Mexicano realiza sueño como juez de OMC

Ricardo Ramírez es miembro del Órgano de Apelaciones, el máximo tribunal del comercio internacional; el abogado de 40 años influye en fallos en que miles de millones de dólares suelen estar en juego.
Ricardo Ramírez Hernandez  (Foto: Fernando Villa)

A las cinco de la mañana del 19 de junio, Ricardo Ramírez Hernández recibió una llamada telefónica de Ginebra, avisándole que acababan de nombrarlo juez del tribunal que quizá tiene el mayor impacto económico en el mundo: el Órgano de Apelaciones de la Organización Mundial de Comercio (OMC).

Al colgar, el abogado mexicano de 40 años pensó en su padre, Guillermo, quien en ese momento convalecía en un hospital de la Ciudad de México. Fue el primero al que quiso darle la buena noticia y en cuanto pudo, lo visitó. Consciente del mérito, su padre lo abrazó y se soltó a llorar.

Como uno de los siete jueces del tribunal de la OMC, Ramírez Hernández influirá en los fallos del organismo sobre disputas que involucran normas de comercio internacional, en las que miles de millones de dólares suelen estar en juego.

Desde esa posición, es probable que revise el litigio entre Estados Unidos y la Unión Europea por el caso de subsidios de las firmas Boeing y Airbus, o la disputa entre China y EU por subsidios a las exportaciones del país asiático.

El Órgano de Apelaciones de la OMC es un tribunal de última instancia y desde 1995 ha emitido 96 fallos, que representan 30% de los casos concluidos por los paneles de solución de controversias. “Los litigios entre los estados son los de más alto nivel”, afirma Ramírez Hernández, quien en la última década ha defendido tanto los intereses comerciales del Estado mexicano como los de la iniciativa privada.

El abogado cursó una maestría en Derecho Comercial Internacional en el Washington College of Law de la American University en 1994, con ayuda de una beca y el apoyo de su padre, economista y profesor emérito de la UNAM. Su familia, de hecho, tiene una larga tradición docente.

La última y punto
Gracias a una cuba que no se quiso tomar, entró a trabajar a la Secretaría de Economía. Tras concluir sus estudios en Washington en 1995, Ramírez Hernández se reunió con sus ex compañeros de preparatoria en el DF, quienes le rogaron que se tomara una copa más, pero él la rechazó.

Salió con prisa a una cita que tenía con una conocida suya, Gabriela Martin. Ella le dijo que había una vacante en la Secretaría de Economía y se ofreció a llevar su currículo, el cual fue aceptado por Hugo Perezcano, entonces titular de la Dirección de Consultoría Jurídica de la dependencia.

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“Cuando lo entrevisté, me dio buena impresión. Era un abogado sólido y dedicado”, comenta Perezcano, quien en ese mismo año, el primero después de la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, lo nombró consultor jurídico adjunto de Negociaciones. “Ricardo fue mi brazo derecho”, agrega.

En esa área de la dependencia pasó los siguientes 11 años y brindó asesoría jurídica sobre todos los tratados de libre comercio (TLC) suscritos por México; además, representó al país en varios litigios ante la OMC y otros mecanismos de solución de controversias comerciales internacionales.

Ahí conoció a varios funcionarios que influyeron en su formación, como Herminio Blanco, Jaime Zabludovsky y Luis de la Calle. Y viajó intensamente: recorrió más de un millón de millas y visitó más de 30 países.

Por temporadas laboraba jornadas de más de 12 horas y cuando se requería, trabajaba sábados y domingos. “Durante ese tiempo, no fui Ricardo Ramírez, fui México, y eso implica una gran responsabilidad”, afirma.

A la par de su trabajo como asesor jurídico del gobierno, dio clases en la UNAM sobre Derecho y Comercio Exterior.

Práctica internacional
En julio de 2006, Ramírez Hernández tomó una decisión clave: dejó la Secretaría de Economía y se incorporó al sector privado, donde litigó del otro lado de la mesa. Trabajó más de dos años en el despacho Thatcher Proffitt & Wood y, posteriormente, cuando éste fue disuelto en diciembre de 2008, pasó a formar parte del bufete Chadbourne & Parke, como consejero jurídico y director de la Práctica de Comercio Internacional para América Latina.

Ahí, defendió a empresas comerciales afiliadas a la ANTAD y a compañías exportadoras de China contra las cuotas compensatorias impuestas por México a diversos productos de ese país. Lo hizo por dos razones: porque no había otros clientes disponibles en ese momento, pues las cámaras empresariales ya tenían despachos jurídicos que las representaran, y por convicción propia, ya que considera que en el comercio debe prevalecer un equilibrio entre los intereses de la industria nacional y la oferta de precios competitivos para los consumidores

“En ese asunto también estaban involucrados más de 100 millones de consumidores. Un mismo encendedor vale 10 centavos de dólar en China, contra 1 dólar en México. A ellos estaba defendiendo”, argumenta.

Según las reglas de la OMC, Ramírez Hernández podrá seguir ejerciendo en el sector privado, siempre y cuando no haya un conflicto de interés. Ahora, se apresta a defender a acereras mexicanas contra cuotas antidumping.

“Es un giro de 180 grados pasar del sector público al privado. En el caso de Ricardo, ha sido una transición muy buena y rápida; le ha ayudado su sencillez y transparencia”, dice José Antonio Chávez, socio de Chadbourne & Parke.

Ramírez Hernández se suma a otros destacados jueces mexicanos que hoy ocupan puestos clave en organismos multilaterales. Pero a sus 40 años, es uno de los jueces internacionales más jóvenes.

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Aquel 19 de junio canceló un festejo que había programado con sus amigos, por la convalecencia de su padre. En cambio, acudió a una cita con Beatriz Leycegui, subsecretaria de Comercio Exterior, quien lo propuso para la OMC.

En el mundo, alrededor de un millar de personas litigan casos ante la OMC. “Éste es un sueño para cualquier abogado que se dedica a esto”, concluye Ramírez Hernández.

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