Los jóvenes mexicanos que lideran la revolución del dron

La historia de la empresa que más drones de uso civil vende en el mundo después de los chinos; Jordi Muñoz y Guillermo Romero lideran 3DRobotics, que en 2014 tuvo ventas por 20 mdd.
3drobotics  (Foto: Carlos Aranda)
Thelma Gómez Durán
CIUDAD DE MÉXICO (CNNExpansión) -

Jordi Muñoz y Guillermo Romero protagonizan una revolución que vuela imparable: la revolución de los vehículos aéreos no tripulados (UAV), también llamados drones y que da forma a empresas como 3DRobotics, la empresa que más drones para uso civil vende en el mundo, después de los chinos.

Jordi tiene 27 años y nació en Ensenada, pero cuando tenía tres años su familia emigró a Tijuana. Su historia en el mundo de los drones comenzó como un juego, con un helicóptero de control remoto que le regaló su mamá.

Los aviones fueron su primera obsesión. En la adolescencia se las arregló para conseguir una versión pirata de un simulador de vuelo por computadora, con el que aprendió a volar, “aunque la gente no me cree, pero es cierto”. A los 22 años tomó el mando de un avión y entonces supo que estar allá arriba es sinónimo de libertad, “es como andar en motocicleta, pero mucho mejor”.

La electrónica, su segunda obsesión, llegó en la secundaria. Fue en esos años cuando conoció a Guillermo Romero, su compañero de escuela y cómplice en ese gusto por desarmar y armar aparatos electrónicos.

“Es una necesidad. La necesidad de ver cómo funcionan las cosas”, dice a la revista Quo, que publicó el reportaje completo en su edición de febrero 2015.

“Nos fascinaba el mundo de los videojuegos. Aprendimos cómo hackear una consola para poder acceder a los juegos. Desarmábamos nuestra computadora; nuestros papás nos ayudaban a pasar a San Diego para comprar piezas, quemamos varias, pero así aprendimos”, recuerda Guillermo Romero, de 27 años también.

Lee: Drones, con límites para explotarse en México

Ingeniería frustrada

Jordi estudió la preparatoria en Ensenada y luego decidió irse al DF “para ver si podía entrar al Politécnico; me sentía imparable”. Presentó dos veces el examen para ingresar a la carrera de ingeniería en aeronáutica. No lo aceptaron.

En la ciudad de México vivió cerca de Tlatelolco y trabajó en el café internet de una mujer que terminó asesinada por su hijo. Su afán por desarmar y armar artilugios tecnológicos le dio empleo en una empresa.

Un día se cansó del ajetreo del DF y regresó a sus tierras. La noticia de que sería padre y su boda lo llevaron a Los Ángeles y luego a San Diego. Comenzó los trámites para obtener el permiso de residencia en Estados Unidos; durante el tiempo que duró el papeleo no pudo estudiar ni trabajar.

Para alejar al aburrimiento, Jordi tomó el helicóptero a control remoto que le regaló su mamá y se preguntó: “¿cómo puedo lograr que sea más estable?”. En siete meses diseñó su primer piloto automático. Su historia, y la de los drones, comenzó a tomar vuelo.

Su escuela: internet

En internet -la escuela abierta en donde se puede aprender de todo- se encontró con Arduino, plataforma de open source (que permite el acceso a su código de programación) basado en hardware y software fácil de usar.

Los fundadores de Arduino, entre ellos el italiano Massimo Banzi, crearon esta plataforma para enseñar a sus alumnos todo sobre los microcontroladores, piezas que, en gran parte, son responsables del funcionamiento de los teléfonos inteligentes.

En su búsqueda, Jordi descubrió la red social DIY-Drones, creada por Chris Anderson, físico, autor de varios libros y entonces editor de 'Wired', una de las revistas más reconocidas en el mundo de la tecnología.

DIY-Drones (DIY son las siglas de Do It Yourself o 'Hazlo tú mismo') es una comunidad en donde los aficionados a los vehículos aéreos no tripulados comparten sus experiencias, se dan consejos y, sobre todo, se impulsa el open source y el movimiento Maker, algo así como la versión del siglo XXI de 'Hágalo usted mismo' y cuyos seguidores utilizan la herramienta del software para crear objetos tangibles.

En esta red, Jordi compartió los avances en su odisea por fabricar su piloto automático. Los miembros de la comunidad se interesaron en el proyecto; le hacían recomendaciones. Entre los que siguieron todos sus avances estaba Chris Anderson, quien recuerda el momento en su libro ‘Makers’.

De maestro a socio

“Me gustó su energía y me dejó impresionado por la audacia de sus experimentos y su fácil comprensión de conceptos de software que yo había luchado por entender. Tuve la sensación de que andaba detrás de algo; su instinto lo empujaba hacia tecnologías cada vez más excitantes, desde sensores que él descubría y que discurría cómo utilizar hasta algoritmos que localizaba en oscuros artículos”, escribió Anderson.

Un día, le preguntó a Jordi:
—¿Qué necesitas para continuar?
—Dinero —contestó el mexicano de entonces 19 años.
Anderson le envió 500 dólares, un poco de combustible con el que Jordi consiguió perfeccionar su piloto automático; publicó su hazaña en DIY-Drones y comenzaron las solicitudes. En un solo día vendió 40 de sus creaciones, las cuales fabricó en su departamento, modificando un horno eléctrico de cocina.

Al principio, Jordi y él solo eran “amantes de la electrónica que intercambiaban hallazgos con otros miembros DIY”, escribió el mismo Anderson en ‘Makers’. Hoy son socios: en 2012 Anderson dejó la revista ‘Wired’ para ser CEO de la empresa que, después de los chinos, vende más drones para uso civil en el mundo: 3DRobotics.

Cuando el crecimiento es un problema

La compañía tiene una planta de producción en Tijuana. Allí produce los 15,000 pilotos automáticos  que vende al año; así como los tres modelos, que hasta el momento forman el catálogo de la empresa: Iris (venden 11,000 unidades al año), X8 (1,000) y Aeros (500).

“El principal problema que tenemos es el crecimiento acelerado, porque no nos permite fabricar lo suficientemente rápido para satisfacer al mercado”, dice Jordi y no exagera. En 2011, 3DRobotics registró ventas por 2.5 millones de dólares y cerró el 2014 con 20 millones de dólares.

Su crecimiento también se refleja en la expansión geográfica que han tenido: además de la planta de producción en Tijuana, tienen oficinas en San Diego, Austin y Berkeley. Tienen contratados a 25 ingenieros (uno de ellos vive en Brasil y otro en Australia) y cuentan con 40 desarrolladores activos que forman parte de la comunidad DIY-Drones; la mayoría se dedica a la creación de nuevas apps para diversificar los usos de los drones civiles.

“Y seguimos buscando gente y contratando”, dice Guillermo Romero, amigo desde la adolescencia de Jordi y hoy gerente general de la planta de Tijuana.

Drones para todos

Guillermo, de 28 años, es ingeniero en electrónica por la Universidad Autónoma de Baja California y un entusiasta defensor de la democratización de la tecnología.

“Con los drones —dice— la ética es muy importante. Los que apostamos a su uso civil creemos que se pueden usar para bien de la humanidad, para tener más datos, para ser más inteligentes”, menciona.

Guillermo espera que cada vez haya más mexicanos impulsando el open source: “Hace falta más participación de los mexicanos en las comunidades de internet en temas como drones o impresión digital. Si no le entramos a esto, nos quedaremos como espectadores y no como creadores de esta revolución”.

Y es que la historia de los drones no empezó como un juego, sino como un artefacto bélico. Justo por eso es que organizaciones como la Unión de Libertades Civiles de Estados Unidos (ACLU) han alzado la voz en contra de esta tecnología.

Pero hace varios años que los drones dejaron de ser una tecnología exclusiva de militares y gobiernos. Gracias a redes sociales como DIY-Drones y a comunidades de hobbistas seducidos por estos vehículos, cada vez hay más reflectores sobre aquellos que tienen un uso civil.

“Los militares crearon internet, pero la gente lo colonizó y utiliza para sus propios fines. La comunidad hobbista de los UAV está esperanzada en hacer lo mismo con los drones, desmilitarizarlos y democratizarlos”, escribió Chris Anderson en 2012.

Código abierto, la filosofía de 3DRobotics

Para abonar a la democratización de esta tecnología, 3DRobotics forma parte del movimiento open source.

“Nuestro software y microcódigos —explica Anderson en Makers— han sido puestos en circulación bajo licencia pública general, que permite asimismo la reutilización comercial siempre y cuando se mantenga la atribución y el código permanezca abierto. Resultado: centenares de personas han contribuido con códigos, corrección de errores de programación e ideas de diseño, y han creado productos complementarios que mejoran el nuestro”.

Sin temor a exagerar se puede decir que la filosofía de 3DRobotics, aquello que la hace ser una empresa singular y uno de los emblemas del siglo XXI, es su apuesta por el open source.

“El código abierto -escribió Anderson en Makers- no es un mero método de innovación eficiente: para sus partidarios es una creencia tan poderosa como puede serlo la democracia o el capitalismo”.

Jordi no sería el experto en drones que hoy es sin el open source. “Muchas de las cosas que yo aprendí fueron gracias al código abierto. El poder tener acceso a la información me permitió crear un nuevo código. Lo justo, y la mentalidad con la que crecí en esto, es que se debe regresar ese conocimiento a la comunidad. Del código del piloto automático que ahora tenemos yo solo contribuí con el 5%, la comunidad contribuyó con el otro 95%”.

¿Cómo imaginas el futuro de los drones?, se le pregunta a Guillermo Romero. “Tendremos ciudades más inteligentes, con más datos que beneficien a la población, más información para mejorar la pesca o la agricultura. Yo quiero ver eso, mirar cómo los drones van a ser un factor de cambio para muchas actividades económicas.

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