Ciencia heróica contra la cirrosis

Victoria Chagoya busca desesperadamente fondos para concluir una investigación contra la enferm su presupuesto y donaciones no alcanzan para concluir una medicina que puede salvar muchas vida
Sin patrocinio, la mejor investigación de laboratorio puede  (Foto: )
Gardenia Mendoza Aguilar

Victoria Chagoya es un error estadístico. En un país donde impera el divorcio entre investigación y negocio, el tesón y el talento de esta investigadora emérita de la UNAM la tienen a un paso de marcar un precedente: un medicamento que revolucionará el tratamiento de la cirrosis en el mundo.

Tras casi 30 años de trabajo en el Instituto de Fisiología Celular de la UNAM, Chagoya descubrió que una sustancia de las células llamada adenosina disminuye hasta en 70% los efectos de la cirrosis hepática, lo cual implica una cura para una enfermedad que, por ahora, sólo se puede controlar.

Pero antes de sacarlo al mercado deben terminar los estudios que realiza Probiomed, la compañía farmacéutica que apoyó su proyecto, para buscar el registro ante la Secretaría de Salud y sacarlo al mercado.

Este laboratorio mexicano fabrica principios activos para la industria farmacéutica desde hace más de 30 años. Se enfoca en crear tecnología y diseñar procesos para desarrollar medicinas de prescripción, genéricos intercambiables y biomedicamentos.

Probiomed, que ha recibido premios nacionales de tecnología y se distingue por ser de los que más recursos destina a la investigación y el desarrollo, implementó esta etapa de investigación pero con una cartera propia.

“La ciencia básica es lenta, pero no puede haber desarrollo si no se trabaja desde lo más elemental”, dice Rodolfo García, coordinador del Instituto de Fisiología Celular.

Contra la probabilidad

Probiomed invierte una parte relevante de sus ingresos en investigación y desarrollo, y el proyecto de Chagoya deslumbró al consejo de la empresa. “Es la única propuesta externa que hemos aceptado”, dice Carlos Robles, director de Planeación y Estrategia. “Regularmente vamos con nuestros proyectos a pedir apoyo en instituciones como la Universidad Autónoma de Morelos, el IPN, el Instituto de Biotecnología o el Centro para el Control de Enfermedades de EU, en Atlanta”.

En 2005, autoridades del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) contactaron a Robles para “sacar adelante un producto innovador”. Era el estudio de Chagoya.

Así, Probiomed tomó su primer proyecto externo. Aportó 6.8 millones de pesos, que se sumaron  a una beca por 7.5 millones del programa Avance de Conacyt. La UNAM, en 22 años, ha invertido más de 50 millones de pesos en este proyecto.

“El tratamiento para la cirrosis nos pareció interesante”, dice Carlos Robles, quien tiene a su cargo los proyectos de vinculación entre el sector productivo, la firma y la academia. En México, el INEGI reporta que el número de decesos por cirrosis pasó de 20,400 personas en 1997 a casi 50,000 en 2007. Uno de cada dos casos es por consumo de alcohol; 45% por hepatitis C (la mayoría a raíz de transfusiones sanguíneas) y el resto por diversas causas.

La ruta larga

Chagoya inició sus estudios en el Instituto de Fisiología Celular en 1964. Después pasó un año en el Departamento de Microbiología de la Universidad de San Luis Missouri. Al regresar al DF se interesó por la investigación hepática.

Patrocinada por la UNAM y el Conacyt, en sus investigaciones descubrió que la adenosina aumentaba la energía hepática, lo cual podría reducir los efectos de la cirrosis.

En 1983 ya experimentaba con animales, y los resultados fueron alentadores: el tejido se normalizó hasta 70%.

Trece años después, Glaxo la premió por sus investigaciones y se publicaron sus descubrimientos. Entonces halló voluntarios cirróticos para probar el medicamento y atrajo la atención de Laboratorios Sofía que, aunque está especializado en oftalmología, otorgó una donación de 250,000 pesos.

“Fue importante porque servía para comprar materia prima”, dice Chagoya. La prueba con humanos fue un éxito: 10 enfermos tratados mejoraron su calidad de vida al recuperar la energía para trabajar, comer, hacer deporte y el interés por la vida cotidiana. “Todo el organismo empezó a funcionar nuevamente porque el hígado es el laboratorio donde se procesan las sustancias útiles e inútiles”, explica.

A esas alturas, la investigadora ya había pasado a la fase de formulación farmacéutica al utilizar un derivado de adenosina más potente. La sustancia quedó registrada con el nombre de IFC305, patentada en 2003 por la UNAM ante el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial.

Carlos Robles considera que la investigación no hubiera encontrado tan fácilmente un industrial interesado si no es porque Probiomed tiene una política bien definida para impulsar la investigación interna.

Empero, hasta que no se terminen los estudios para el registro del medicamento, Probiomed no apostará por nada más al respecto, y aunque la investigadora quiere continuar su labor para detectar el origen de la enfermedad, no tiene “ni siquiera para comprar las toallas de papel”.

El presupuesto anual asignado por la UNAM para su área es de 90,000 pesos, mismo que se le va en pagar las ratas del bioterio, muestras del microscopio electrónico, uso de la Unidad de Biología Molecular, importación de material y mantenimiento del equipo.

“Trabajamos de milagro”, refiere la científica, quien no recibe apoyo adicional desde 2006, y admite que no sabe cómo acercarse a los inversionistas ni tiene suficiente tiempo para hacerlo sin descuidar los estudios en el laboratorio.

“No sé de negocios y no sé cuál es el camino”, dice Chagoya, agobiada porque regresó al mismo punto de hace 30 años: una investigadora exitosa que busca un padrino.

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