El precio de la Perfección en 2050

El editor de Expansión 2000, intenta explicar a sus nietos la evolución del caos al orden mundial; pero es difícil contar lo que fueron la pobreza, las monedas nacionales y las fronteras entre países
Hernán Iglesias

La edición 2,000 de Expansión no podría encontrarnos en un momento mejor. Las evoluciones y revoluciones de estas últimas décadas son tantas y tan profundas que la lentitud, el provincianismo y la violencia del siglo XX nos parecen incomprensibles y nos recuerdan que los humanos éramos una raza torpe y poco civilizada. A mis nietos, por ejemplo, intento explicarles que antes cada país tenía su propia moneda y no pueden entenderlo.

Cuando Expansión publicó su edición 1,000, en 2008, todo era distinto. Muchas empresas en México tenían dueños de carne y hueso, llamados empresarios o gerentes, con autoridad casi total sobre sus empleados y accionistas minoritarios.

Las reformas de dividendo global, que licuaron la propiedad y las ganancias de las empresas en millones de partes, repartidas entre millones de fondos de inversión, han sido fundamentales para convertirnos en pequeños propietarios y acabar con los últimos resabios de pobreza en América Latina.

El lema ‘Todos somos accionistas’ habría sonado hace 50 años como una ilusión. Quienes ahora proponen el ‘regreso a la pobreza’ como una manera de purificación o reconexión con la naturaleza, ignoran u olvidan cuán duras eran las vidas de muchísimos mexicanos a fines del siglo pasado.

Resulta difícil explicarles a mis nietos el concepto de frontera, y las barreras que había hasta hace algunas décadas entre naciones. Producir algo en un país y venderlo en otro requería montañas de documentación y burocracia. Estremecedor es el recuerdo del poder que tenían los políticos. La gestión del Estado se la hemos entregado a la nueva generación de computadoras inteligentes, que hacen el trabajo mejor que quienes nos gobernaron durante siglos.

El progreso de la ciencia –el salto cuántico y la derrota del envejecimiento– y la perfección del capitalismo pusieron la base para la revolución principal: la de nuestras vidas cotidianas. No sólo hemos reducido al mínimo las muertes por cáncer y extendido en casi medio siglo nuestra expectativa de vida. La explosión de la neuroquímica nos ha librado de dos lacras que durante milenios nos habían asolado: la tristeza y la pereza. Medicamentos como Beatix y Gaudium nos han permitido concentrarnos en las emociones y los estados de ánimo que son útiles para la sociedad, como el entusiasmo, el buen humor y la perseverancia. Llevamos 40 años sin guerras en todo el mundo. En México no se ha producido una muerte violenta en casi una década. Estamos en una llanura histórica apacible y predecible. Hay quienes dicen que es aburrida y sofocante. Yo no lo creo así: es el precio de la perfección.

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