Ucrania: más que una crisis económica

El nuevo Gobierno ucraniano debe emprender reformas políticas para no colapsar, dice Steven Cook; las preocupaciones democráticas no pueden despegarse de la crisis económica para resolver la crisis.
ucrania  (Foto: CNN)
Steven A. Cook

En los últimos tres años, mientras las manifestaciones y el descontento han hecho erupción en el mundo, periodistas y analistas han hecho símiles entre estos eventos. Cuando las protestas iniciaron en Estambul algunos medios se preguntaron si la Plaza Taksim era la versión de Turquía de la Plaza Tahrir, en referencia a la mítica plaza en El Cairo, donde las manifestaciones de los egipcios terminaron con el Gobierno de Hosni Mubarak a inicios de 2011.

Recientemente, los periodistas cubriendo los levantamientos contra el presidente Viktor Yanukóvich han hecho la misma comparación. Estos ejercicios hacen grandes noticias y quizá mantengan a los espectadores interesados, pero son superficiales. Es cierto que las protestas que finalizaron con Mubarak y Yanukóvich fueron en plazas cuyos nombres son similares, pero a diferencia de ello, las dinámicas en Egipto y Ucrania son distintas.

Hay un área donde los egipcios y los ucranianos tienen un reto similar: ambos países están quebrados y eso eleva preocupaciones sobre la estabilidad política.

Ni las manifestaciones de los egipcios ni las de los ucranianos fueron por agravios económicos. Los primeros fueron a las calles para exigir una vida más libre y justa. Los ucranianos respondieron al rechazo de Yanukóvich de un acuerdo con la Unión Europea para priorizar un paquete de asistencia desde Moscú. Pese a que el catalizador de las protestas en Kiev fue sobre temas de comercio, finanzas y economía, para muchos ucranianos las manifestaciones fueron sobre la identidad de su país.

Hay una tentación entre los analistas occidentales en mirar hacia la situación política y económica en Ucrania con promesas de ayuda, garantías y un acuerdo ante el Fondo Monetario Internacional. Esto es positivo y es algo que los burócratas saben cómo hacer, pero los ucranianos deben atajar la dificultad de las reformas políticas para mejorar las posibilidades de que su país no colapse.

Nota relacionada: Una radiografía numérica de Ucrania

Entre los políticos y académicos ha habido un debate sobre si los países que están en transiciones políticas deben enfocarse en el desarrollo económico o en las reformas democráticas. Pese a que los esfuerzos para responder esta pregunta han tomado toneladas de papel, aún hay puertas falsas.

Los países necesitan las dos simultáneamente. Consideren, por ejemplo, a Egipto. Fue relativamente rápido, tras la caída de Mubarak, que una economía deteriorada tendría un impacto en la política y la estabilidad del país.

Aunque Egipto tuvo buenas cifras macroeconómicas a mediados de la década de 2000, las manifestaciones estuvieron fundamentadas en deuda masiva, subsidios poco sostenibles, pobreza y alto desempleo entre los jóvenes egipcios. La incertidumbre política y el caos tras la caída de Mubarak también contribuyeron a caídas en el turismo y alejaron a las inversiones extranjeras fuera del sector de los hidrocarburos.

Tras la caída de Mubarak, los egipcios creyeron que la prosperidad y la democracia estaban a su alcance. Sin embargo, el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, que asumió el poder tras el periodo de Mubarak, hizo poco para atender los problemas económicos. En palabras de sus oficiales, tuvo que “pavimentar el camino a la democracia”. Cuando el primer líder electo democráticamente del país, Mohammed Morsi, llegó al poder, recibió una economía al borde del colapso al mismo tiempo que buscaba institucionalizar el control de la Hermandad Musulmana. Después de un año, los egipcios tomaron las calles en masa para demandar su salida, una decisión que los militares vieron con buenos ojos.

La experiencia de los egipcios es significativa para los ucranianos. La actual incertidumbre política en Egipto, su inestabilidad y los brotes de violencia han sido evadidos por sus líderes, pero proveyeron una oportunidad a los egipcios para procesar sus agravios a través de las instituciones democráticas.

El malestar de 2011 no fue sólo por la economía, pero las manifestaciones de junio y julio de 2013 fueron en parte una respuesta a un empeoramiento de las condiciones económicas como falta de energía, inflación y el deterioro de la infraestructura, además de las tendencias autoritarias de Morsi. Si los egipcios hubieran entendido que podrían llamar a cuentas a sus líderes, no hubieran apoyado el regreso de las fuerzas armadas a la política, pero creyeron que Morsi trabajaba para que les fuera imposible culparlo del colapso económico.

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Ucrania es distinto a Egipto, desde luego, pero no tan diferente. Los nuevos líderes del país, no sólo necesitan políticas económicas, necesitan establecer mecanismos para que los ciudadanos los hagan responsables si fallan.

Steven A. Cook es académico del Centro de Estudios de Medio Oriente en el Council on Foreign Relations. Es autor del libro The Struggle for Egypt: from Nasser to Tahrir Square.

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