Los sueños que construyeron un museo

Emily y Sharon, dos jóvenes, convencieron a empresas y voluntarios de construir un museo; el Museo Memoria y Tolerancia pretende mostrar la gravedad de la intolerancia y discriminación.
Emily Cohen (izq.) y Sharon (der.) se conocieron hace 11 año
Alejandra Xanic

Muchos empresarios las hicieron esperar horas para una cita de minutos. Otros descartaron su propuesta sin prestarles mucha atención. Las llamaban “chiquillas” cuando comenzaron a tocar puertas hace 11 años para pedir donativos que financiaran su sueño. Sharon Zaga tenía 22 años y Emily Cohen, 26. Ahora están a unos meses de cortar el listón de su proyecto, que ocupa casi una hectárea del Centro Histórico de la capital y que quiere sacudir a los ciudadanos.

Debió ser un viernes por la noche hacia 1994 cuando, reunida la familia, Sharon comentó por primera vez que quería hacer un museo, recuerda su padre, Isidoro Zaga. “Le dijimos que era una idea sensacional, aunque era algo muy difícil, pero ella no cejaba”, dice el empresario textil (Playeras Trueno). Sharon volvió a México muy conmovida de la Marcha de la Vida, esa caminata de tres kilómetros que los jóvenes judíos hacen entre los ex campos de concentración de Auschwitz y Bierkenau, en Polonia, y que ella hizo a los 16 años. “¿En México hay sobrevivientes del Holocausto?”, le preguntó a su padre al regreso. Y encontró a muchos de ellos, llevando vidas precarias y en soledad.

A los 21 años Sharon, casada y con dos hijos, había montado un pequeño museo del Holocausto en dos cuartos de su casa, y daba charlas a estudiantes. Fue ahí donde conoció  a Emily Cohen, quien llevaba tres meses buscándola. En el Comité Central de la Comunidad Judía le habían dicho a Emily que ‘otra chica’ también hablaba de abrir un museo, cuando fue a plantearles la misma inquietud.

Hicieron clic al instante. “Fue la primera vez que encontré a alguien igual o más dispuesto que yo para hacer las cosas”, recuerda Sharon Zaga. “Me impresionó la confianza que vi en ella. Porque todo mundo, antes de conocer a Sharon, me decía: ‘¡Ay, Mily, tú y tus ideas locas!, no lo vas a lograr’. Me faltaba ese empuje”, comenta Cohen, que en ese tiempo tenía 26 años, dos hijos y estudiaba Relaciones Internacionales en la Universidad Iberoamericana. Desde ese encuentro, hace 11 años, hasta hoy, han trabajado juntas.

La idea motriz
Fue Szymon Kleiman, uno de los supervivientes radicados en México, quien les ayudó a definir el concepto que inspiraría el museo. No sería un memorial del Holocausto (ya había uno en el DF, como en casi toda gran capital). Querían desarrollar una propuesta educativa que confrontara a los visitantes con sus actitudes ante la diversidad. Mily reconstruye lo que Kleiman –ahora fallecido– les dijo a finales de los años 90. “Si (el museo) no ve para adelante, mi experiencia y la muerte de mi familia no tendrán sentido”.

Desde entonces, sus casas se convirtieron en oficinas. De su bolsa pagaron visitas a diversos museos del mundo para conocer cómo habían desarrollado otros el tema. “Encontramos que todos se centran en el pasado, y no abordan el tema tolerancia”, cuenta Zaga. En 1999 crearon la Asociación Memoria y Tolerancia y firmaron convenios con universidades y asociaciones del extranjero, que les donaron acervos e investigaciones. Curiosamente, encontraron en el correo electrónico un aliado para conseguir ese apoyo –“así no se daban cuenta de nuestra edad”–.

Deliberaron que el Holocausto estaría en una sección dedicada a ese y otros genocidios, como los cometidos en la ex Yugoslavia y Ruanda, y crímenes de lesa humanidad perpetrados en Guatemala, Darfur, Armenia y Camboya. Y que las demás salas estarán dedicadas a la tolerancia, la diferencia, la fuerza de la palabra.

“No va a ser un museo de fechas y personajes. Queremos plantear ¿en qué momento un doctor, que ha hecho un juramento para curar, decide hacer experimentos con niños? ¿Qué hace que un campesino que toda la vida ha vivido bien con los de a un lado, de pronto decida matar a sus vecinos? ¿Qué hace que en unos salga el héroe o el monstruo? Es una biopsia de la humanidad”, explica Mily. El eje conductor del museo será provocar al visitante para que se pregunte a sí mismo: ¿Eres perpetrador?, ¿indiferente?, ¿comprometido? “Realmente el fondo es hablar de ese triángulo”, dice Sharon.

Aterrizar estas ideas abstractas no fue fácil. Pero los aportes les cayeron del cielo. Casi un centenar de personas dieron trabajo voluntario en estos años. Un despacho de arquitectos, otro de abogados y una constructora, entre otros, donaron trabajo profesional. El museo, que está todavía en obra negra, tiene un auditorio, biblioteca y aulas. Cohen convenció al equipo de incluir un espacio que promoviera la participación con proyectos concretos. “Parte de la tolerancia es sentir por el otro una empatía”, afirma Mily. En ese espacio estarán expuestos, durante un mes, 10 proyectos de la sociedad civil, e información de otros 90 que necesitan apoyo.

Conservar ese concepto fue difícil. Como lo fue transmitir a otros que no era un proyecto por y para los cerca de 40,000 judíos de México. “Es un proyecto para recordarnos lo grave que puede ser para la sociedad, y para la existencia de las libertades, el fenómeno de la intolerancia”, opina José Luis Gutiérrez, del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación, que diseñará material educativo. La intolerancia parece abarcarlo todo. En una encuesta hecha por el gobierno, nueve de cada 10 indígenas, discapacitados y mayores de edad dijeron sentirse discriminados y casi la mitad de los mexicanos afirmó que no querría vivir con un homosexual, o con una persona con una religión o ideas políticas distintas. “Tenemos una cultura muy reacia a aceptar las diferencias. Los fenómenos de intolerancia son recurrentes”, asegura Gutiérrez.

Pruebas y sudor
Convertir ese proyecto en donativos y ladrillos fue otro reto enorme. Más aún cuando comenzaron a pedir dinero, ya que sólo tenían mucha convicción y un documento elaborado en PowerPoint. “‘¿Qué haces?’, me preguntaban; estoy haciendo la sala de la Tolerancia. ¡Pero no hay terreno!, ¿te estás volviendo loca?”, cuenta Zaga en una estrecha oficina en Santa Fe donde los voluntarios y su pequeño equipo trabajan entre cuadros, libros y cajas apiladas.

Les tomó dos años de recados y abordajes sorpresa conseguir que un empresario, y sobreviviente del Holocausto, las recibiera. “Era nuestra última carta”, recuerda Mily. Él por fin escuchó a Sharon una tarde del año 2000, en un café de Plaza Lilas, luego de que ella lo siguiera hasta al cardiólogo para pedirle que la oyera. Su donativo fue el primero –1 millón de dólares– y las catapultó. Con una parte del dinero compraron una casa en la colonia Condesa; y apenas entonces la gente las comenzó a tomar en serio, cuenta Sharon. Un año después habían reunido dinero suficiente para construir el proyecto obra de los arquitectos Mauricio, Jorge y Arturo Arditti.

Pero poco después cambiarían los planes. El entonces secretario de Educación, Reyes Tamez, les preguntó en una cita si el museo podría recibir a 1,000 alumnos diarios, para incluirlo en los programas escolares; la casa de la Condesa tenía cabida para 100. Las jóvenes decidieron vender la casa, y con el dinero que tenían para financiar el proyecto completo, pagaron 4,000 m2 en el centro.

Dos años después, cuando ya habían celebrado la puesta de la primera piedra, cambiaron nuevamente de derrotero. Cuentan que el entonces jefe de gobierno, Andrés Manuel López Obrador, les dijo que el museo debía estar en un mejor sitio y les sugirió asomarse a la plaza Juárez. Ellas consultaron a los donantes, vendieron su terreno y compraron otro de 7,000 m2. Costó el doble, pero estaba justo frente al Hemiciclo a Juárez. “Apenas lográbamos una meta (de fondos) cuando ya nos quedaba corta”, explica Mily.

Así, los Arditti debieron arrancar de cero un tercer proyecto arquitectónico –todo, trabajo voluntario–. “Hacíamos bromas: hay que tener mucha memoria para los cambios y mucha tolerancia”, ríe Arturo Arditti. Con todo, era su oportunidad de hacer “algo más espectacular”. Poco después, hasta la voracidad de China por los commodities puso a prueba su tolerancia. En una junta en 2004, recibieron la noticia de que la escalada de precios del acero les elevaría 30% el presupuesto para la obra. En ese momento, Sharon se desvaneció.

Señales de vida
Las jóvenes declinan informar cuántos donantes y cuánto dinero reunieron para este proyecto. ¿Cómo los mantuvieron interesados tanto tiempo? Quienes las vieron de cerca consideran que fueron clave las muestras de vida que dieron desde el principio. Al año siguiente de conocerse, ambas habían formado una red de voluntarios y un fondo para llevar compañía y una mesada a 30 sobrevivientes del Holocausto, y en 2002 publicaron un libro con los testimonios de 86. Una noche de noviembre de 2006, una grúa izó un vagón donado por Polonia sobre las cabezas de muchos invitados, hasta el quinto piso del museo. En 2007 trajeron a México a dos sobrevivientes del genocidio en Ruanda, para hablar en distintos foros. A cada evento le siguieron lluvias de llamadas de personas ofreciéndose a colaborar. Su convicción y entusiasmo fueron clave. “Pienso que se fue sumando la gente y las instituciones, no tanto por lo que decíamos, sino por la fuerza y la esperanza que depositábamos en nuestras palabras”, dice Georgina López Guerra, una voluntaria.

Ya muchas veces antes se había fijado fecha para la inauguración y noviembre es la nueva meta probable. Entretanto, ellas continúan recabando fondos para pagar la museografía que irá en 4,000 m2. Lo mismo supervisan la obra que verifican la producción de los videos para 300 monitores. ¿No ansían ya terminar? Isidoro Zaga se encoge de hombros. “Ellas están muy metidas en el corto plazo. Todavía no hablan del día que se termine”. De cualquier forma, ya es cada vez más inminente el corte del listón.

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