EU, más competitivo... pero más desigual

El país tiene buena infraestructura, empresas eficientes y rendimiento, pero grandes desequilibrios; las políticas públicas que fomentan la competencia despiadada amplían las diferencias en riqueza.
eu2  (Foto: Getty)
Christopher Matthews

¡Excelentes noticias, Estados Unidos, eres el número uno!

Según el ranking anual publicado el jueves por el Centro de Competitividad Mundial del International Institute for Management Development (IMD, por sus siglas en ingles), Estados Unidos tiene la economía más competitiva del mundo, al considerar el rendimiento económico, la eficiencia de las empresas y el Gobierno, y la infraestructura.

Aunque tal honor sí dice algo positivo acerca de la capacidad productiva del país, saber que la economía estadounidense es la más competitiva del mundo resulta ser un frío consuelo para los desempleados del país y para aquellos que tienen empleos, pero que no han experimentado verdaderos aumentos salariales en una generación.

De hecho, incluso hay quienes creen que no es ninguna coincidencia que el país más competitivo también sea el más económicamente desigual entre las economías avanzadas. William Davies de la Goldsmiths, University of London recientemente postuló que la obsesión cultural con la competitividad ha conducido a la enorme desigualdad de ingresos entre los países ricos y, especialmente, en Estados Unidos y Gran Bretaña.

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Argumenta que “el neoliberalismo”, un movimiento intelectual que ganó prominencia en la década de 1970 y que ayudó a marcar el comienzo de las revoluciones conservadoras de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, ha ido demasiado lejos en su reverencia por el mercado. Davies escribe:

“En un momento clave en la historia del pensamiento neoliberal, sus defensores pasaron de defender a los mercados como arenas competitivas entre muchos, a ver a la 'sociedad como un conjunto' como una gran arena competitiva. Bajo el segundo modelo, no hay distinción entre las arenas de la política, la economía y la sociedad. Convertir el dinero en poder político, en fuerza legal, en influencia mediática o en una ventaja educativa, es justificable, dentro de este modelo capitalista neoliberal más brutal”.

Según Davies, cuando las políticas públicas se encaminan solamente a aumentar la competitividad para impulsar el crecimiento económico, el Gobierno mismo se convierte en un motor para la desigualdad económica. Después de todo, los países son diversos y están compuestos por personas con diferentes talentos que tienen una amplia gama de ventajas en forma de educación, riqueza familiar y simple suerte. Las políticas gubernamentales que se enfocan exclusivamente en fomentar la competencia inevitablemente amplifican estas diferencias.

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La naturaleza del capitalismo 

Puede parecer extraño criticar las políticas públicas que alientan la competencia. Después de todo, la competencia es la base del capitalismo. Pero el capitalismo no funciona sin la cooperación. Incluso en los negocios privados más despiadados, las empresas necesitan trabajar juntas para resolver problemas y para compensar las debilidades de cada una.

Pero la no cooperación no sólo se trata de políticas públicas; también es un problema cultural. Incluso pensadores libertarios como el politólogo del American Enterprise Institute, Charles Murray, han condenado a los ricos de hoy por su falta de interés en crear una sociedad más cohesionada.

En una reciente entrevista con The Wall Street Journal, Murray argumentó que los mismos ricos son culpables de su propia imagen pública negativa. Alguna vez, sostiene Murray, los ricos eran de mentalidad más cívica y menos llamativos en su consumo.

Dice: “Es una tradición estadounidense que no te vuelves demasiado grande para tus pantalones una vez que te haces rico... De vuelta en la década de 1960 o 1950, cuando yo crecía, los ejecutivos de la compañía Maytag, en la ciudad donde yo vivía, no compraban Cadillacs, eso era demasiado elegante, demasiado extravagante”. En otras palabras, los ricos sentían que tenían una responsabilidad no solo hacia ellos mismos sino ante la comunidad también.

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Independientemente de si, como Davies, crees que la desigualdad de ingresos es un problema en sí mismo o, como Murray, crees que el verdadero problema es la falta de progreso económico para los menos ricos, lo cierto es que la economía de Estados Unidos se beneficiaría de un cambio de enfoque de la competencia a la colaboración. No importa qué tan competitiva pueda ser una economía; si no conduce a mejores niveles de vida para la mayoría de la población, está descompuesta.

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