¿Qué pasará con la desaparición del G8?

La expulsión de Rusia puede darle a occidente una mayor capacidad de acción, dice Mohamed El-Erian; si esto falla, será evidente que en el mundo no existe una única superpotencia que domine la agenda.
g8  (Foto: Getty)
Mohamed A. El-Erian*

Para intensificar su respuesta a la anexión rusa de Crimea, los líderes occidentales decidieron el lunes desinvitar a Rusia y cambiar la sede de la próxima cumbre del G8 trasladándola de Rusia a Bélgica. En el proceso, han puesto las bases para poner a prueba la efectividad de un G7, no solo en lo que atañe a Ucrania, sino también en lo que respecta a qué tipo de “grupos” (G) constituyen el mundo en que ahora vivimos.

Hubo un momento en que las cumbres “G” significaron mucho -primero el G5 (Francia, Alemania, Japón, Reino Unido y Estados Unidos), luego el G7 (conformado por el G5 más Canadá e Italia). Estos grupos reunían a un puñado de actores clave con influencia global incuestionable. Ellos operaban en un marco relativamente íntimo que alentó interacciones efectivas. Y sus conclusiones eran apoyadas por la coherencia, la continuidad y la autoridad.

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Sin embargo, con la gran realineación de la economía global, estas reuniones dominadas por Occidente sentaban a la mesa a naciones con un poder económico cada vez menor y menos influyente, especialmente a la luz del apogeo de las economías emergentes de importancia sistémica. Además, con el colapso de la Unión Soviética, los líderes occidentales cayeron en la tentadora trampa de utilizar su exclusivo grupo como una forma de “incorporar” mejor a Rusia.

Tras haber reemplazado al G5, el G7 tuvo que ser sustituido a su vez por dos nuevos grupos: el Grupo de los 8 (el G7 más Rusia) y el G20 (una mezcla de economías avanzadas y emergentes).

Ninguno es consistente

Salvo raras excepciones, ninguno de estos grupos ha sido capaz -por lo menos hasta ahora- de afianzarse de forma consistente. La continuidad y el consenso se han vuelto mucho más difíciles, al igual que el seguimiento y la eficacia operativa. Parece que se necesita el catalizador de una gran crisis mundial (una que socave prácticamente a todos en el mundo entero, como la crisis financiera mundial de 2008) para que la toma de decisiones sea eficaz.

El vacío resultante fue compensado por un tiempo por el predominio de Estados Unidos como la única superpotencia del mundo: el mundo del G1. Pero la aplastante influencia mundial de Estados Unidos se ha visto paulatinamente menoscabada por la extralimitación militar y económica, la polarización de la política interna y la disfunción del Congreso.

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A tal grado que en los últimos años el G1 ha cedido el lugar a lo que Ian Bremmer ha denominado el G-Cero, donde ningún país conduce la agenda internacional. Y las consecuencias se han reflejado en parte en crisis geopolíticas no resueltas y una coordinación global menos eficaz de la política económica.

Con la decisión de cancelar la reunión del G8 de junio en Rusia y reemplazarla con un G7 en Bélgica, los líderes occidentales están recurriendo a un paradigma anterior para abordar los alarmantes acontecimientos en Ucrania. Voluntaria o involuntariamente, han preparado una prueba de fuego sorprendentemente bien diseñada para evaluar la eficacia del G7, e implícitamente, para el tipo de mundo en el que ahora vivimos en lo que se refiere a la coordinación y resolución transfronteriza.

Ucrania es un caso hecho a medida para que el G7 pruebe su capacidad resolutiva. Y ni el G20 ni las grandes instituciones multilaterales pueden aportar a la mesa algo que iguale al G7 en importancia, influencia y relevancia directa.

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La responsabilidad recae de lleno sobre el G7 para idear por lo menos un interruptor, ya sea negociando con Rusia o de forma unilateral, que sirva para atenuar una crisis que incumbe de manera fundamental al bienestar de Europa y a la posición global de Estados Unidos. Si falla esta prueba, no cabría duda de que ahora vivimos en el mundo G-Cero de Bremmer.

*Mohamed A. El-Erian, exdirector general y codirector de inversiones de PIMCO, es miembro del Comité Ejecutivo Internacional de Allianz y principal asesor económico de su consejo de administración, preside el Consejo de Desarrollo Global del presidente Barack Obama, y es autor de When Markets Collide, editado por The New York Times/WSJ.

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