Un banco que empezó como ONG

Compartamos banco, la microfinanciera más grande del país, se posiciona en el lugar 269 del ranking; la empresa busca ayudar y hacer negocio al mismo tiempo entre zona pobres y en especial mujeres.
Compartamos Banco  (Foto: Alfredo Pelcastre/Monda Photo)
Alejandra Xanic y Ulises Hernández

Ésta es la historia de un grupo de amigos del futbol y de la universidad, hijos todos de empresarios, que hicieron trabajo voluntario en los años 80. Que, tras la visita de la Madre Teresa de Calcuta, crearon años después una organización civil para financiar proyectos productivos, y que ahora son accionistas y directivos de un banco con una muy buena rentabilidad, que en 2008 siguió aumentando utilidades cuando las de los demás bajaban.

Cada día, 4,290 empleados suyos recorren pueblos y barrios pobres en todo el país para acudir a la cita semanal que tienen con 1.2 millones de clientes, reunidos en grupos (ocho de cada 10 son mujeres), y que tienen créditos promedio por 4,960 pesos, que deben pagar a un plazo de 16 semanas.

La fórmula mujeres-en-grupo está en el corazón de este negocio y, según los directivos, explica que Compartamos tenga la tasa más baja de morosidad, 1.7%, contra 8% promedio de la banca de consumo.

En la visita semanal que les hace el promotor, las clientas pagan el importe que les toca de su crédito individual y cubren a aquella que no pueda saldarlo, para luego ir acompañadas del promotor a depositar. La presión del grupo ayuda a que cumplan con los pagos, explican el director general, Carlos Labarthe, y el director de Finanzas, Fernando Álvarez Toca.

Los créditos están dirigidos a la base de la pirámide y a fondear actividades productivas; su clientela es sobre todo rural y suburbana, y usa el dinero para comprar mercancía u operar tiendas de abarrotes. Anabelle Hernández, una viuda de 75 años, pidió 3,000 pesos el año pasado para comprar telas que luego vende, bordadas, en tianguis del Estado de México. Sólo 15% de los clientes lo pide para producción.

Compartamos dio sus primeros dos créditos como ONG en 1990. En 10 años como asociación tuvo 64,000 beneficiarios y fondeó los créditos con 6 MDD de donativos. En 2000 se convirtió en una sofol y a los cinco años multiplicó por 10 la base de clientes y logró líneas de fondeo por más de 100 MDD. En 2006 se convirtió en banco y entró a la Bolsa un año después. El ex banquero Alfredo Harp los animó a hacer estos cambios, comenta Labarthe.

El año pasado crecieron en cartera 42%, y tienen previsto crecer por arriba de 20% en 2009. “Podríamos crecer más pero nos queremos enfocar en la calidad de activos, en lograr mayores eficiencias y entregar a los inversionistas un crecimiento de utilidad neta de 20 a 25%”, dice Álvarez Toca.

La microfinanciera rebasa el millón de clientes, pero va tras un mercado potencial de unos 12 millones de personas. Ocupa el lugar 269 de las 500 empresas más importantes de México. Hoy, entre todas las microfinancieras atienden a dos millones. Compartamos tiene críticos que ven con escepticismo que una asociación civil se convirtiera en tan buen negocio con los pobres.

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“Para nosotros, el traspaso a institución financiera tampoco fue un drama, fuimos muy prácticos; lo que nos obsesionaba era atender a más gente en el menor tiempo posible”, explica Labarthe. Como organización civil, dependiente de donativos, tenían un límite para ayudar.

Tal vez la crítica mayor a este banco esté asociada a las tasas de interés, 73% promedio anual, cuando en América Latina ronda 30%. “Están totalmente equivocados, sus prioridades están mal”, declaró el premio Nobel Muhammad Yunus a la revista BusinessWeek en 2007. El Grameen Bank que él fundó en Bangladesh cobra un interés de 20%.

“El profesor Yunus considera que el modelo de microfinanzas es uno de cero rentabilidad”, defiende Labarthe, “nosotros pensamos que ambos modelos pueden coexistir, y que hay segmentos que sólo pueden ser atendidos a través de la filantropía, y otro que bien puede ser atendido por la iniciativa privada”.

¿Por qué cobran tasas tan altas? “Por el saldo promedio tan bajo”, dice Labarthe. “Si les prestáramos 20,000 o 50,000 pesos, podríamos prestar a una tasa supercompetitiva, pero nuestro crédito promedio es de 4,900 pesos y 30% de eso se va en costo operativo”, explica Álvarez Toca.

Y ¿están cambiando vidas como se propusieron desde muy jóvenes? “El impacto en la vida del cliente es bien difícil de medir”, responde Labarthe. Pero lo sabrán dentro de dos años. La organización Innovations for Poverty Action estudia el impacto que tiene en las personas y comunidades, en el ingreso personal y el emprendedurismo de 250 comunidades del norte.

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