Efectos de los nuevos centavos ‘bonsái’

¿Qué significa tener monedas del tamaño de un lente de contacto?, se pregunta Luis Miguel González; más allá del ahorro en la factura de monedas, González analiza los efectos del ‘bonsái numismático’.
centavos  (Foto: Cortesía)
Luis Miguel González

¿Desde cuándo comenzamos a cultivar el bonsái numismático? Me pregunté cuando vi las nuevas monedas de 10, 20 y 50 centavos. Mientras las miraba recordé el título de aquel libro tan popular en los 60: Small is Beautiful (Lo pequeño es hermoso). Es hermoso… cuando es hermoso.

Las nuevas monedas son 22% más chicas que sus predecesoras. Quedó atrás la era del cobre y el aluminio. Llegaron las miniaturas de acero inoxidable. La más pequeña de las nuevas monedas mide 14 milímetros de diámetro y es apenas más grande que el botón de una camisa formal de caballero. Será fácil perderlas, aunque muy pocos se molestarán en recuperarlas. Se necesitan 60 monedas como ésa para comprar un refresco y una montaña de ellas del tamaño de un refrigerador no alcanzaría para comprar un refrigerador.

¿Qué efecto tiene en una población tener moneditititas? La pregunta no es ociosa en un país donde las crisis golpean la autoestima y ponen al día las fisuras de la identidad. Una cosa es saber que los tiempos de los pesos de plata se acabaron y otra es confrontarse con monedas que pueden confundirse con frijolitos.

El académico Marc Shell, de Harvard, le dedicó un libro al efecto que tuvo el paso del dinero en monedas de metales preciosos al papel moneda. Esta transición tuvo un enorme impacto en la cultura durante los siglos que van del Renacimiento hasta la Revolución Industrial, asegura Shell en Dinero, lenguaje y pensamiento, publicado por el Fondo de Cultura Económica en 1985. El dinero es una forma de pago y un productor de sentido en la interpretación del mundo, plantea este académico, que rastrea en las obras de Shakespeare, Edgar Allan Poe y algunos filósofos para fundamentar sus argumentos. La forma que tiene el dinero en una época determina la forma en que piensan las personas que viven en ese momento.

No vivimos el periodo más brillante de nuestra historia numismática. Las monedas de 10, 20 y 50 centavos nos lo recuerdan. Japón y Gran Bretaña han lanzado concursos internacionales para el diseño de nuevas monedas. En México, esas monerías no están en el primer lugar de las preocupaciones de nuestros funcionarios. Con trabajos tenemos las ediciones conmemorativas del Centenario de la Revolución y el Bicentenario de la Independencia.

Las nuevas monedas son igualitas a las viejas, pero en tamaño petit y sin colores dorados. Nadie dirá que son bonitas. No hay nada que las emparente con las mejores obras de nuestra numismática, como el Peso de caballito, que diseñó el francés Pillet para conmemorar el Centenario de la Independencia. Tampoco hay un vestigio del humor de esas piezas que decían “Muera Huerta”, acuñadas por Pancho Villa.

El mejor elogio que se les puede hacer es recordar que permitirán un ahorro de 300 millones de pesos. Se harán del material que antes sobraba de la elaboración de las monedas de cinco, dos y un peso, como el centro de las donas que venden en algunas panaderías.

El mundo va hacia la nanotecnología y nosotros entramos a la era de las monedas de Lilliput. Lo pequeño es hermoso, pero también puede ser deprimente, aunque tenga sentido económico e industrial. Hacer monedas más chicas es un acto digno de elogio en un año de crisis, porque siempre será una buena acción el buscar ahorros. Había desperdicio y eso se acabó, podemos inferir de lo dicho por Manuel Galán, director general de Emisión del Banco de México.

Más allá del ahorro en la factura de la moneda, está la cuestión: ¿qué significa tener monedas del tamaño de un lente de contacto? En México circulan 22,000 millones de monedas, según las estadísticas del Banxico. Recortar 22% a millones de monedas es producir un mensaje. Algunos entenderán que se trata de una estrategia para hacer más eficiente la producción de la moneda. Otros se quedarán con la sensación de que nuestra divisa se está encogiendo. El riesgo de que la falsifiquen es mínimo. La posibilidad de que nadie las quiera es máxima. Si se trataba de ahorrar, ¿no habría sido mejor eliminar las monedas de 10 y 20 centavos?

El autor es director editorial del diario El Economista.
Comentarios: opinion@expansion.com.mx

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