Google, ¿quién controla al gigante?

La firma ha tenido éxito con su sistema de acciones que protege las decisiones de los fundadores; Sergey Brin y Larry Page controlan el derecho a votar sobre los planes de la tecnológica.
larrypage  (Foto: Cortesía de Fortune)
Miguel Helft
FORTUNE -

No se puede decir que el presidente ejecutivo de Google, Larry Page, no sea coherente. Cuando la firma se preparaba para salir a Bolsa hace nueve años, Page detalló en una carta dirigida a los potenciales inversores las muchas maneras en que la empresa sería poco convencional.

Se enfocaría en los usuarios y en los resultados a largo plazo; tendría una estructura de gestión inusual; se regiría por el alocado lema "No seas malvado" -o por lo menos, por cómo Page y compañía lo interpretaran- y aspiraría a mejorar al mundo.

Ah, y si a los accionistas no les gustaba nada de esto, no habría mucho que pudieran hacer al respecto: Google tendría una estructura doble de clases de acciones que aseguraba que Page y el cofundador Sergey Brin, así como el entonces presidente ejecutivo Eric Schmidt, retuvieran el control de la votación.

Hace un año, Page buscó fortalecer y ampliar el control mayoritario de los fundadores, proponiendo una división de acciones que crearía una nueva clase de acciones sin derecho a voto. Los detalles eran oscuros, pero el efecto era claro: Page y Brin continuarían teniendo la última palabra, a pesar de que actualmente poseen aproximadamente el 15% de las acciones de Google.

Como era de esperar, los defensores de los derechos de los accionistas criticaron universalmente la medida. Después de todo, los propietarios de las nuevas acciones de Google tendrían pocos derechos más allá de su capacidad para vender sus acciones. Un fondo de pensiones de Massachusetts introdujo una demanda con el fin de bloquear la división, argumentando que los fundadores y el Consejo habían incumplido su deber fiduciario hacia los accionistas.

La noche del domingo, el directorio de Google aprobó un arreglo propuesto sobre la demanda. Los detalles del acuerdo son complicados, pero esencialmente exigen que Google compense a los propietarios de la nueva clase de acciones si éstas caen en valor por debajo de los demás títulos de Google. Si el tribunal aprueba el plan, es probable que la división de acciones siga adelante.

El estilo de gestión antidemocrático de Page difícilmente ha sido una desventaja. Una inversión de 1,000 dólares en la oferta pública inicial de la empresa tendría ahora un valor de alrededor de 10,500 dólares. Las acciones de Google cerraron por encima de los 900 dólares el martes, apenas por debajo de su máximo histórico de 920 dólares, dando a la compañía un valor de mercado de casi 300,000 millones de dólares. Desde que Page anunció la polémica división de acciones el año pasado, las acciones han subido 38%. Puede que los accionistas de Google no tengan derecho a voto, pero no están descontentos.

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Nada de esto quiere decir que Google haya dado un buen ejemplo. Cuando se decidió por una estructura de doble acción en 2004, la medida era casi inaudita en el sector tecnológico. Google lo puso de moda y empresas como Groupon, Zynga y Facebook hicieron lo mismo, dando a sus fundadores y primeros inversores el control sobre su destino. Todos están cotizando muy por debajo de sus precios de la OPI (Oferta Pública Inicial). Todos tienen accionistas descontentos que ahora desean no haber depositado tanta fe en la sabiduría de los fundadores de esas empresas. No hay mucho que puedan hacer ahora para manifestar su descontento con excepción de, por supuesto, vender sus acciones.

La historia de Google demuestra que los derechos de los accionistas y los rendimientos no van necesariamente de la mano. Pero las dificultades de las empresas tecnológicas menores sugieren que la apuesta de Silicon Valley sobre el control de los fundadores sigue estando llena de peligros.

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