La crisis cambia panorama a las empresas

Los negocios enfrentaron en 2008 la crisis global, la caída del precio del crudo y una devaluación; el crecimiento moderado del primer semestre se convirtió en recesión y la confianza no se recupera.
Lo que nos faltó  (Foto: Israel Pérez/ Fotoarte Duilio Rodríguez.)
Hernán Iglesias Illa

En junio del año pasado, México miraba la crisis financiera un poco de lejos. No había en el país burbuja inmobiliaria ni locura con las hipotecas subprime, los dos factores que estaban hundiendo a buena parte de los bancos de Wall Street y Europa.

El Banco de México, más preocupado por la inflación que por la recesión, aumentaba sus tasas a 7.5%. El secretario de Hacienda, Agustín Carstens, había dicho poco antes en televisión: “Estoy seguro de que no nos va a dar una pulmonía”. La economía había crecido un razonable 2.6% en el primer trimestre, la confianza de los inversores se mantenía firme y la previsión de crecimiento para 2009 incluida por el gobierno en el presupuesto y la del FMI rondaba 3%.

No era un escenario perfecto, porque las exportaciones hacia EU ya habían iniciado su caída y el ingreso de remesas se había estancado. Pero el consenso de los analistas y las empresas –y también su esperanza– era que la crisis sería razonablemente breve e indolora y que sólo interrumpiría momentáneamente el proceso de maduración de México hacia una economía robusta, dinámica y completamente integrada al mundo.

Las cosas, sin embargo, ocurrieron de una manera distinta. México fue castigado en el último año por una tormenta perfecta de problemas (desencadenados por la crisis financiera global, hace ya casi dos años, y coronados por la alerta sanitaria por influenza humana, en abril y mayo) que lo han dejado tembloroso, inseguro de su lugar en el mundo y convencido de que la crisis finalmente se convertirá en una real, como las que lo golpearon en 1982 y en 1994-1995.

O de que el “catarrito” anunciado por Carstens se convierta finalmente en una neumonía.

En los últimos 12 meses, después de la publicación de la edición 2008 de Las 500 empresas más importantes de México, los empresarios y ejecutivos mexicanos han visto desfilar frente a sus narices, y atacar con una furia imprevista, una serie interminable de problemas que, aun si hubieran tomado turnos y aparecido de a uno por año, ya habría sido bastante grave.

Pero es que, además, han elegido hacerse presentes todos juntos. Desde junio del año pasado, las empresas mexicanas han debido hacer frente a la caída del precio del barril de petróleo (140 dólares por barril a mitad del año pasado a unos 55 en las últimas semanas efectivos en noviembre cuando termine la cobertura contratada por el gobierno); una fuerte devaluación del peso, que hace un año estaba en 10.30 pesos por dólar, en marzo de este año tocó los 15.35 pesos por dólar y ahora se ha estabilizado en poco más de 13 pesos; la preocupación de EU por el crecimiento de la violencia del narcotráfico; y, entre otras cosas, un gobierno al que le costó meses admitir que la crisis era una crisis y no, como dijo el secretario de Hacienda, “apenas un catarrito”.

Basta decir que en este año Las 500 empresas más importantes de México vendieron 8,753.53 MDP menos que en 2007, una caída de 0.3%.

Cada uno de los problemas financieros que llovieron sobre el país, a su vez, detonó otros, que se intoxicaron entre sí para complicar aún más la situación.

La devaluación del peso, de más de 40% en su peor momento, provocó pánico en algunas de las principales multinacionales mexicanas, como Cemex (Lugar 5), que en la última década se habían endeudado en miles de dólares para aprovechar su baja prima de riesgo en los mercados globales. Otras, como Vitro (Lugar 62), Durango (Lugar 154), Comerci (Lugar 33) y Iusacell (Lugar 130) ya están conversando con sus acreedores para acomodar sus pagos de deuda lo más ordenadamente posible. Juntas las cinco empresas suman una deuda por 292,706 millones de pesos (sólo Cemex carga con 244,490 MDP).

Incertidumbre energética
El derrumbe del precio del crudo más la (todavía más teórica que práctica) reforma energética han generado cierta incertidumbre sobre los escenarios energéticos de los próximos años y, con ellos, sobre los ingresos fiscales, todavía muy dependientes de las exportaciones de petróleo.

A inicios de este año, el clima de negocios también se enrareció: en febrero, en la víspera de la reunión del presidente Felipe Calderón con su flamante colega estadounidense, Barack Obama, diversos funcionarios y analistas de EU comenzaron a hacer circular la idea de México como un posible ‘Estado fallido’, por su incapacidad para controlar la creciente disrupción armada del narcotráfico.

En menos de un año, la tarjeta de visita de México había pasado de decir ‘OCDE’ y ‘TLCAN’ a ‘Estado fallido’, una etiqueta que difícilmente ayuda a las empresas mexicanas a mejorar o mantener su acceso a los mercados de capitales o de exportación.

Fronteras afuera
México, por supuesto, no sólo sufrió problemas propios: los ajenos también lo han castigado con extrema dureza. En enfriamientos anteriores, el país había encontrado manotazos salvadores en el extranjero, gracias al petróleo, las remesas o las exportaciones de manufacturas.

Ninguno de ellos ha quedado en pie en el último año, y dos de los tres están relacionados con el colapso del consumo y el empleo en Estados Unidos, que hace 12 meses todavía parecía que podría ser sólo moderado, pero que finalmente ha sido dramático.

Hace un año, EU peleaba por zafarse de la crisis financiera –no lo lograría: Lehman Brothers murió en septiembre de 2008– y le dedicaba poca atención a la desaceleración de su economía, que ya estaba en recesión desde diciembre del año anterior pero todavía nadie lo sabía.

Hasta la desaparición de Lehman Brothers, México y Estados Unidos cruzaban los dedos rogando por un aterrizaje suave de sus economías, que provocara una recesión lo más corta y benigna posible. Después de Lehman, los estadounidenses supieron ya que estaban en un problema gordo. A México todavía le costaría unos meses más darse verdaderamente cuenta.

La parálisis de Estados Unidos, cuya economía perdió 2.6% en el primer trimestre de este año, ha tenido un efecto terrible en México: las remesas han caído por primera vez en mucho tiempo (4.9% en el primer trimestre) y las exportaciones se han desplomado (58% las de petróleo y 21% las de manufacturas). El consumo de EU, que en el último lustro había derramado divisas hacia México –en forma de remesas, exportaciones o turistas–, parece dormido. Se despertará pronto, dicen (y esperan) los analistas, pero también dicen que le llevará tiempo volver a los niveles de energía anteriores a las crisis.

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Horizonte lejano
Todo esto ha contribuido a un espectacular cambio de dirección y expectativas en la comunidad empresarial, que hace un año aún era relativamente optimista sobre el futuro cercano.

El crecimiento moderado de entonces ha sido remplazado por una recesión en toda regla: la economía mexicana se ha reducido 8.2% en el primer trimestre del año; es el tercer trimestre consecutivo de contracción y el peor trimestre desde los estremecedores meses de abril, mayo y junio de 1995, el momento más profundo de la crisis económica posterior a la devaluación (cuando cayó 9.2%).

Las previsiones del gobierno para 2009 han sido progresivamente ajustadas a la baja: el último cálculo disponible, de fines de mayo, es una caída del PIB de 5.5%, una cifra que hasta hace unos pocos meses estaba fuera de la órbita hasta de los más pesimistas.

Los números de la industria son igual de desalentadores: una caída general de 9.9% en el primer trimestre y de 13.8% para las manufacturas, donde han sufrido especialmente las automotrices y sus fabricantes mexicanas de autopartes.

En febrero, el Fondo Monetario Internacional (FMI) ofreció una nueva línea de crédito para países en aprietos y durante un par de semanas el único país que levantó la mano fue México. Agustín Carstens prometió no usar el dinero, sino tenerlo tan sólo por si acaso, pero muchos se preguntaron por qué volver al FMI, después de 10 años, si el dinero no hacía falta.

El Banco de México ha admitido que ya no está preocupado por la inflación: después de aumentar las tasas en junio de 2008 (a fin de año llegarían a 8.25%), desde enero las ha reducido varios escalones hasta 5.25%, con el objetivo de inyectar dinero en los mercados de crédito y reactivar la economía.

Tampoco ha sido un año fácil para los inversionistas mexicanos. En las últimas semanas, el IPC mexicano se ha recuperado un poco más rápido que el índice Dow Jones de la Bolsa de Nueva York, pero ambos han perdido más de 25% desde junio del año pasado.

¿Derivados?, ¿epidemia?
Quienes en aquel momento se hubieran entusiasmado con el precio récord del crudo, se habrían dado un golpe aún más duro. Lo mismo que las docenas de mexicanos que se dijeron a sí mismos “lo más sensato es darle mi dinero a un fondo de inversión reconocido de EU” y se lo entregaron a Bernie Madoff, el neoyorquino adorado durante una década y despreciado desde diciembre por la crema inversionista de EU y AL, quienes perdieron todo su dinero confiado a sus carteras.

Semanas más tarde, los ahorros de no pocos mexicanos también caían en otra trampa: la del banco de Allen Stanford. Se calcula que cerca de 7,000 mexicanos fueron víctimas de las estafas más sonadas del año.

Para colmo, muchos de los que intentaron caminos más sofisticados, terminaron quemados y adoloridos: en octubre, cuando Comercial Mexicana (Lugar 33) anunció que su deuda se había inflado a 2,000 millones de dólares por culpa de una mala apuesta de derivados, buena parte del público se enteró en ese mismo momento que muchas firmas mexicanas se habían subido al inestable tren de los derivados en busca de ganancias financieras mayores.

No fueron pocas las empresas que habían aprovechado la estabilidad del peso para hacer contratos de cobertura. Pero con la devaluación las ganancias que antes eran jugosas se convirtieron en pérdidas sangrientas que a septiembre de 2008 sumaban 2500 MDD. En la lista empresas afectadas comenzaron a anotarse Cemex (Lugar 5), Alfa (Lugar 12), Gupo Maseca (Lugar 41) y Bachoco (Lugar 93).

Los derivados, un instrumento que originalmente se había creado para proteger a las empresas de variaciones bruscas en el precio de los insumos, de la moneda extranjera o de los energéticos, se convirtieron en “un casino”, como dijo el propio Guillermo Ortiz, gobernador del Banco de México.

Eran semanas en las que el mundo corporativo y financiero mexicano casi todos los días descubría alguna grieta o ponchadura en el hasta entonces sólido y brillante rascacielos de la economía mexicana. Era un momento en el que los ejecutivos de las grandes empresas se sentían confundidos y abatidos: a medida que EU se derrumbaba y el hemisferio norte se preparaba para un invierno que sería (y fue) muy duro, muchas de las lecciones aprendidas en la escuela de negocios parecían haber perdido su vigencia.

Hubo días en los que tanto la prudencia como el riesgo, debido a la infinidad de variables en danza, parecían estrategias igual de desafortunadas.

Y en medio de este atribulado panorama, cuando la gente de negocios sólo necesitaba cualquier pretexto para cerrar el paraguas y volver a invertir y a pensar en el futuro, llegó a finales del mes de abril la epidemia de influenza humana, el ogro que pisoteó todos los brotes de crecimiento y paralizó durante semanas a una economía que necesitaba todo lo contrario.

Las compañías del sector turístico, que ya venían trastabillando desde hace un año por las recesiones en los países de origen de los turistas y los costos de los combustibles, tuvieron que enfrentarse a un enemigo imposible de derrotar: el pánico. En un mes, el sector turismo perdió 100,000 empleados. Los destinos turísticos a mediados de mayo sólo tenían 10% de ocupación.

El gobierno ha visto caer una a una las tres mayores fuentes de divisas de la economía: primero se desplomó el petróleo, después se estancaron las remesas y, cuando todas las esperanzas habían quedado en el turismo, apareció la influenza.

El equipo de Felipe Calderón le ha puesto un número al daño económico provocado por la influenza (0.3% del PIB de 2009), pero los efectos simbólicos y psicológicos sobre la población inversora, consumidora y trabajadora probablemente serán mayores.

Una economía saludable es aquella en la cual sus miembros interactúan con otros, abiertos al contacto y al intercambio de ideas. Una economía en recesión, enferma y con graves problemas de inseguridad a causa del narco, es una economía en la cual sus miembros han perdido la confianza en los demás y en el futuro: es una economía donde sus actores económicos llevan cubrebocas.

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Por eso la epidemia ha sido una demoledora metáfora del momento que vivía la economía mexicana en el momento del estallido: hizo visibles los cubrebocas que millones de mexicanos –con su prudencia a la hora de consumir, o de contratar, o de comprar una máquina– se habían puesto para no contagiarse.

El gobierno logró que desaparecieran de las calles los cubrebocas visibles. Su objetivo, ahora, es que Las 500 empresas más importantes de México se quiten sus propios cubrebocas metafóricos y se atrevan en el próximo año a salir a la calle sin miedo a infectarse con el virus de la recesión y la crisis económica.

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