Las décadas que México perdió

El PIB por trabajador en el país está casi en el mismo nivel que en los años 60, dice Pablo Peña; la productividad es otro tema drámatico de la economía mexicana, opina el economista y académico.
Pablo Peña*

Si yo te dijera que la semana pasada estuve en un país donde el salario está al mismo nivel en términos reales que a finales de los años 60, probablemente pensarías que estuve en África. Quizá supondrías que me di una vuelta por un país que por haber tenido guerras civiles, sequías y epidemias no ha crecido. No es así. Estuve en México. En nuestro país, los salarios están al mismo nivel que hace 40 años.

Hace unos días, el secretario de Hacienda fue blanco de críticas por hablar del ingreso promedio en México y de para qué alcanza. Más allá de lo que puede comprar una familia con 6,000 pesos al mes, lo que dijeron el funcionario y sus críticos se limitó al nivel de ingresos. Nadie se centró en el crecimiento de ese ingreso.

Incluso, si lo que gana una persona es bajo hoy en día. Para las familias es alentador saber que irá creciendo y que las cosas van a estar mejor en unos años. Saber que los hijos van a estar en una mejor posición, con salarios que alcancen para más, puede ser suficiente para que los padres continúen trabajando duro, con optimismo y esperanza. No sólo nos importa qué tan mal o bien estamos en la actualidad, sino también si vamos moviéndonos en la dirección que queremos o no.

No es común que una noticia sobre la historia de nuestra economía nos sacuda. Las cifras sobre los ingresos y los salarios de hace décadas típicamente sólo obtienen la atención de los historiadores. Lo que aquí voy a contarte es la historia que refieren los datos que, por cierto, son públicos y replicables.

La labor de los economistas es revisar cifras agregadas para saber si vamos bien o mal. Esos datos se agrupan bajo el nombre de cuentas nacionales. Los economistas los estudian desde los primeros semestres de la carrera.

El Producto Interno Bruto (PIB) se vuelve el pan de todos los días. El término ‘per cápita’, también. El PIB per cápita es una medida del ingreso de las personas en la economía, de qué tan bien o mal van las cosas: es el ingreso de todos divido entre el total de personas.

También hay otras medidas del ingreso, como el PIB por trabajador y el salario promedio. En economías como la mexicana, que han experimentado un cambio poblacional enorme en las últimas décadas, estas medidas alternativas son muy útiles. No son redundantes.

Si una población pasa de tener muchos niños por cada adulto a tener pocos niños por cada adulto –como ha sido el caso de México–, el PIB per cápita sube. El ingreso de los adultos dividido entre toda la población se incrementa, a pesar de que cada adulto siga teniendo el mismo ingreso.

Si una mayor proporción de las mujeres trabaja –como también ha sido el caso en los últimos años en México–, el PIB per cápita sube, a pesar de que el ingreso de cada trabajador no haya cambiado. En otras palabras, si una fracción de las mujeres pasa de trabajar en actividades del hogar a laborar fuera de casa, el PIB per cápita se incrementa.

En México hemos experimentado un cambio de más a menos niños como porcentaje de la población, y también de menos a más mujeres en la fuerza laboral. Entre 1970 y 2005, la población menor a 15 años de edad pasó de 46 a 31% de la población total. En 1970, por cada 10 hombres económicamente activos había sólo dos mujeres en la misma situación. En 2005 esa misma cifra había alcanzado seis mujeres por cada 10 hombres.

Estas dos tendencias han hecho que el PIB per cápita suba, pero no por ganancias en productividad. Simplemente ha crecido porque más personas trabajan como porcentaje del total.

Para tomar en cuenta los cambios en la población y la fuerza laboral (menos niños como porcentaje de la población y más mujeres trabajando), los economistas usan el PIB por trabajador. El ingreso de la economía se divide entre el número de trabajadores. Esta medida sirve como una aproximación de la productividad. Nos dice cuánto produce, en promedio, cada trabajador.

Otra medida de la productividad es el salario promedio. Esta medida nos dice cuánto se lleva a casa un trabajador en promedio. A diferencia del PIB por trabajador, el salario promedio deja a un lado las utilidades de las empresas. Sólo considera lo que los trabajadores reciben.

Como en el caso de los 6,000 pesos, normalmente vemos y escuchamos que los políticos y los analistas hablan del PIB per cápita. Pocas veces oímos lo que ha pasado con las otras medidas. La gráfica muestra que las diferencias entre PIB per cápita, PIB por trabajador y salario promedio no son triviales. Las medidas alternativas cuentan una historia dura.

Con el PIB per cápita, la historia es que hemos progresado, y que salvo por la ‘década perdida’ y el ‘tequilazo’ vamos por buen camino. El PIB por trabajador cuenta una historia menos optimista: no nos hemos recuperado del golpe de la década de los 80. No se perdió una década, sino dos o tres. El PIB por trabajador en 2003 estaba al nivel de principios de los 70.

La historia que cuenta el salario promedio es todavía más dramática. En 2004 estaba al mismo nivel de 1984 y de 1969. Y gracias a la crisis de 2009, el crecimiento en el ingreso promedio ha sido nulo en la segunda mitad de la década que acaba de terminar.

El PIB per cápita ha aumentado en los últimos 40 años. Pero ese crecimiento no significa que los trabajadores estén llevándose a casa más que antes. Éste ha subido porque en cada hogar más gente labora. Y por ese trabajo ganan lo mismo que hace cuatro décadas.

Hoy, el salario promedio y el PIB por trabajador están en niveles similares a los de finales de los 60. Con todos los ‘bemoles’ que las cuentas nacionales tienen, lo que muestran es que la productividad y el ingreso de los trabajadores en la época de Lady Gaga está al mismo nivel en que estaban cuando salió el álbum Abbey Road, de los Beatles –el de la famosísima foto cruzando el paso peatonal.

Ésta es la dramática historia de nuestra economía. Es una historia de décadas perdidas. Si cada vez hay más y mejor tecnología, la pregunta inevitable es ¿por qué no se ha reflejado en una mayor productividad y un mayor salario? No es una pregunta fácil de contestar. Pero al menos debe ponerse sobre la mesa.

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Quienes se dedican a estudiar los determinantes de la productividad tienen mucho por explicar. También quienes han defendido políticas públicas que se suponía iban a incrementarla.

*El autor es doctor en Economía de la Universidad de Chicago y académico visitante en la Universidad Iberoamericana.

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