Eurozona: 17 cumbres y la crisis sigue

El bloque ha fracasado en detener la crisis ante su reticencia a aplicar medidas dolorosas; los líderes no creen que el público esté lo suficientemente asustado como para aceptarlas.
europa  (Foto: Thinkstock)
Douglas J. Elliott

La cumbre del euro de esta semana será de utilidad, pero no solucionará ni remotamente la crisis de la zona. Dará lugar a algunos compromisos políticos para avanzar en la dirección correcta, un paso más útil de lo que parece en tanto que contribuye a posibilitar acciones que se emprenderán a la postre. Sin embargo, el comunicado que produzca no ahondará en detalles porque los líderes europeos aún no están preparados para llegar a un acuerdo en cuestiones de gran alcance.

Para empezar, esta es la decimoséptima cumbre que aborda la crisis del euro. ¿Por qué todas decepcionan en un nivel fundamental?

La respuesta es bastante simple: las soluciones reales requieren medidas dolorosas que entran en conflicto con los mitos nacionales de los países clave y los políticos no creen que el público esté lo suficientemente asustado para aceptar ese sufrimiento.

Algunos problemas políticos, como el debate que se dio en Estados Unidos el verano pasado sobre el techo de la deuda, no pueden resolverse hasta el último momento porque la presión externa tiene que ser tan grande de forma que a los políticos se les perdone el tomar decisiones dolorosas.

Asimismo, hacer lo incorrecto se vuelve menos atractivo, pues quedaría claro que fueron los políticos los que detonaron el consiguiente desastre.

La solución definitiva a la crisis probablemente requiera que los países fuertes garanticen las deudas de los países débiles, un compromiso que los líderes nacionales no pueden explicar a sus votantes a menos que la alternativa sea la posibilidad de un desastre inmediato.

Alemania tiene la tasa de desempleo más baja en muchos años, por lo que es hasta cierto punto difícil convencer a su población de que todo puede colapsar. Las naciones fuertes tampoco confían en que las débiles realizarán las reformas necesarias para evitar que las garantías de las naciones fuertes se transformen en costos reales cuando los países atribulados caigan en default.

Por lo tanto, la solución definitiva también requerirá que los países de la zona euro otorguen a las autoridades europeas centralizadas poder de veto sobre sus presupuestos. Pero los votantes de los países débiles todavía no se han asustado lo suficiente como para permitir que sus dirigentes cedan tanto poder a Bruselas o Frankfurt.

La banca necesita regularse, y el costo de los fracasos debe compartirse a nivel pan-europeo, rompiendo los vínculos entre los bancos y sus gobiernos nacionales, vínculos que han creado círculos viciosos de debilidad.

Sin embargo, los líderes de los países fuertes todavía no están dispuestos a escribir cheques en blanco para apoyar las posibles necesidades de los bancos de los países atribulados. Y prácticamente todos los países son reacios a ceder demasiado control sobre sus bancos, que en Europa desempeñan un papel mucho más crítico que en Estados Unidos.

La buena noticia es que creo personalmente que los principales líderes europeos aceptarán estas medidas cuando encaren el verdadero desastre.

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La mala noticia es que tendrán que estar al borde del abismo antes de que estén preparados para hacer lo correcto.

Douglas J. Elliott es investigador de estudios económicos en la Brookings Institution, donde se especializa en el sistema financiero mundial y sus regulaciones.

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