Las lecciones de los fracasos de la Fed

El presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, estaría 'tirando la toalla', según Edward Conard; sus políticas monetarias y fiscales radicales no lograron producir una recuperación tras la crisis.
Fed Reserva Federal  (Foto: AP)
Edward Conard*
FORTUNE -

Después de que el presidente de la Reserva Federal (Fed), Ben Bernanke, anunciara que la entidad probablemente reduciría su programa de compra de bonos a finales de este año, algunos se quejaron de que el estímulo aún sigue sin disminuir. Pero todo economista serio sabe que la política funciona en gran parte al alterar las expectativas del mercado. La Fed claramente está tomando medidas para reducirlas.

Si la flexibilización cuantitativa (QE, por sus siglas en inglés) estaba funcionando -si estaba creando más valor de lo que cuesta- ¿por qué la Fed reajusta prematuramente las expectativas de la política, cuando el desempleo sigue ubicado en 7.5%, e incluso más alto si incluyes a los subempleados?

El presidente de la Fed justificó sus acciones señalando un optimismo creciente, a pesar de que el mes pasado dijo que la economía estaba "sufriendo en este momento de un mal ataque de pesimismo".

A pesar de su perspectiva ahora positiva, el reporte de empleo de este mes volvió a ser mediocre; además Europa también está de vuelta en la recesión y la evidencia de una desaceleración en China se incrementa.

Éstas difícilmente parecen condiciones en que la Fed optaría por reajustar las expectativas. En cambio, parece que Bernanke finalmente está tirando la toalla respecto a la QE. ¿Quién puede culparlo?

Las políticas monetarias y fiscales radicales no han logrado producir una fuerte recuperación tras la crisis financiera. Aunque algunos keynesianos, como Paul Krugman, sostienen que el estímulo fue demasiado pequeño, el Gobierno federal ha aumentado el gasto en casi 25% en términos reales, y ha financiado ese gasto con déficits de un billón de dólares al año durante cuatro años y contando.

Esos déficits han sido financiados por aumentos nunca antes vistos en el balance general de la Reserva Federal. No nos equivoquemos, el estímulo ha sido enorme.

Por desgracia, la economía de Estados Unidos se enfrenta a un probable declive permanente de la demanda a raíz de la crisis financiera, no a una baja temporal. La economía ahora reconoce que existe un enorme riesgo de daño a causa de una corrida en los bancos. Antes de la crisis, la economía de Estados Unidos descontaba en gran medida este riesgo porque una corrida en los bancos de la escala vista en la crisis financiera no se había producido desde 1929. Asumimos que las garantías gubernamentales implícitas de los bancos -garantías que el gobierno hizo explícitas en la crisis financiera- mitigaban el riesgo de una corrida. Nos equivocamos.

El sector privado redujó permanentemente la toma de riesgos, lo cual resulta en actividad económica para compensar por este riesgo ahora reconocido y todavía sin mitigar. Esto no quiere decir que la economía no pueda crecer y alcanzar el pleno empleo. Puede hacerlo. Pero va a crecer normalmente a partir de una base más baja sin el gran rebote típico de la mayoría de las recuperaciones. En estas condiciones, las políticas fiscales y monetarias podrían tener poco o ningún efecto positivo.

Incluso los escépticos de la corriente económica keynesiana reconocen que el gasto gubernamental aumentado puede impedir que una baja temporal de la demanda dañe de forma permanente la economía. Los despidos y quiebras, que desplazan a trabajadores y empresas, reducen permanentemente la productividad.

Evitar ese daño es valioso. Sin embargo, a medida que la baja en la demanda se prolonga, el costo de evitar el desplazamiento aumenta, mientras que el valor de evitarlo se mantiene constante. Si la caída de la demanda es permanente -si se deriva de un problema estructural, por ejemplo- el desplazamiento es inevitable. El aumento de los gastos del Gobierno se convierte entonces en un costoso puente hacia la nada que frena en lugar de estimular el crecimiento.

Un aumento permanente del gasto público simplemente desplazará la demanda del sector privado al sector público. En el mejor de los casos, el Gobierno redistribuye el consumo de los trabajadores y los inversores. En realidad, grava, redistribuye y consume ingresos que de otro modo serían invertidos. Por otra parte, la redistribución reduce la rentabilidad y los incentivos para el trabajo, la inversión y la toma de riesgos, lo que ralentiza el crecimiento aún más.

Cualquiera que sea el aumento en los servicios producido por el Gobierno, por lo general es menos eficiente que en el sector privado. Esos factores ralentizan el crecimiento. De nuevo, veamos a Europa. Su contribución a la innovación en los últimos veinticinco años ha sido anémica.

Si hay alguna duda sobre si un aumento permanente del gasto público puede elevar permanentemente la demanda, no se necesita mirar más allá de Europa en los últimos treinta años. El crecimiento del sector privado se desaceleró en comparación con el de Estados Unidos, a medida que el gasto del sector público como porcentaje del PIB aumentó.

Los defensores del gasto gubernamental afirman que la escasa recuperación de Europa demuestra que la austeridad ha fallado.

Como si los problemas de Europa no se derivaran del hecho de que el euro permitió a los países de crecimiento más lento consumir más de lo que producían y que esto en última instancia resultó insostenible. Estos autores citan a menudo los titulares de un reciente estudio del FMI que concluye: "La consolidación fiscal generalmente reduce la producción y aumenta el desempleo en el corto plazo", a pesar de que la mayoría de todos los puntos de referencia del estudio representan bajas keynesianas temporales.

Lo que no se menciona es el hecho de que la austeridad incluye tanto aumentos de impuestos como recortes de gastos, y que el estudio considera que "el alza de impuestos es mucho peor para la economía que los recortes", que "después de algunos años, incluso los grandes ajustes fiscales (basados en gastos) fomentan el crecimiento de la economía", y que los recortes a las prestaciones sociales no ralentizan el crecimiento.

Es cierto que un recorte en el gasto público, una vez aumentado, podría causar una breve recesión. Ningún contribuyente racional aumentaría sus gastos hasta que el Gobierno lo recorte.

El Gobierno tiene poca o ninguna credibilidad cuando se trata de recortes de gastos reales. La mayoría se producen en un punto base cada vez mayor y, a menudo nunca se materializan. Después de un recorte en el gasto público, el gasto privado crecerá de nuevo con cautela. Entonces, los defensores del gasto utilizan el costo de la recesión, causado por la retirada del aumento en el gasto público, como justificación para una sucesión interminable de nuevos gastos.

En los últimos días de su mandato, Bernanke podría haberse dado cuenta finalmente que la política monetaria radical de la Fed, que facilitó el gasto deficitario que pretendía agilizar el rebote económico de vuelta hacia una tendencia anterior, ha sido ineficaz. La economía está sufriendo de una disminución permanente de la demanda y necesita políticas económicas que incrementen el crecimiento a largo plazo.

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Esto requiere un gasto público más bajo, que mitigue la necesidad de más aumentos de impuestos y acelere la acumulación de capital necesario para asumir los riesgos que hacen crecer a la economía.

*El autor es profesor visitante en el American Enterprise Institute, y autor del best seller Unintended Consequences. Es ex socio gerente de Bain Capital.

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