Familias, las olvidadas de la crisis

La sacudida financiera de 2008 se centra en los mercados, pero olvida a los ciudadanos: Sheila Bair; los jóvenes fueron de los sectores más golpeados con trabajos míseros y deserción de universidades.
crisis2008  (Foto: Getty)
Sheila Bair*
FORTUNE -

Me prometí a mí misma que no escribiría una columna sobre "Lehman" dado el frenesí mediático que levanta este mes el quinto aniversario de la quiebra de la institución. Sin embargo, mientras investigaba para el nuevo libro que estoy preparando para jóvenes sobre la crisis financiera de 2008, he recordado las dificultades que muchas familias atravesaron a causa de la crisis, sobre todo sus hijos.

Sus dramáticas historias se han olvidado en esa política del poder que se ha impuesto sobre la reforma financiera. Todo se reduce a ganadores y perdedores, con reguladores y defensores de la reforma enfrentados a una industria armada con un poderoso aparato de lobbying, engrasado con el dinero de la política y henchido de ese cruzamiento conocido como revolving doors, donde se pasa del empleo público al privado y del privado al público en un carrusel de intereses.

Más información: EU crea empleos... de bajos salarios. 

El objetivo de proteger a la población de una nueva recesión provocada por un sector financiero inestable parece perdido en la confusión que reina en Washington.

Así que déjeme relatarle los recuerdos desgarradores de las familias estadounidenses que he entrevistado. Comparten trágicas similitudes. Sus problemas por lo general empezaron con un drástico reajuste del pago hipotecario, la pérdida del empleo o el recorte salarial, combinados frecuentemente con un inesperado problema de salud que no cubría el seguro médico.

Cualquiera que fuera el catalizador, casi siempre desembocaba en altos niveles de estrés para la familia; noches en vela para padres y niños, malas calificaciones en la escuela, el fin de la esperanza según los ahorros se agotaban y, finalmente, la pérdida de un hogar. Los niños abandonan sus habitaciones, sus mascotas, sus escuelas, sus barrios, y siempre vivirán con los recuerdos traumáticos de su desplazamiento forzado.

Muchos de los padres que he entrevistado, sin duda, son en parte responsables de sus problemas. Conforme los precios inmobiliarios subían, repetidamente refinanciaron sus casas para obtener dinero en efectivo. Cuando el mercado de la vivienda dio un vuelco, se quedaron con una deuda hipotecaria insostenible, que superaba con creces el valor de sus viviendas.

A detalle: EU prevé privatizar mercado hipotecario.

Estos refinanciamientos, sin embargo, no siempre se hicieron para pagar unas vacaciones de lujo o televisores de pantalla plana, como nos quieren hacer creer los apologistas de Wall Street. Por el contrario, en muchos de los casos, el dinero fue utilizado para pagar la matrícula universitaria, cuentas médicas, o simplemente para llegar a fin de mes.

Varias de las familias que entrevisté nunca participaron en el frenesí inmobiliario. Tenían hipotecas tradicionales, esas de tasa fija a 30 años, que ya no pudieron pagar cuando perdieron sus trabajos o sufrieron recortes salariales.

Ellos no hicieron nada malo, excepto vivir en un país en el que nos engañamos temporalmente al pensar que un sector financiero "autorregulado" atado a una burbuja de la vivienda podría proporcionar una base sólida para la prosperidad.

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Estas familias ahora luchan por reponerse. Muchas viven en departamentos o casas de alquiler austeras. La mayoría ha recuperado el empleo, pero con salarios significativamente más bajos. Varias han logrado empezar a reconstruir sus ahorros.

Sus hijos han aprendido a salir adelante con menos. Algunos han renunciado a la universidad, pues sus padres agotaron sus cuentas universitarias en un intento desesperado de conservar sus hogares. En lugar de estar en las aulas, se alistan en el ejército o tratan de encontrar trabajo en una fuerza laboral joven que tiene una tasa de desempleo del 24%.

Otros van a la universidad a costa de grandes préstamos. Se gradúan, vuelven a casa, y toman un trabajo mal pagado. Como jóvenes que son deberían estar llenos de esperanza y optimismo. En cambio, se enfrentan a limitadas oportunidades de empleo, inferiores niveles de vida y una enorme carga de deuda estudiantil.

Sus vidas, como las de tantos otros en todo el país, están mejorando solo después de años de lucha personal. Protegerlos de otra crisis debe ser la principal prioridad de los reguladores.

Algunos dicen que las personas que participaron en los rescates hace cinco años (y yo fui una) son "héroes" porque "salvaron el sistema". Pero no se requirió de heroísmo para inyectar billones de dólares del Gobierno a las grandes instituciones financieras. Los verdaderos héroes son esos reguladores que muestran las agallas para dominar al sistema oponiéndose a la feroz presión de las mismas instituciones que se beneficiaron de la generosidad de la administración.

Más información: El hombre que luchó vs la crisis de EU. 

Mientras la quiebra de Lehman asume su lugar en los anales de nuestra historia financiera, me entristece pensar cómo calificarán los historiadores el tímido esfuerzo de reforma que se ha emprendido hasta la fecha. Dado que apenas se ha implementado un tercio de la ley de reforma financiera Dodd-Frank, los reguladores aún tienen la oportunidad de hacer que la era post-Lehman sea su momento de gloria. Espero que estén a la altura de las circunstancias.

*Sheila C. Bair es presidenta de la Federal Deposit Insurance Corporation desde 2006 hasta 2011, es autora de ‘Bull by the Horns: Fighting to Save Main Street From Wall Street and Wall Street From Itself' publicado este mes en edición de bolsillo.

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