¿La economía puede soportar otra crisis?

A un lustro de la quiebra de Lehman, las normas financieras son inservibles, dice Allan Sloan; bancos, reguladores y gobierno deben tener reglas más claras para responder al próximo caos.
crisis  (Foto: Getty)
Allan Sloan

Ya han pasado cinco años desde que Lehman Brothers quebró, desencadenando una serie de consecuencias imprevistas que estuvieron a punto de colapsar al sistema financiero mundial.

Si la Reserva Federal de Estados Unidos, otros bancos centrales, y el Gobierno de Estados Unidos no hubieran intervenido y lanzado miles de millones de dólares a la crisis para mantener a los mercados financieros a flote, ahora estaríamos hablando de la Segunda Gran Depresión.

En lugar de ofrecer la sabiduría popular sobre lo que ha pasado desde que Lehman se declaró en quiebra el 15 de septiembre de 2008, que es fácilmente accesible en un millón de lugares, me gustaría ofrecer cierta sabiduría popular -o por lo menos espero que cierta sabiduría- basada en mis más de 40 años de escribir sobre negocios.

La verdadera lección que tomo de Lehman es que un simple movimiento que fue elogiado por los defensores del libre mercado en aquel momento -dejar que Lehman quebrara- desencadenó consecuencias imprevistas que llevaron al mundo financiero al borde del desastre en cuestión de días. Fue una lección sobre cómo las cosas que parecen simples en la superficie pueden volver para morderte en lugares impensados y de maneras imprevistas.

Lehman cayó en bancarrota seis meses después de que la Fed y el Tesoro rescataran a Bear Stearns -en realidad, rescataron a los acreedores y contrapartes-; sus accionistas quedaron en gran medida arruinados. En aquel entonces, había quejas sobre que la administración debía haber dejado que el mercado derribara a Bear y disciplinar a los mercados infligiendo un castigo intenso a los acreedores.

Cuando Lehman quebró sucedieron dos cosas imprevistas y horribles. Una fue que un gran fondo del mercado financiero mundial, el Reserve Fund, tuvo que asumir pérdidas debido a que poseía títulos de este banco. Cuando el Reserve "rompió el billete" se desató una corrida bancaria en todos los fondos de inversión, lo que obligó al Gobierno a garantizar todas las cuentas con el fin de calmar el pánico.

En segundo lugar, algunos fondos de cobertura que utilizaban la oficina de Lehman en Londres como su "principal intermediario" vieron sus activos congelados como resultado de su quiebra. Eso provocó una loca carrera en Estados Unidos a medida que los fondos de cobertura sacaban sus cuentas de Goldman Sachs y Morgan Stanley, ninguno de los cuales tenía acceso completo a la serie de programas de préstamos de la Fed a los que tenían acceso los bancos comerciales.

Ambas empresas se habrían hundido -infligiendo un sufrimiento catastrófico al sistema financiero al desencadenar una cascada mundial de quiebras- si el Banco Central no hubiera convertido a Goldman y Morgan Stanley en compañías holding bancarias ni les hubiera dado acceso a dinero ilimitado para cubrir los retiros de los clientes. La estampida se detuvo rápidamente.

Estos dos efectos secundarios de la entidad financiera que falló, que mucha gente ha olvidado, tipifican los problemas de la gestión de crisis financieras. No sabes de dónde vendrá el problema, así que tienes que tener todo tipo de recursos disponibles.

Mecanismos antiquiebra

Hemos obligado a las instituciones gigantescas '"demasiado grandes como para que se les permita quebrar" a reforzar su relación de capital frente a sus activos, lo cual es algo bueno. Sin embargo, hemos debilitado gravemente la capacidad de la institución federal al eliminar los poderes clave que había utilizado para estabilizar las cosas. Eso es malo. Muy malo.

Este problema, junto con el desafortunado hecho de que gran parte del resto del Gobierno Federal es disfuncional, nos costará muy caro cuando la próxima crisis financiera llegue. Y siempre hay una próxima vez.

Debimos haber dividido y simplificado las instituciones financieras gigantescas que tienen depósitos asegurados federalmente y limitado su capacidad para meterse en problemas (y meter en saco de once varas a los contribuyentes estadounidenses).

En vez de eso, tenemos la horriblemente compleja legislación Dodd-Frank, aprobada hace tres años, que requiere todo tipo de reglamentaciones ultracomplicadas. El proceso avanza tan lentamente -¡sorpresa!- que el presidente Barack Obama dice que está frustrado y decepcionado.

El clásico absoluto es la Regla Volcker, que dice que los bancos no pueden negociar por cuenta propia, pero sí pueden negociar para crear mercados para los clientes que quieren cabildear. Diferenciar entre estas dos actividades es tan complicado -yo diría imposible- que las regulaciones propuestas ocupan cientos de páginas. Eso significa que en la práctica no sirven para nada.

Podríamos haber adoptado lo que yo llamo la Regla Hoenig, propuesta por el exjefe de la Fed de Kansas City (y actual vicepresidente de la Corporación de Seguros de Depósitos o FDIC) Tom Hoenig, que prohibió a las instituciones financieras aseguradas por el Gobierno negociar en absoluto. Esto plantea problemas, pero al menos es viable. Pero el nombre de Hoenig no conlleva casi ningún prestigio en Washington.

Del mismo modo, tenemos "testamentos en vida" para varias docenas de instituciones gigantes como Goldman Sachs, AIG, y JPMorgan Chase, conocidos colectivamente como SIFIs. El acrónimo en inglés de Instituciones Financieras de Importancia Sistémica, evoca imágenes de una enfermedad financieramente transmisible.

Los testamentos de los SIFIs son de cientos -y en algunos casos miles- de páginas. Buena suerte para la revisión de ellos por parte de los reguladores. Buena suerte, también, si varios SIFIs se meten en problemas al mismo tiempo. Si eso sucede, lo más probable es que todo el sistema financiero se encuentre en problemas. Eso significa que será difícil, si no es que imposible, que los adquirentes recauden el dinero necesario para comprar los activos de las SIFIs afectadas.

Una panacea propuesta que está ganando adeptos en estos días es la de resolver los problemas del sistema trayendo de vuelta la Ley Glass-Steagall de era de la Depresión, que separaba la aburrida y básica banca comercial de la más emocionante banca de inversión. Yo simpatizo con esta propuesta más de lo que puedes imaginar. De hecho, en marzo de 1995, en mi puesto anterior como editor de Wall Street para Newsweek, mi primera columna se oponía a la derogación la Glass-Steagall. La escribí en mi tiempo libre, antes de estar siquiera en la nómina de la revista Newsweek.

Mi problema con la derogación no era (ni es) que violaría la separación supuestamente sagrada entre la banca comercial y la banca de inversión. Esta distinción ya estaba borrosa. Simplemente pensé que era una idea terrible permitir a las ya de por sí complejas y gigantescas empresas financieras hacerse más grandes, más complejas y cada vez menos manejables.

Eso resultó ser el caso. La derogación de 1998 permitió que Citigroup se fusionara con Travelers, una compañía de seguros gigantesca. Resultó ser tal desastre que las empresas se separaron desde entonces. Así que la derogación fue en vano.

Las instituciones, como puedes ver, pueden ser demasiado grandes y demasiado complicadas incluso para que los altos ejecutivos las manejen con eficacia. Esa es la lección que debemos obtener del fiasco de la Ballena de Londres de JPMorgan, en el que una estrategia supuestamente diseñada para proteger al banco de diversos riesgos terminó causando una pérdida de 10 dígitos.

JPMorgan

La buena noticia es que los accionistas tomaron la totalidad de alrededor de 6,000 millones de dólares de la pérdida, debido a que la empresa estaba profundamente capitalizada. La mala noticia es que incluso un ejecutivo tan bueno y tan obsesivo como Jamie Dimon de JPMorgan no sabía lo que estaba pasando hasta que fue demasiado tarde.

Además de que no ayuda a resolver el problema fundamental de "demasiado grande para quebrar", el restablecimiento de la Ley Glass-Steagall infligiría un latigazo reglamentario. En 2008, mientras el mundo colapsaba, los reguladores pidieron a JPMorgan que comprara a Bear Stearns, se apoyaron en Bank of America para completar su compra pendiente de Merrill Lynch, y rogaron a Wells Fargo que comprara a Wachovia, que tenía importantes operaciones de corretaje.

Todos esos acuerdos, hechos bajo mandatos regulatorios, serían ahora revertidos. Si eso ocurriera, ¿te imaginas que alguna gran institución ayudaría al Gobierno comprando alguna entidad en dificultades la próxima vez?

Mientras tanto, el hiperpartidismo está debilitando a la Fed y al gobierno en su conjunto, reduciendo su capacidad de responder a cualquier nueva crisis. Estoy consternado por que el Gobierno de Obama esté debilitando a la Reserva al no anunciar pronto una propuesta de sucesor de Ben Bernanke; la controversia daña a la entidad en múltiples niveles. Por otra parte, no puedo creer que los republicanos nos estén conduciendo de nuevo hacia otro drama del techo de la deuda, pero ciertamente parece así.

En estos días, se escucha hablar de que los niveles superiores de capital de las grandes instituciones, sus testamentos en vida y un mayor escrutinio por parte de reguladores mejor equipados significan que los días pánico financiero post-Lehman de 2008 han llegado a su fin. No lo creas. "

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"Esta vez es diferente", son las cuatro palabras más peligrosas en las finanzas. Las he escuchado después de cada gran desastre financiero desde la década de 1960 -y unos años más tarde, hay otro caos-. Estas palabras no han resultado ciertas todavía. Tampoco lo serán esta vez.

Este artículo es de la edición del 16 de septiembre de 2013 de Fortune.

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