Productos de corta vida para vender más

Tus aparatos electrónicos podrían fabricarse así de forma intencional para que las firmas ganen más; investigadores aseguran que existe un acuerdo para reducir la calidad e incentivar el consumo.
basura  (Foto: Getty)
Yolanda Ruiz

Computadoras, celulares, impresoras, televisores. ¿Tienes algún aparato electrónico almacenado en un rincón de tu casa porque ya no sirve, porque pasó de moda o porque no encontraste algún repuesto para alargar su vida? Si la respuesta es afirmativa, todo parece indicar que eres víctima de la obsolescencia programada.

La revista Quo, en su edición de diciembre 2013, define este término como la caducidad premeditada de los aparatos que posiblemente sea el núcleo de una conspiración que data de la década de los años 20, en la que se acordó disminuir la vida útil de un producto para incentivar el consumismo.

Se presume que desde entonces el propósito no era fabricar mejor las cosas para que tuvieran una mayor durabilidad, sino hacerlas más baratas y de peor calidad.

La primera vez que el concepto apareció por escrito fue en 1933, cuando Bernard London lo escribió en su libro 'The New Prosperity', con el fin de proponer una solución al desempleo y a la crisis económica de 1929.

London planteaba que todos los productos tuvieran una fecha de caducidad; entonces, los usuarios los depositarían en manos del gobierno para su destrucción y se estipulaban multas para quien no respetara la fecha indicada.

Regla de oro: comprar, tirar, comprar

La ruta de la mayoría de los consumidores se resume en: comprar, tirar comprar. Estas tres palabras son el título de un documental realizado por Cosima Dannoritzer para explicar la obsolescencia programada, un tema que actualmente está en el centro de muchos movimientos en contra del consumo irracional.

Para fortalecer esta idea, algunos activistas señalan a los productos de Apple. Por ejemplo, la batería de un iPod, una vez que cumple su primer año de vida, ya no funciona de manera adecuada. Los repuestos no existían hasta que una demanda colectiva obligó a la tecnológica a ofrecer baterías de reemplazo y amplitud de la garantía por dos años.

También está el caso de lo que sucedió con las medias de nailon después de la segunda mitad del siglo XX. Antes de los supuestos acuerdos, DuPont, la compañía que fabricaba esta prenda, presumía que sus medias eran irrompibles.

Sin embargo, en 1940 la firma comenzó a fabricarlas con un tejido más frágil que se rompía y obligaba a las mujeres a comprar más.

La conspiración de los focos

La historia de la obsolescencia programada, aseguran, comenzó en diciembre de 1924 en Ginebra, Suiza, con una reunión de directivos de las principales empresas dedicadas a la fabricación de focos. Ahí se acordó disminuir la vida útil de su producto, de 2,500 a 1,000 horas.

Un año después firmaron lo que se conoce como el 'Comité de las 1,000 horas de vida' y establecieron sanciones para quienes no respetaran el precio y la duración de los focos.

Todo esto sonaba como una leyenda urbana hasta que en 2001 los alemanes Helmut Höge, Peter Berz y Markus Krajewski publicaron 'El libro de las bombillas', en el que dicen haber encontrado documentos que confirmaban lo que llamaron 'la conspiración de los focos'.

"El primer cartel mundial para controlar la producción de focos y repartirse el mercado mundial incluía a los principales fabricantes. El objetivo era intercambiar patentes, vigilar la producción y controlar al consumidor. Si los focos duraban mucho era una desventaja económica", afirma Markus Krajewski, en el documental de Cosima Dannoritzer.

Movimientos contra el derroche

Desde 1960 comenzaron las primeras reacciones a esta forma de negocio y actualmente cada vez son más las iniciativas ciudadanas en el mundo que buscan hacer frente a la obsolescencia programada.

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En algunos países de Europa como Francia y Bélgica ya se están exigiendo cambios normativos e incluso propuestas de ley, para hacer de los productos unos más sostenibles.

Mientras estos debates se escuchan cada vez más, un foco creado en 1901, por Shelby Electrics, sigue alumbrando una estación de bomberos en Livermore-Pleasanton, Estados Unidos, y una aspiradora construida en 1904, por la American Sturtevant, aún funciona en Manchester, Inglaterra.

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