China busca equilibrar su crecimiento

El país enfrenta el dilema de dar prioridad al crecimiento a corto plazo o a las reformas de fondo; los cambios económicos anunciados por Beijing crearán un crecimiento sostenible, pero a largo plazo.
china21  (Foto: Getty)
Minxin Pei

Durante más de dos décadas el Gobierno chino ha establecido una meta oficial de crecimiento del PIB anual y siempre se las ha arreglado para llegar o exceder su tasa anunciada.

Este año Beijing ha optado por no identificar tal meta, dejando a muchos en la comunidad empresarial preguntándose si el crecimiento económico de China en el nuevo año se desacelerará aún más. (Ha estado decayendo constantemente desde 2010).

Perdido entre la obsesión por la meta de crecimiento, se encuentra el hecho de que, si son aplicadas plenamente, las audaces reformas estructurales anunciadas en el tercer pleno del Comité Central del Partido Comunista de China en noviembre pasado transformarán la economía del país por completo. Como la mayoría de las reformas, las medidas anunciadas por el Gobierno chino pueden producir un crecimiento sostenible a largo plazo, pero es casi seguro que disminuirán el crecimiento en el corto plazo.

Esto no ha pasado inadvertido a las autoridades chinas. Ellas entienden que se encuentran en una situación sin salida si escogen una meta difícil para el PIB en 2014. Retóricamente, hacerlo desacreditaría la promesa de la nueva dirigencia de poner fin a la "veneración al PIB". En términos prácticos, establecer la meta a un nivel demasiado alto señalaría al mercado que el Gobierno está dispuesto a sacrificar la reforma económica para mantener el crecimiento. Pero recortar el objetivo enviaría un mensaje igual de negativo y socavaría la confianza en la economía del país.

En tales circunstancias, parece prudente que Beijing no declarase un objetivo oficial, al menos por ahora, de manera que pueda mantener cierta flexibilidad.

Pero tal ambigüedad no libera al Gobierno de sus dilemas económicos. En pocas palabras, el nuevo líder del gigante asiático, Xi Jinping, y sus colegas, deben implementar reformas suficientes para asegurarse de que el crecimiento no caiga rápidamente.

Reformas menores, como la agilización de la aprobación de registro de empresas, la aprobación de bancos privados de tamaño pequeño y mediano, la liberalización de la política del hijo único, y la ampliación de la flexibilidad del tipo de cambio deberían impulsar modestamente el crecimiento o no tener ningún efecto. Pero estas reformas contribuirán poco a afirmar la credibilidad de la nueva dirigencia como reformadores radicales.

Se espera que los cambios más significativos -como introducir tasas de interés basadas en el mercado, reducir el exceso de capacidad, someter a las empresas estatales a una mayor competencia y la disciplina financiera, aplicar leyes ambientales estrictas, y aumentar los precios de los recursos naturales- depriman el crecimiento.

Consumo interno

El mayor contribuyente al crecimiento del PIB de China ha sido la inversión en activos fijos, una categoría que abarca la infraestructura, bienes raíces y las instalaciones de fabricación. Pero el crecimiento impulsado por la inversión inevitablemente conduce a un exceso de capacidad, a la represión financiera, y a un consumo deprimido en los hogares. El objetivo final de Beijing es reducir la dependencia del país hacia este tipo de crecimiento y cambiar a un crecimiento más sostenible, basado en el consumo.

Este objetivo suena loable y simple, pero es extremadamente difícil de lograr. Dejando a un lado la oposición de grupos de interés que se benefician de este modelo, cualquier transición desde el crecimiento liderado por la inversión hacia un crecimiento basado en el consumo implica, a corto plazo, una inevitable caída en el crecimiento global. (Todos los países vecinos de China en Asia Oriental experimentaron esa contracción del crecimiento durante este cambio).

En el caso de China, la principal función del Gobierno tendrá que pasar de realizar inversiones o gestionar negocios a prestar servicios sociales (como cuidado de salud, educación, seguridad social, y protección al medio ambiente). Incluso bajo las condiciones más ideales, y suponiendo que la administración tenga la voluntad y la capacidad de hacer cumplir tales reformas, la transición tomará muchos años.

La peor tentación para un Gobierno atrapado en este dilema es seguir confiando en el viejo modelo impulsado por la inversión para mantener el crecimiento durante el periodo de transición. Esto ocurrió en la segunda mitad de 2013, cuando Beijing respondió a la desaceleración del crecimiento con un plan de estímulo furtivo que desató más crédito bancario para la inversión. El precio fue alto.

Aunque el Gobierno alcanzó su objetivo de crecimiento anunciado del 7.8% para 2013, las distorsiones estructurales de China (el exceso de capacidad del orden de 30% en casi todos los sectores de fabricación, una burbuja inmobiliaria, y la deuda excesiva) han empeorado.

Uno podría excusar a Beijing por tomar el camino más fácil en 2013, ya que sus nuevos líderes habían estado ocupados formulando un plan de reforma. Pero este argumento será poco convincente en 2014.

Para determinar si el Gobierno de Xi dará prioridad a la reforma por sobre el crecimiento, solo necesitamos observar un número: el crecimiento del crédito. Si Beijing sigue permitiendo que el crédito crezca a aproximadamente al 20% del PIB en 2014 (la tasa promedio de los últimos cinco años) y si la mayor parte del crédito de nueva creación es destinado a la inversión, esto mostrará que, a pesar de su retórica, el nuevo liderazgo no tiene agallas para la reforma.

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