Bienvenidos a Austeritlán

Luis Miguel González, director de El Economista, se pregunta cuánta austeridad habrá en el gobierno; dice que por ahora es un discurso omnipresente que no garantiza pasar de las palabras a los hechos.
austeridad  (Foto: Archivo)
Luis Miguel González

“It’s the end of the world as we know it, and I feel fine” (Es el fin del mundo tal y como lo conocemos, y yo me siento bien), dice una canción de la banda de rock REM. Es el fin de la era del gobierno obeso y yo me siento bien. Cómo no sentirse bien porque viene una era de austeridad del sector público y eso tiene algo de virtuoso. No fue fácil. Se necesitó una crisis mundial, el agotamiento del yacimiento de Cantarell y el desplome de los ingresos fiscales, relacionada con la virulenta versión local de la gran depresión internacional.

Austeridad quiere decir severidad, rigidez, además de ausencia de adornos. Nadie quiere un gobierno más rígido, pero lo demás es otra cosa. Todos sabemos lo caro que nos cuestan los adornos en los actos oficiales, en las obras públicas, en los funcionarios y en la corte que los acompaña.

Austeridad es la palabra sofisticada del momento, aunque el gobierno llegó tarde al coro. Los hogares y las empresas tienen meses en ello y decenas de otros gobiernos también. En Estonia se redujeron 10% los salarios de todos los trabajadores del sector público y en Hungría se revisó el sistema de pensiones: aumentó la edad de retiro y bajó 8% la pensión de jubilación. En el campo de las ideas, destaca el caso inglés, donde la austeridad encendió un debate que lleva casi un año. Los ingleses temen que la austeridad no pase del discurso; que sea el pretexto para eliminar programas sustantivos y que atente contra la libertad de elegir al reducir las opciones.

No será fácil aplicar la dieta de la austeridad en México. Tenemos una burocracia dorada que se acostumbró a los privilegios de la segunda bonanza petrolera. Los ejemplos de consumo conspicuo de la clase gobernante son abundantes. Cómo ignorar el hecho de que hasta la compra de patrullas se volvió pretexto para el derroche. Hay alcaldes de municipios miserables que tienen camionetas oficiales con valor cercano al medio millón de pesos. Abundan las oficinas de superlujo pagadas con recursos públicos. Las prestaciones de legisladores y altos funcionarios compiten con las otorgadas a ejecutivos de las empresas más ricas de México.

Los sueldos del sector público se dispararon y perdieron relación con sus referentes en el mercado. El decreto para evitar que algún funcionario gane más que el Presidente no garantiza nada. El primer mandatario gana 146,850 pesos. Más de uno se atreverá a asignar un sueldo que no pase de los 146,849 pesos. Hay decenas que ganan más de 80,000 pesos, aunque su nivel de competencia no les permitiría ganar la mitad de eso en el sector privado.

¿Qué tan lejos llegará la austeridad del gobierno? Por ahora se ha convertido en un discurso que está en todo lugar, aunque no garantiza que pase de las palabras a los hechos. La austeridad tiene una dimensión presupuestal, otra política y una simbólica. Es necesaria para bajar una parte del déficit público, pero sobre todo para mandar un mensaje: el gobierno va en el mismo barco que los hogares y las empresas. Esto no ocurrió en los primeros nueve meses de la crisis. Teníamos una sociedad pobre y un gobierno rico. No era raro encontrar funcionarios que no entendían el tamaño de la crisis. Vivían en una burbuja que ya estalló. En Guerrero, un ayuntamiento cerró sus puertas por no poder pagar. En Colima, otro canceló el teléfono.

La austeridad no resolverá el déficit fiscal, pero sí puede contribuir a reducir la brecha que separa al gobierno de los ciudadanos. La solución al desbalance de las finanzas públicas requiere reinventar el sistema tributario y un pacto que restaure la confianza.

La cohesión social en los momentos más difíciles depende del grado en el que el sufrimiento sea repartido de forma equitativa y clara, dice David Kynaston, historiador británico que escribió Austerity Britain, un recuento de la austeridad que vivió Gran Bretaña durante la Segunda Guerra Mundial.

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¿Estamos repartiendo con transparencia y equidad el sacrificio de la crisis? Esto es clave en un país que tiene una disparidad más cercana a África que a la utopía. La riqueza no se reparte así, pero debemos hacer un intento para que los esfuerzos asociados a la crisis sí. Es una cuestión de justicia, pero también de cohesión social.

El autor es director editorial del diario El Economista.
Comentarios: opinion@expansion.com.mx

 

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