Cambios en empresas deprimen a empleados

Luis Miguel González opina que la reestructuración corporativa obedece a cambios del mercado; el director editorial de El Economista explica que el estrés y las insatisfacciones son comunes.
estres  (Foto: Jupiter Images)
Luis Miguel González*

“¿Cuál fue la historia económica de 2009?”, me preguntó un colega español. Luego de pensar, respondí: la ola de suicidios en France Telecom. “¿Cómo?”, dijo mi interlocutor: tuvimos el inicio de la recuperación en EU; el renacimiento de Ford; el destape de Bernard Madoff; la consolidación de China como potencia; la Brasilmanía y la saga del cambio climático.

Su insistencia me obligó a elaborar mi argumento: nos encontramos con una gran historia, en la que un asunto administrativo se convirtió en un asunto existencial o viceversa.

La reestructura de una de las mayores compañías del mundo se convirtió en el detonador de una ola de suicidios. En Francia, donde les gusta filosofar, resucitaron las teorías de Emile Durkheim, uno de los fundadores de la sociología moderna, sobre el suicidio, la obra del filósofo y sociólogo Herbert Marcuse acerca del papel de las corporaciones en la sociedad y, siguiendo la tradición de intervención estatal, se preguntan ¿qué debe hacer el gobierno en un caso como éste?

La historia es impresionante. Un hombre se infligió algunas puñaladas en medio de una junta de trabajo. Una mujer de 32 años se arrojó de un cuarto piso, luego de mandar un correo electrónico a su padre: “He tomado la decisión de matarme. No soporto la reorganización”, fueron sus palabras.

La empresa contrató consultores laborales y detuvo el plan de reestructura que ha recortado 22,000 plazas desde 2006. Su presidente está en un dilema: la reorganización no era un capricho, sino la respuesta a un cambio en las condiciones del mercado. Pasó de ser un monopolio estatal a una multinacional con decenas de competidores. Estaba diseñada para ganar en una era de telefonía fija y hoy se encuentra en la guerra de la telefonía digital y el triple play. Hay una fuerte tensión entre la ‘tradición’ de respetar los derechos de los trabajadores y la necesidad de ser más competitivo. Lo que es bueno para los trabajadores, es malo para la compañía.

Cambiar no es una opción. Los tiempos acallan las dudas, pero no resuelven los grandes dilemas ni los detalles: ¿Cuánto cambio es capaz de soportar una organización y qué tan rápido?, ¿dónde está el límite al cambio?, ¿cómo se deben compartir el peso y el estrés de los cambios?, pregunta Gill Corkindale, de Harvard Business Review.

El tema atrae porque es universal. Nadie en su sano juicio puede decir que el caso de France Telecom es una excentricidad gala. Reestructura es una palabra de moda y el malestar, un sentimiento generalizado. El estrés abunda y la insatisfacción con el trabajo es la regla, más que la excepción. En México no hay estadísticas de calidad sobre la situación mental y emocional de los trabajadores, pero el índice de confianza del consumidor refleja, de manera indirecta, que el pesimismo está en sus niveles máximos en los hogares.

En EU, es claro que hay una tendencia. La proporción de trabajadores que profesan lealtad a su patrón pasó de 95 a 39% entre junio de 2007 y diciembre de 2008, según el Center for Work Life Policy. Los suicidios relacionados con estrés laboral crecieron 28% entre 2007 y 2008. En Europa, la tasa es aún mayor, según The Economist.

Somos lo que hacemos, decía Emanuel Kant hace dos siglos. Entonces nadie hablaba de la urgencia de encontrar el equilibrio entre la vida y el trabajo. Hoy es uno de los grandes temas. Es más frecuente que los problemas laborales estén en el centro de nuestra vida, por encima de los sentimentales o familiares. “Es uno de los grandes asuntos en el diván, los mexicanos estamos obsesionados con lo que pasa en nuestro trabajo”, dice Moisés Rozanes, destacado psiquiatra.

La era digital complica las cosas. Las computadoras portátiles y los teléfonos inteligentes han convertido la recámara en oficina, los fines de semana en territorio laborable. Para muchos es imposible separar el trabajo de la vida. La vida es trabajo y el trabajo es la vida, hay pocas cosas en medio.

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¿Es posible ser feliz, en medio de la obsesión por la productividad?, se pregunta el filósofo Alain de Boutton. No tenemos la respuesta, por eso es tan interesante la historia de France Telecom. Por eso es la historia económica del año, cuando menos para el que esto escribe.

*El autor es director editorial del periódico El Economista.
Comentarios: opinion@expansion.com.mx

 

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