Pixie, pelucas y pestañas legendarias

El imperio de Pixie Hopkin abarcó la década de los 70, pero quedó marcado en la cultura mexicana; en el furor a go-gó sus productos forjaron un look y prósperos negocios.
Pixie  (Foto: Ramón Sánchez Belmont)
Patricia Ruvalcaba

Sus productos desaparecieron de los escaparates, pero su nombre se quedó en la cultura mexicana. Igual que Orange Crush, Vitacilina o jabón Fab, Pixie es una de las marcas selladas a fuego entre las generaciones de los mayores de 35 años.

Con un imperio que abarcó la década de los 70, Pixie Hopkin fue una de las pocas empresarias exitosas del México de entonces. En 1974, cuando alcanzó la cúspide del crecimiento, la firma Pixie tenía 42 tiendas, así como 5,000 puntos de venta de pestañas y alrededor de 250 empleados.

Expansión examinó el fenómeno Pixie en un artículo publicado el 1 de diciembre de 1971. Ahora, revisa la rutilante trayectoria de Hopkin.

"México me ha dado tres vidas", dice Hopkin. Irlandesa de origen, llegó a México en 1962 con una maestría en teatro y otra en diseño de vestuario. En Dallas, Texas, había conocido en un proyecto escénico a quien sería su primer marido: el director de teatro Juan José Gurrola.

Con Gurrola, Hopkin se integró a La mafia, círculo intelectual del que formaron parte artistas como Juan García Ponce y Juan Vicente Melo.

EL ROSTRO DEL NEGOCIO

Ya como empresaria, Hopkin se asoció como inversionista y diseñadora a Industrias Capilares de México, que Elías Calles tenía en Tijuana y que exportaba pelucas de pelo natural desde China a EU.

"México era como un terreno virgen", dice Hopkin. "No había tanta regulación, ni importaciones, ni la competencia entre marcas. Uno podía hacer... ¡lo que fuera! Y para tener éxito, pues todos los medios costaban mucho menos para anunciar".

Hopkin tenía fama, así que "era lógico que liderara el negocio". La estrategia principal de promoción fue la compra de espacio en televisión en el programa Siempre en domingo, que conducía Raúl Velasco.

Produjo pestañas para el párpado superior y el inferior, ‘cortinas' (una suerte de extensiones) y exploró el lampiño mercado masculino.

Mr Pix fue una línea de peluquines hechos con pelo natural cuya mercadotecnia fue lo opuesto de las pelucas: discreta. Los galanes de los 70 traían patillas muy grandes, camisa abierta y cadenas, así que la empresa lanzó patillas de pelo natural tejidas a mano sobre una malla fina, recuerda Hopkin.

Luego, bigotes y "pecheras de pelo" que resultaron muy exitosos y cuya venta se disparaba en Semana Santa, no por los ‘acapulcazos', sino porque los ‘cristos' de las representaciones populares de La Pasión querían lucir in.

CICLOS QUE CIERRAN

Hacia 1974 la compañía, convertida en franquicia, tenía 42 tiendas. Su ex socio Elías Calles, quien vive retirado en "un rincón en el sudeste asiático", dijo recordar que "en alguna ocasión Pixie promovió una peluca especial con Raúl Velasco, el precio era de 99 pesos y se vendieron más de 100,000 en una semana".

En cuanto a las pestañas, "la planta de Tijuana producía más de 100,000 unidades mensuales. El mercado nacional llegó a tener 5,000 puntos de venta, en su mayoría farmacias (...) se puede afirmar que las pestañas ciertamente alcanzaron cifras de seis dígitos".

Pixie, además, exportaba a boutiques de EU. Hacia 1977 y 78 ya no fue posible comprar tiempo en Siempre en domingo, sino sólo transmitir anuncios grabados de medio o un minuto. Además, la ‘exageración' que había estado de moda -peinados altos y complejos, maquillaje cargado, etc.- cedió ante la tendencia ‘más natural' de los 80.

"Cada producto tiene su ciclo", dice Hopkin, y en esos años "vimos cómo el de las pelucas se iba cerrando".

Hopkin detuvo la producción de pelucas. La línea de pestañas se había vendido a Laboratorios Terrier. Mr Pix pasó a manos de algunos empleados de Pixie; esta empresa aún tiene oficinas en Polanco y Satélite. Se llama Mr Pix Centro Capilar y en su catálogo ya no hay patillas, bigotes, ni pelo para el pecho.

"Después de las pestañas, vino la época de la ropa", cuenta Hopkin. Las instalaciones de Tijuana seguían en pie, y se convirtieron en fábrica de ropa, un proceso que se llevó casi dos años.

"Fue la primera línea de ropa que planteaba todo un estilo de vida, con accesorios, todo pensado con un concepto integral. Nunca se había hecho antes en México", dice el diseñador Carlo Demichelis sobre la boutique.

Hubo otras dos tiendas Pixie -que cerraron por el alto precio del arrendamiento-, además de tres más en las sucursales que (en 1979) tenía El Palacio de Hierro, pero la apertura de fronteras en 1988 y luego la crisis económica de EU, en 1992, obligaron al cierre.

LA "ANTENA" DE EL PALACIO

Tras un año en Irlanda, Hopkin regresó a México. "Empecé a diseñar para Liverpool y para El Palacio de Hierro", para sus marcas propias. Era 1995. "México había cambiado, ya había importaciones y boutiques en las tiendas, pero yo ofrecía cosas que no se conseguían".

En 1996 montó en Nueva York la oficina de compras de El Palacio y en 2000 retornó a México para asesorar el departamento de Damas.

El verano pasado, Hopkin cambió de intereses. Contagiada por la fiebre digital, está creando nuevos conceptos de mercadaje por esa vía.

Demichelis opina que Hopkin "es como las antenas" de la firma. "Huele por dónde van las cosas y ese valor se lo está aportando a El Palacio".

¿Volverá a diseñar?, se le pregunta a Hopkin. "Un producto puede ser maravilloso, pero sin promoción está muerto. No lo haría sin promoción. Al hacer una cosa, la segunda vez tiene que ser mejor, porque siempre hay un punto de comparación". Aunque Pixie es única. Y su nombre es leyenda.

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