En 2050, la oscuridad “es oficial”

El editor del número 2000 de Expansión también imagina otro panorama futuro: “el mundo en gris”; la civilización ha desaparecido, no hay economía ni Estado y la ecología es sólo un lejano recuerdo.
Hernán Iglesias

Leo la edición número 1,000 de Expansión, que aún conservo en un baúl en mi buhardilla, y me conmueve el optimismo que teníamos en México a principios de este siglo.

Mil números después, la revista se reparte en forma clandestina y sólo en papel: el partido nos ha prohibido el acceso digital desde que la vieja internet fue remplazada por la ultranet –la versión controlada y policial de lo que antes era una red amplia y generosa. No hay mucho que festejar: poco más que estar vivos.

La civilización, como la conocíamos, prácticamente dejó de existir. Según los últimos cálculos a los que pudimos tener acceso, la expectativa de vida en México, que en 2020 era de 81 años, ha bajado hasta los 47 años actuales.

Se multiplicaron las muertes violentas y reaparecieron enfermedades que se creían derrotadas. La progresiva reducción del comercio internacional, que en los últimos años ha desaparecido, ha impedido la importación y la exportación de vacunas. Hay países donde la mortalidad infantil supera los 400 casos por cada 1,000.

En 2008, el capitalismo y la democracia se preparaban para dar su gran salto global, con la promesa inminente de liberar a la humanidad del hambre y la pobreza; en 2050, ningún ser humano vive bajo un gobierno elegido democráticamente y es irrelevante discutir si existe la propiedad privada, porque nadie tiene nada lo suficientemente valioso como para necesitar la protección del Estado. Y porque casi no existe el Estado como se lo conocía.

El partido, que ha gobernado América ya durante décadas, provocó el Gran Apagón Digital de 2042, disfrazándolo de ataques terroristas. Ahora, otra vez semi-incomunicados, los habitantes del Valle de México somos incapaces de hablar por teléfono con Monterrey o, siquiera, Puebla.

Ha sido triste el destino de las empresas, progresivamente nacionalizadas, –‘restructuradas’, según la jerga del partido– y después abiertas en sus entrañas para que las hienas de la burocracia hicieran negocios personales.

Las excusas fueron, primero, la Gran Guerra y después, la Sequía Petrolera. Cuando Pemex se secó definitivamente, en 2023, la delegación mexicana del partido atacó, igual que sus colegas del resto del mundo, a los árboles.

Mis nietos, de seis y ocho años, no han visto nunca un árbol completo; sólo troncos cortados al ras en el bosque de Chapultepec, a donde los llevo algunos domingos, cuando la policía secreta parece estar de asueto.

No hay más cultura ni ciencia: ambas sucumbieron al huracán bárbaro que arrasó México y el mundo tras el estallido de la globalización, a fines de los años 10. Sobrevivimos, quienes podemos, repartiendo panfletos y reuniéndonos con los amigos para beber tequila sintético.

Mis nietos no recuerdan el maíz: sólo conocen las tortillas proteicas de plaxil y las barras energéticas de fibras minerales. Si evoco un taco al pastor, casi puedo sentir el sabor del cilantro y la cebolla; no he comido uno en 25 años.

No tengo nada que decirle al editor del número 3,000 de Expansión. No creo que la revista llegue tan lejos.

A los pocos de la redacción que quedamos vivos, el partido nos encontrará y confiscará nuestros equipos o, también es probable, nos quedaremos sin temas para escribir: en este mundo, sin economía ni negocios, de lo único que vale la pena hablar es de cómo filtrar un poco de luz en las grietas de la oscuridad oficial. Quizás hagamos eso. Valdrá la pena.

 

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