2017: La tragedia del terremoto vuelve a azotar a la Ciudad de México

El día en que la capital del país conmemoraba el terremoto de 1985, otro sismo de 7.1 grados cimbró la ciudad, reviviendo la tragedia y las historias de dolor y de solidaridad.
Así se sintió el sismo de 7.1 en la Ciudad de México
Edgar Sigler y Roberto Cisneros
CIUDAD DE MÉXICO (Expansión) -

La Ciudad de México quedó de nuevo convertida en una estampa de destrucción, dolor, caos y desasosiego, pero también de solidaridad, luego de que este martes se registró al mediodía un sismo de 7.1 grados con epicentro en el estado de Puebla.

La capital de la República volvió a resultar herida por un movimiento que trajo de nuevo las imágenes vistas en 1985, cuando hace exactamente 32 años —también un 19 de septiembre— otro terremoto, pero este de magnitud 8.1, dejó marcados a los capitalinos con un movimiento de la tierra que se saldó con un número aún incierto de muertes, que se calculan en más de 3,000. En esta ocasión, las cifras preliminares dan cuenta de más de 200 víctimas.

En momentos en que los capitalinos se solidarizaban con los damnificados del sismo de 8.2 grados del 7 de septiembre, que dejó un centenar de fallecimientos y se ensañó con las empobrecidas zonas de Oaxaca y Chiapas, el terror llegó a la ciudad por debajo de la tierra. La estampa de hace 32 años se repitió, pero esta vez las imágenes de la destrucción llegaron casi de manera inmediata a través de teléfonos móviles.

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Paseo de la Reforma: simulación rebasada

El día comenzó con un simulacro que pronto se vio superado por la realidad. En la mañana, cientos de personas ensayaron una evacuación sísmica en el Paseo de la Reforma para conmemorar el terremoto de 1985. La mayoría sonreía, charlaba y bebía café. Era un día soleado, y como en una mala película de terror, dos horas después, la alarma sísmica volvió a sonar, pero esta vez era en serio: la tierra 'brincó' con un sismo de 7.1 grados. En la tarde, ya nadie reía, apenas se escuchaban la sirena de las ambulancias y los trabajadores recogiendo escombros.

El suelo se sacudió a las 13:14 horas. En las calles aledañas a la Torre Mayor comenzaron a escucharse sirenas y personas gritando instrucciones. Algunos empleados del edificio que alberga a la Comisión Federal de Electricidad (CFE), en Río Lerma y Río Elba, querían regresar por sus pertenencias, pero los hombres de cascos movían los brazos para repelerlos. No era momento para pensar en cosas materiales, cuando era evidente el olor a gas que se percibía en las cercanías.

En Río Lerma, junto al Paseo de la Reforma, se veían más daños a estructuras, pedazos de cemento estrellados contra el suelo, macetas destrozadas, y el olor del gas.

La Diana Cazadora quedó acuartelada por una muralla de personas que a veces reían, a veces lloraban y a veces caminaban en círculos.

“Por favor, no prendan sus celulares, no hablen, no prendan encendedores. Vayan por otra calle”, alertaba un policía a los transeúntes cerca de la estación del Metro Sevilla.

Las ambulancias cruzaban a toda velocidad, abriendo las mareas de personas y autos, hacia las colonias Roma Norte e Hipódromo Condesa.

El regreso fue largo para algunos. Natalia, una diseñadora colombiana que vive en la Ciudad, pasó casi todo el día en el Bosque de Chapultepec, después de huir de la oficina, en la Roma, donde había una fuga de gas. "Aquí al menos no hay cables ni edificios que se puedan caer si hay una réplica", explicaba.

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Dolor en Roma y Condesa

El siniestro se apoderó de la Ciudad, particularmente de su zona centro, donde pululaban los ojos llorosos y los relatos de terror: “Los escombros cayeron sobre los transeúntes, por eso hay sangre en las banquetas”; “¿Alguien ha visto a mi papá?”; “La gente se regresó a su trabajo después del sismo aunque seguían cayendo piedras, se les avisó”; “No entra la llamada”. Caos.

Como hace 32 años, las colonias Roma y Condesa registraron varios derrumbes, donde algunos edificios colapsaron completamente y cayeron con decenas de personas dentro. Las polvaredas guiaban hacia los inmuebles en ruinas. El edificio de la esquina de Medellín y San Luis Potosí quedó en ruinas. A decir de los vecinos, se derrumbó 30 minutos después del sismo y luego de que algunos de los oficinistas regresaron a laborar. En la planta baja albergaba una tienda de colchones, pero en minutos los escombros se fundieron con los cables de electricidad y la maleza de los árboles.

En las calles de Coahuila, en Toluca y Tehuantepec y en Tonalá y Viaducto, los edificios que no se cayeron quedaron sin paredes exteriores y totalmente inutilizables. Decenas de fachadas resultaron destrozadas y el piso estaba ‘alfombrado’ de vidrios, como se observaba en un edificio con la fachada y marquesina de cristales en la calle de Zacatecas.

Más al sur, el derrumbe del Colegio Enrique Rébsamen en Tlalpan, donde fallecieron al menos 25 personas, las mayoría niños, destrozó el corazón de los mexicanos.

Fue a este lugar al que, por la noche, el presidente Enrique Peña Nieto, el jefe de gobierno, Miguel Ángel Mancera, y la delegada de Tlalpan, Claudia Sheinbaum, llegaron para revisar los trabajos de rescate: 40 niños seguían atrapados.

Los voluntarios

Como hace 32 años, la sociedad civil desbordó las calles con su ayuda y solidaridad. Mexicanas y mexicanos de todas las edades y orígenes unieron fuerzas para retirar techos, paredes, ventanas, muebles, elevadores que no soportaron el movimiento y aprisionaron a quienes debían proteger.

A los más de 30 edificios colapsados, llegaron también soldados, policías y bomberos que se unieron a los civiles, quienes se esforzaban al límite de sus capacidades para rescatar a sus vecinos.

Los perros rescatistas iniciaron labores desde la tarde, para contribuir con el milagro y encontrar a personas atrapadas en las decenas de inmuebles colapsados.

Quienes no ayudaban en el retiro de los restos de cemento y varillas se acomedían a repartir botes para las labores, así como material médico, cubrebocas, agua y alimentos para quienes trabajaban en los rescates. Otros abrían las puertas de sus casas y negocios para que la gente pasara al baño o para recargar las baterías de los celulares.

Pese a la magnitud de la tragedia, el optimismo nunca decayó. Se escuchaban los aplausos que animaban ante el hallazgo de habitantes con vida y ante proezas como el retiro de grandes bloques y de escaleras todavía con los basamentos de cemento.

Un puño arriba significaba silencio, y se esparcía como una ola de manos para apagar todo ruido y ubicar a los atrapados, quienes pedían auxilio a gritos, haciendo ruido con lo que tenían a la mano y hasta por celular.

Una noche larga

La noche del 19 de septiembre cayó en la ciudad con mucho ruido: helicópteros sobrevolaban zonas impactadas y sirenas de ambulancias, policías, bomberos y servicios de emergencia no dieron tregua. Se inundó de rostros desencajados. Los habitantes no quisieron regresar a sus casas y se instalaron en campamentos acompañados de víveres básicos y radios de pilas.

La oscuridad también cayó en la ciudad pues 4.5 millones de habitantes en el Valle de México y los estados vecinos se quedaron sin luz. Las tiendas y comercios cerca de las zonas afectadas habían cerrado por miedo a saqueos.

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Pero entrada la noche, muchos de los habitantes de esta ciudad seguían en las calles ayudando, otros no se despegaban de sus celulares, intentando contactar a los últimos familiares con quienes no habían podido hablar. Esta vez, los teléfonos convencionales fallaron, pero los servicios como WhatsApp se volvieron los aliados de la gente.

Como en 1985, cada capitalino tiene una historia que contar del día que se conocerá como 'el terremoto de 2017', para de ahora en adelante conmemorar el 19 de septiembre con una doble y trágica razón.

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