Plástico en desuso moldea el éxito

Una microempresa que recicla bolsas de supermercado ahora provee láminas plásticas al DIF estat Avelop, la empresa familiar dedicada al reciclaje de plástico, tiene ventas de 4 millones de pe
Álvaro Avelar, microempresario de Amecameca, da empleo a más
Fernando Briseño

Álvaro Avelar López nunca olvidará su cumpleaños número 34. Aquel día de octubre de 2007, este emprendedor mexiquense regresaba inquieto de una cita en el DIF estatal, tras haber ganado una licitación por 650,000 pesos para proveer láminas de plástico recicladas, el producto principal de Avelop, la empresa familiar fundada por su padre.

Sin embargo, Avelar se preguntaba cómo iba a pagar la fianza de 10% de dicho concurso. De repente, sonó su celular. “Hola, soy Daniel Cruz, de Banca Compartamos, te tengo dos noticias”, dijo una voz. “¿Buenas o malas?”, contestó Avelar. La primera era que su cuarta solicitud de crédito –por 65,000 pesos– había sido aprobada. La segunda es que había sido uno de los ganadores del Premio Banamex al Microempresario del Año. Fue su mejor cumpleaños.

Como muchas microempresas, Avelop (nombre basado en Avelar y López) inició sin capital suficiente para desarrollarse, pero con constancia, ingenio y el apoyo de microcréditos, pasó de ser una fundidora artesanal de artículos de plástico en un patio casero de Amecameca, Estado de México, a ser una pequeña empresa de reciclaje de plásticos que genera ventas de 4 millones de pesos al año.

Avelop utiliza polietileno y polipropileno, que obtiene de las bolsas y envolturas de plástico que recolecta en las barrancas de la zona, así como de material de embalaje desechado. La materia prima es transformada en diversos productos, principalmente láminas de plástico para techos, aislantes e impermeables.

La empresa es reconocida por su perfil ecológico, pues recicla plásticos de desecho y no contamina. Avelop no funde el plástico, sino que lo reblandece y lo moldea. “Hacemos de la basura algo bueno”, explica Avelar.

De jícaras a láminas de plástico

Avelop fue fundada por el padre de Álvaro, del mismo nombre, quien era obrero de mantenimiento en la papelera San Rafael y era tan hábil en la reparación de máquinas que sus compañeros le decían ‘ingeniero’ o ‘Ciro Peraloca’, como el inventor de las historietas de Walt Disney.

Don Álvaro siempre inventaba cosas. Una vez diseñó y construyó un toro mecánico para mejorar su ingreso.

En 1992, una firma coreana lo contrató para instalar una máquina que producía tinas de plástico. Como no tenía  instructivos en español, don Álvaro la armó por su cuenta.

Años después, esta experiencia le sirvió de inspiración para diseñar y armar una máquina propia para fabricar jícaras y cubetas de plástico, que vendía en el mercado.

Junto con sus hijos, recogía bolsas de supermercado y empaques de plástico desechados en las barrancas de Amecameca. “Íbamos en una camioneta y juntábamos 100 o 200 kilos para fabricar unas 300 jícaras”, recuerda Álvaro hijo.

Fue entonces cuando su padre pensó en enfocar el negocio en productos que generaran un mayor volumen de ventas. Así fue como nació la idea de fabricar láminas para techos, pues la gente no compra una lámina, sino 10 o 20.

Para fabricar láminas en vez de jícaras sólo tenían que hacer un molde nuevo y ampliar la capacidad de la máquina. Pero las ventas iniciales fueron un reto.

Intentaron vender a pequeños negocios de material de construcción pero éstos pedían crédito para comprar el producto. Los Avelar no podían concederlo pues vivían al día.

Además, la aceptación del producto no fue inmediata. “Era difícil vender porque la gente no creía en el plástico, sólo lo conocían en macetas”, dice Álvaro hijo. 

No obstante, Avelop progresó poco a poco: don Álvaro mejoró la máquina y el área dedicada a la fábrica creció.

El primer microcrédito

En 2000, la empresa atravesó por una mala racha. Justo cuando empezaban a crecer, falleció don Álvaro, lo que fue un golpe muy duro para los Avelar. Además, tuvieron una mala experiencia con un agiotista, que les cobró 80,000 pesos en intereses.

Aun así, la familia permaneció unida alrededor de la empresa. Pero la falta de recursos para hacer crecer el negocio era un problema, debido a que los bancos no los consideraban sujetos de crédito.

Esta situación cambió en 2005 cuando, a través de una amiga de la universidad que trabajaba en Compartamos, Álvaro hijo conoció la opción de los microcréditos. Era lo que buscaba para formar un historial crediticio y financiar el crecimiento.

Avelar recibió un primer crédito por 15,000 pesos, que utilizó para fabricar nuevos moldes de metal para producir tinas, tejas de plástico y letrinas. A la fecha, ha recibido tres créditos más de Compartamos, incluso para capital de trabajo.

Hoy en día, Avelop emplea a 35 personas y a 20 más de manera indirecta, como recolectores de plástico. Su producción la vende a pequeñas cadenas del ramo, como Láminas Arco.

En octubre pasado, Fomento Social Banamex entregó a Avelar el Premio al Microempresario 2007 en la categoría de Innovación Rural. 

“Por una parte, innovó con nuevas tecnologías, pero por otra, su labor ecológica y el impacto en su comunidad son admirables. Creó empleos para gente con pocos recursos”, apunta Héctor Gregoire Crespo, de comunicación de Banamex. “Postulamos a Avelar al Premio Banamex porque, además de ser un excelente cliente, es todo un ejemplo para los pequeños empresarios”, dice a su vez Jorge Manrique, jefe del departamento de Comunicación de Banca Compartamos. 

Lo que empezó como un sueño en un patio casero requiere cada vez más espacio. El plan ahora es levantar una nave industrial. “Mi padre tuvo muchas ideas y las materializó. Ahora nos toca hacerlas crecer”, concluye Avelar.

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