esta manera, los gobiernos todavía estarían en condiciones de gastar según juzgaran oportuno. Por desgracia, sin sanciones fuertes de por medio, esta regla fue rota por casi todos los miembros del euro en algún momento de la última década, incluida Alemania. Grecia y los países periféricos emitieron deuda para financiar proyectos de gran envergadura y sostener a un contingente cada vez mayor de funcionarios públicos. A su vez, Alemania y las naciones del norte utilizaron sus ventajas económicas para inundar a los países periféricos con sus bienes y servicios.

Pero esta transferencia de riqueza desde la periferia hacia el centro de la zona euro se rompió cuando Grecia fue incapaz de pedir prestado el dinero suficiente para mantener el ciclo. La economía griega simplemente no había evolucionado hasta el punto de poder tener tanto una moneda fuerte como un crecimiento económico. Necesitaba endeudarse para llenar las brechas. Este, en diversos grados, es básicamente el mismo escenario para todos los países periféricos.

Este desequilibrio seguirá creciendo hasta que la eurozona se desintegre al completo. Una salida de Grecia destruiría la confianza en la moneda común y daría lugar a una serie de quiebras bancarias en Europa. Otras naciones serán expulsadas y lo que quedará será una Europa central con una moneda tan fuerte que incluso los productos alemanes perderán competitividad en los mercados mundiales. Ese grupo medular colapsaría y el euro desaparecería.

Es evidente ahora por qué nadie quiere que Grecia salga del euro: los países medulares perderían su ventaja exportadora mientras que la periferia sufriría una dolorosa disminución del nivel de vida. La solución sería agrupar la deuda y crear una unión fiscal, pero los gobiernos nacionales (ya sean de extrema izquierda o extrema derecha) no parecen dispuestos a ceder el poder suficiente para que esta solución sea viable.

Allí descansa el mayor problema de toda la UE, en su estructura política. La UE sigue rigiéndose por normas que fueron diseñadas para una unión mucho más pequeña sin una moneda común. Hoy, con 27 miembros, lograr que cualquier cosa se haga en la UE es casi imposible. Si bien el Tratado de Lisboa, que entrará en vigor en 2014, solventa algunos de estos problemas, su alcance es insuficiente para permitir que los estados miembros sean capaces de prevenir y responder a amenazas económicas en una manera oportuna y decisiva.

Entonces, ¿cuál será el futuro de Europa? Tal vez necesite que la antigua UE caiga para dar paso a una unión más viable -si eso es lo que realmente quieren los europeos-. Pero la caída de la UE no tiene que ocurrir de manera violenta; puede hacerse, en cambio, de manera ordenada, de forma similar a como Estados Unidos pasó de ser una confederación poco cohesionada a una federación más fuerte en la década de 1790.

La convocatoria a un diálogo para elaborar estos detalles tendría que ser consultada, pero bajo el entendimiento de que ningún miembro podrá tomar como rehén al grupo entero. Si a un país miembro no le gusta mancomunar las competencias fiscales, debería estar fuera de la nueva UE. Si no quiere ser un miembro del euro, también debería estar fuera.

Ha llegado el momento para los miembros de la UE de renunciar a sus identidades nacionales en aras de una identidad que sea verdaderamente europea si quieren continuar con una moneda común. Edificar nuevas estructuras políticas y derechos de voto viables garantizará no sólo que el euro puede salvarse, sino también que el sueño de una Europa fuerte y unida como una fuerza económica puede finalmente hacerse realidad.

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