Autos para las masas, el primer legado de Ford

El genio disruptor de Henry Ford surgió cuando ideó un sistema de montaje que dividía el proceso de fabricación para simplificarlo.
Innovación  En la fábrica de Detroit, los trabajadores fueron colocados en estaciones de ensamble previamente designadas.  (Foto: Cortesía)
Ivet Rodríguez

Nota del editor: El artículo se publicará en la edición 1202 de la revista Expansión, El nuevo rival, correspondiente a diciembre de 2016.

CIUDAD DE MÉXICO (Expansión) — Henry Ford se convirtió en el máximo exponente de los sistemas de producción con la introducción de su Modelo T, que comenzó a fabricar masivamente en la planta de Detroit, Michigan, en 1908.

Por innovador y llamativo –tenía el volante del lado izquierdo, por ejemplo, entre otras características–, el Modelo T resultó ser un éxito desde el primer día. Era resistente, eficiente y barato. Tan solo unos meses después de comenzar a venderlo, Henry Ford tuvo que anunciar que no aceptaría más órdenes porque la planta de ensamble no se daba abasto.

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Hasta ese momento no había un sistema de producción como tal, sino que el equipo de mecánicos montaba cada coche individualmente en un bastidor.

Dicho método les permitía construir unos 25 automóviles al día, una cifra que estaba muy lejos de las 1,000 unidades que Henry quería fabricar cada 24 horas.

Entonces surgió su genio disruptor, cuando ideó un sistema de montaje que dividía el proceso de fabricación para simplificarlo.

En la fábrica de Detroit, los trabajadores fueron colocados en estaciones de ensamble previamente designadas; luego, el chasis fue arrastrado a lo largo, entre ellos, usando una cadena.

El chasis paraba en cada estación, para que los trabajadores instalaran las piezas, hasta que, al final de la línea, el vehículo estuviera completo.

Como resultado, las velocidades de producción aumentaron cuatro veces en comparación con la construcción manual. Gracias a esto, Ford fue capaz de reducir los precios del vehículo. Dos millones de Ford T fueron producidos por la compañía cada año, cada uno con un valor de 260 dólares, que era un precio muy asequible para su tiempo.

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El éxito de la producción en serie consistía en que todos los autos eran exactamente iguales. En los primeros años de su existencia se podían comprar en verde, azul y rojo. Pero, el mismo año en que comenzaron a fabricarse en masa, todos pasaron a ser negros, pues la pintura de ese color secaba más rápido que cualquier otra. Con el negro, no había que esperar tanto en el secado, y la línea de montaje avanzaba más rápido.

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En una carta a sus empleados, Henry Ford les anunció: “El cliente puede elegir el auto del color que quiera, siempre y cuando sea negro”.

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