Cambian Wall Street por Greenwich

Los ejecutivos más ambiciosos empezaron a dejar desde hace 7 años la banca de inversión; ahora prefieren los fondos de cobertura y amasan fortuna no en Wall Street, sino en Connecticut
Tom Wolfe, padre del Nuevo Periodismo, opina que en la actua  (Foto: )
*Tom Wolfe

Habrá que darse cuenta de que un corresponsal sólo está reportando noticias cuando nota cuántas personas han asediado durante la última semana al autor de La hoguera de las vanidades con la pregunta: “Y ¿dónde deja todo esto a los amos del universo?”

Esto se refiere al actual pánico crediticio. Los ‘amos del universo’ es una frase de ese libro que se refiere a los jóvenes ambiciosos (no había mujeres) que, en los 80, empezaron a amasar millones, todos los días, ¡millones!, en bonos de rendimientos en bancos de inversión como Salomon Brothers, Lehman Brothers, Bear Stearns, Merrill Lynch, Morgan Stanley y Goldman Sachs. Las primeras tres ya no existen. La cuarta está a punto de ser absorbida por Bank of America.

Las dos últimas se convirtieron en banquitos de pueblo bicicletero con un cajero automático en la entrada y, en lugar de los amos del universo, mujeres cajeras con salarios de tres dígitos a la semana, llenas de bolsas con tinta explosiva para entregar a los ladrones junto con el efectivo.

Las inversiones de EU, toda la industria, se hundieron sin remedio durante los últimas semanas.

¿En dónde quedan entonces los amos del universo? En Greenwich, Connecticut.

Los mejores jóvenes, los más brillantes y ambiciosos, empezaron a abandonar la banca de inversión desde hace siete años, prefiriendo en su lugar los fondos de cobertura (hedge funds).

Se pueden describir escenas de una furia desorbitada, con las venas inyectadas y a punto de explotar, cuando esos jóvenes peces gordos renunciaban. Los gorilones de seguridad los tomaban del brazo y los sacaban del piso a 10 kilómetros por hora. No podían tocar nada dentro, ni fuera de sus escritorios, ni siquiera las fotos de mami, su perrito o su hermana en sus marcos paraditos con sus patas de cartón y cubiertas con terciopelo sintético; así de furiosos estaban sus jefes. Sus mayores colaboradores y futuros ejecutivos los estaban dejando tirados.

Greenwich es el centro del mundo de los hedge funds de los amos del universo, en lugar de Wall Street. Durante los últimos cinco años, el corazón de Wall Street, el afamado piso de la casa de bolsa de Nueva York, se ha ido vaciando. Hace 100 años, el piso era el club de los caballeros oligarcas. Sólo los hombres con credenciales de miembros podían tener acceso a los ‘asientos’ del piso.

Ya el año pasado, cuando el corresponsal visitó el piso por única vez, un miembro se acercó a otro y le dijo, como ya muchos lo habrían hecho últimamente, que dejaría la Bolsa para siempre.

–¿Qué vas a hacer?
–Unirme al Cuerpo de Bomberos.
–¿El Cuerpo de Bomberos?, ¿y de qué?
–Voy a ser bombero. El plan de retiro es genial.

Por cierto, no hay asientos en el piso, o por lo menos ninguno que viera el corresponsal.

La Bolsa ya es anacrónica, lo mismo que Broadway. Todo se hace ahora desde las computadoras. Pasear por el piso de la bolsa es como ir al book a apostar a los caballos mientras ves las carreras en monitores.

Broadway y la Bolsa son algo así como lo primero que uno ve en Disneylandia cuando vas a California. Es como estar en una ciudad del otro fin de siglo, con su tranvía, la botica y su barbería. Eso es lo que Broadway y Wall Street son ahora.

Y seguramente lo que viene a continuación elimine esas ganas de refocilarse con la suerte de los amos del universo, pero ellos son más listos que aquellos que se quedaron en la banca de inversión.

Los hedge funds están tronando pero, a diferencia de las corredurías, todavía funcionan y son rentables. Dieron la retirada a sus posiciones de defensa: a sus caparazones, como las tortugas. Su Apocalipsis, si es que hay uno, no va llegar sino un par de días después de la toma de utilidades.

La mayoría de estos fondos abren un resquicio cada 30 de septiembre, 31 de diciembre, 31 de marzo y 30 de junio para dar a sus inversionistas una oportunidad de ‘rescatar’ su dinero; esto es sacarlo todo. Estos resquicios se llaman barreras , y son como la serie de puertas de entrada de una prisión. La barrera es el límite, lo que marca un porcentaje del dinero, que el fondo permitirá retirar en ese momento. A pesar de estos límites tan estrictos en los retiros, algunos fondos podrían quedarse como caparazones vacíos.

Que no haya lágrimas por los amos del universo, y no es que el corresponsal pensara que las habría.

La mayoría de los jóvenes amos salvaron su ‘nuez’, término que se utiliza para la cantidad de dinero que se guarda en inversiones a prueba de cualquier clima y que se usa para vivir cómodamente en Greenwich, en Round Hill Road, Pecksland Road o en Field Point Road en una casa construida antes de la Primera Guerra Mundial con un encantador estilo europeo, preferentemente de piedra, con una peculiar torre, dos hectáreas de tierra alrededor, lo suficientemente grande para decir que es una mansión.

Todos los amos del universo saben el número.

*Tom Wolfe es el autor de La hoguera de las vanidades y ahora trabaja en una novela sobre la inmigración en Miami.
c.2008 The New York Times

LOS LOCOS AÑOS 80

En La hoguera de las vanidades, la primera novela de Tom Wolfe, el brillo de las finanzas era una excusa para sentirse más macho y más poderoso. Son los 80, los años locos, revoltosos y cocainómanos en los que Wall Street se entregó a una nueva generación de banqueros jóvenes e irresponsables y vivió una fiesta corta pero intensa de fortunas ganadas y perdidas como en un casino. Publicada dos meses antes del crack bursátil de mayo de 1987, La hoguera… pinta un Wall Street patético y una Nueva York aún más desquiciada e hipócrita. Sherman McCoy, el protagonista, es un amo del universo –la definición, hoy habitual, es un bautismo del propio Wolfe en el libro–, un operador de bonos de Wall Street que vive en un penthouse de Park Avenue y viaja en limusina con su mujer. Lo único que le interesa de su trabajo es, precisamente, sentirse amo, y por eso su vida se descalabra por completo cuando una noche, acompañado por su amante, equivoca el camino a la salida de una autopista, entra por error en un callejón del Bronx y, sin quererlo, atropella a un joven negro que intentaba asaltarlo. El episodio hunde a McCoy e inicia una comedia política en la que todos los personajes (un pastor evangélico negro en busca de publicidad gratis, un fiscal blanco en busca de ser reelegido, un periodista inglés borracho pero con ansias de fama) están obsesionados por obtener su propio beneficio.

Al final, nadie gana. Nueva York, la gran madre, la que siempre sobrevive, se los devora a todos.

Hernán Iglesias Illa / Nueva York

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