Ojo México: cuidado con copiar a Brasil

El “boom” del país de Lula da Silva despierta envidia pero los mexicanos no deben seguir su ejemplo; el país sudamericano aún tiene deficiencias importantes en su infraestructura.
brasil 5  (Foto: Especial)
Hernán Iglesias Illa

Brasil está en el mejor momento de su historia.

En septiembre del año pasado, 100 hombres y mujeres reunidos en Copenhague le dieron a Río de Janeiro la sede de los Juegos Olímpicos de 2016 y el mundo tomó el nombramiento como una coronación, como el reconocimiento mundial de que Brasil, el gigante bondadoso de las promesas eternas y los fracasos permanentes, por fin había encontrado su lugar y su rumbo.

No era un cambio repentino: en los últimos años, Brasil descubrió reservas de petróleo que pronto lo convertirán en una potencia energética global. Sofisticó su macroeconomía y sus mercados de capitales hasta recibir el grado de inversión de las calificadoras y la declaración de amor de quienes mueven el dinero. Impulsó tanto el consumo de sus trabajadores que, por primera vez en su historia, y después de dos siglos de pobreza extrema, más de la mitad de los brasileños pertenecen a la clase media. Y se consiguió un presidente como Luis Inácio Lula da Silva, que tiene la biografía, el carisma y la sensatez necesarios para convertirse en símbolo y síntoma del ascenso del país.

Después de la crisis financiera global, Brasil fue uno de los últimos países en entrar en recesión y uno de los primeros (después de sólo dos trimestres de estancamiento) en volver a crecer: fue uno de las pocas naciones del mundo con crecimiento positivo en 2009 (0.21%). Muchas de sus empresas más grandes, después de medio siglo refugiadas en el mercado interno, han salido al mundo exterior y han comprado rivales en Asia y en Europa. Cuando el Comité Olímpico Internacional (COI) abrió el sobre y dijo “Río de Janeiro”, pareció que el organismo no sólo le estaba otorgando los juegos, sino que también le estaba dando a Brasil, que además será la sede de la Copa del Mundo de futbol de 2014, la certificación de su condición de país indispensable.

En el mismo periodo, México viajó, o pareció viajar, en la dirección contraria. Los elogios que hoy se dedican a Brasil son los mismos que recibía México hace una década, después de firmar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, recuperarse rápido de la crisis de 1994-1995 y terminar en paz las siete décadas de gobierno del PRI.

En los últimos dos o tres años, sin embargo, casi todas las noticias generadas por México han contribuido a hacerle perder su lugar de buen alumno y miembro inminente del club de la prosperidad: para el resto del mundo, ha sido uno de los países más afectados por la recesión global (su economía cayó casi 7% en 2009), donde la guerra del presidente Calderón contra el crimen organizado parece haber aumentado los índices de violencia, en lugar de reducirlos, donde las divisiones políticas parecen impedir cualquier tipo de reforma sustancial y donde la epidemia global de influenza A H1N1 tuvo su origen y su momento de mayor paranoia.

Si nos guiamos por estos dos retratos y por el rumor de los inversores, los medios de comunicación y los políticos –Brasil en el cielo; México en el purgatorio–, parece haber una sola conclusión posible: Brasil avanza por la carretera del desarrollo mientras México, apeado y sin gasolina, lo mira alejarse a toda velocidad. Pero ¿es así?, ¿es cierto que Brasil ha entrado en un proceso irreversible de prosperidad y grandeza y que México, por el contrario, está condenado a conformarse con su supuesta confusión actual? Por lo que Expansión pudo observar a mediados de diciembre en São Paulo, donde visitó a diversos especialistas y conversó con decenas de observadores locales y extranjeros, la respuesta a esta pregunta es mixta y no demasiado concluyente. “Lo que está ocurriendo es real.

Estamos viendo despertar a un gigante”, dijo Ignacio Peña, socio y director gerente de Boston Consulting Group en São Paulo. Ésa parece ser la visión general. También es cierto, sin embargo, que la bonanza de Brasil es bastante más difícil de explicar de lo que sugieren sus números o la profundidad de las reformas, y que el crecimiento de su economía ha recibido desde 2003 un empujón importantísimo de la buena suerte, un factor del que pocos paulistas se atreven a hablar.

Para México, que en estos años ha tenido bastante mala suerte, la lección es doble. Por un lado, aprender de las dos cosas que Brasil ha hecho especialmente bien en la última década: 1) Petrobras y 2) Un mercado local de capitales ágil y profundo como pocos en el mundo. Por el otro, México debe darse cuenta de que aunque Brasil parece lejos, no está tan lejos, y que en muchos aspectos –violencia narco, desigualdad social, burocracia infinita, corrupción, barreras al comercio, educación, infraestructura– su desempeño está tan o aún más necesitado de reformas que el de México. Brasil prospera, pero no es, o no debería ser, un modelo para México.

Es un viernes de diciembre en Itaim Bibí, un barrio de restaurantes modernos y torres residenciales y de oficinas en el suroeste de San Pablo. En los cafés, jóvenes profesionales de los negocios o el diseño, no muy distintos de los que ahora mismo caminan por la Condesa o la colonia Roma, planifican el fin de semana. En uno de estos cafés, Ricardo Amorim, un ex economista de Wall Street reconvertido en presentador de televisión, dice que puede resumir la alegría brasileña y la desesperanza mexicana en una sola palabra. Toma aire y, con una sonrisa un poco teatral, dice: “China”.

No son muchos los que en São Paulo admiten tanta influencia de China –o, lo que es casi lo mismo, de la suerte– en el auge de Brasil. Para Amorim, en cambio, el ingreso de China a la Organización Mundial del Comercio, en 2001, fue un cambio enorme, “más grande que la vida”.

Algo de razón tiene: la apertura de China no sólo puso en el mercado a 1,300 millones de consumidores de los productos básicos que produce o producirá Brasil (soya, pollos, hierro, petróleo), sino que, además, puso en el mercado una cantidad similar de trabajadores baratísimos que compiten con los de México. Esta sacudida benefició a Brasil más que a casi ningún otro país y, al mismo tiempo, perjudicó a México más que a casi ningún otro país.

“Por eso, todo esto que está pasando”, dice Amorim, ofreciendo un extraño consuelo, “no ocurre ni por errores de México ni por méritos de Brasil, sino por fuerzas mucho mayores en la nueva economía mundial”.

Otra fuerza de la nueva economía mundial que tampoco ha ayudado a México es el repentino traspié de Estados Unidos como locomotora del consumo global. Cuando en 1994 lo vio atar su destino al de sus vecinos del norte, Brasil envidió a México. Ahora, por supuesto, lo envidia menos. Estados Unidos es, aun así, el mayor comprador de productos brasileños, pero, mientras México envía a EU 75% de sus exportaciones, Brasil sólo manda 14%.

Amorim, que cree en las explicaciones macroeconómicas más que en ningunas otras, prevé futuros poco alentadores: “Lamentablemente para México, yo creo que la fortaleza de China y la debilidad de Estados Unidos van a continuar durante varios años más”. 

grafico-2.jpgEn São Paulo, el mundo de los negocios parece estar de acuerdo con Amorim: no tanto por la importancia de China –a la que en general se prefiere asignarle una importancia menor–, sino por el optimismo casi irreductible que se vive en la ciudad. Una vez le pedí a un economista no brasileño que me recomendara algún colega suyo brasileño con una visión escéptica sobre el fenómeno de Brasil. “No hay”, me respondió, riéndose. “Brasileño y escéptico son dos conceptos que nunca pueden ir juntos”. Es tanto el optimismo alrededor de Brasil que a veces es difícil distinguir entre los progresos fundamentales y los entusiasmos efímeros de los inversores. La Bolsa de São Paulo subió en 2009 casi un 100% en reales y un 150% en dólares, el triple que el IPC de México y seis veces por encima del Índice Dow Jones de Nueva York. ¿Es justificable tanta euforia? En São Paulo es difícil pronunciar la palabra ‘burbuja’ sin ser acusado de envidioso o malintencionado. A principios de diciembre, en São Paulo Paul Krugman, ganador del Premio Nobel de Economía en 2008, dio una conferencia en un instituto local y dijo que había vendido sus inversiones en activos brasileños: “Brasil no será una superpotencia en 2010”, dijo Krugman, “pero los inversionistas ya están colocando esa posibilidad en los precios de hoy”. Al otro día, el Índice Bovespa y los analistas brasileños le respondieron a Krugman con una nueva subida y pronósticos todavía más sonrientes sobre los próximos meses. “Muchas veces, cuando la gente dice que un país está de moda”, explica un economista y consultor brasileño, “lo que verdaderamente quiere decir es que está de moda para los inversionistas financieros, para quienes las modas tienden a ser bastante efímeras”.

Todo puede provocar una sensación extraña. A veces, cuando se les preguntaba a los economistas, académicos y consultores qué era específicamente lo que diferenciaba al Brasil burbujeante del México supuestamente deprimido, las respuestas eran demasiado abstractas, o no del todo convincentes. Paulo Sotero, por ejemplo, brasileño y director del Centro de Estudios Woodrow Wilson en Washington, dice que el despegue de Brasil le parecía “bastante genuino” y que se debía sobre todo a tres condiciones: “Democracia, estabilidad política y continuidad macroeconómica”. La respuesta es sensata porque describe tres procesos que han sido fundamentales en Brasil, que dejó atrás las dictaduras en 1986, la inflación en 1994 y los tipos de cambio fijo en 1999.

Desde entonces, los gobiernos de Fernando H. Cardoso y Lula Da Silva han manejado los grandes hilos del país de manera similar: inflación baja antes que nada. La respuesta, sin embargo, es útil para hablar de Brasil pero no para diferenciarlo de México: que también ha tenido democracia (desde hace menos tiempo que Brasil, pero el México pre 2000 tampoco era técnicamente una ‘dictadura’) y también ha logrado controlar los precios y establecer en el Banco de México un órgano confiable que garantiza estabilidad macroeconómica e inflación mínima. Si esto no es suficiente para México, ¿por qué sí lo es para Brasil? 

Quizás haya otras cuestiones en juego. Una tarde en São Paulo durante una conferencia de prensa de la poderosa FIESP, la asociación de los empresarios industriales paulistas,  el funcionario Paulo Skaf, un tipo delgado y de nariz aguileña, no podía ocultar su alegría. Dijo que su previsión de crecimiento para la economía de Brasil en 2010 era de 6.2% (las de otros analistas rondan entre 3 y 5%) y repitió el párrafo que en São Paulo parece haberse convertido en un evangelio: “Estoy muy animado por las perspectivas de Brasil no sólo para 2010, sino para los próximos años”, dijo Skaf. “Brasil ya no es más el país del futuro. Es el país del momento. Tenemos un escenario muy favorable en el largo plazo”. El país está tan convencido del largo plazo que ha elegido no prestarle demasiada atención al presente. Skaf, por ejemplo, podría estar en estos días protestando contra el gobierno de Lula, pidiéndole que haga algo con la sobrevaluación del real, que cerró 2008 en 2.40 reales por dólar y terminó 2009 en alrededor de 1.75 reales por dólar. Sin embargo, Skaf y sus colegas se comportan como otro grupo de porristas. “Un poco protestan, porque exportan menos, pero en el fondo han aprendido que la sobrevaluación es parte del precio de vivir con un tipo de cambio flotante”, me dijo un banquero argentino. Por otra parte, Skaf y el resto de los manufactureros brasileños siempre podrán compensar la sobrevaluación gracias a su enorme mercado interno, que décadas de aranceles altos han mantenido bastante a salvo de la competencia extranjera. “Por más que te afirmen otra cosa, Brasil es un país proteccionista”, dijo Jan Claudius Knizek, un consultor y empresario mexicano que lleva más de 30 años en São Paulo. México está mucho más abierto al mundo: la suma de las exportaciones e importaciones de Brasil equivale a 22% de su PIB; las de México equivalen al doble, casi 45% de la economía.

grafico-1.jpg Su próxima condición de doble anfitrión global (Mundial en 2014, Juegos Olímpicos en 2016) ha provocado un extraño efecto psicológico en los brasileños, que toman ambos eventos más como una confirmación de su grandeza que como un desafío. El ejemplo de México, que también recibió ambos acontecimientos en el lapso de dos años, quizás podría servirles para moderar su entusiasmo. Los Juegos Olímpicos de 1968 en México comenzaron apenas dos semanas después de la matanza de Tlatelolco, y el Mundial de 1970 coincidió con la elección de Luis Echeverría, que eligió el populismo petrolero y abandonó el exitoso desarrollo estabilizador de los años 60. Para México, los juegos y el mundial significaron el final de la prosperidad y el comienzo de una década de inflación y endeudamiento que terminarían con la crisis de 1982. Brasil debería aprender de México que recibir dos eventos de esta naturaleza tiene un enorme poder simbólico pero que no soluciona los problemas ni los desafíos de la economía real o de representación política. Y Brasil, como México, tiene muchos problemas y desafíos.

Uno de esos problemas, según admiten los propios brasileños, es el bajo nivel de ahorro de una sociedad obsesionada por el consumo. Los analistas creen que si Brasil quiere mantener durante 10 o 20 años un crecimiento de 5 o 6% anual, lo primero que debe hacer es mejorar su tasa de inversión, que hoy ronda 18% del producto bruto y acercarla al 25% que recomiendan los especialistas. (México ya ha atravesado ese proceso: durante décadas su tasa de inversión estuvo entre 16 y 20% y ahora ha crecido a 24%; la de China supera el 40% y la de India, 30%.) “El motor de la economía hoy por hoy es el consumo”, me dijo un economista de São Paulo. “La propensión del brasileño a consumir es enorme”, describió Knizek.

Hay ocasiones en que es la propia naturaleza la que le recuerda a Brasil el recorrido que le falta. En la tarde de mi último día en São Paulo, una tormenta tomó fuerza y se dejó caer durante dos horas de lluvia intensa. Cuando terminó, la ciudad estaba paralizada, los dos ríos que la recorren estaban desbordados y seis personas habían muerto. Los comentaristas de los diarios, al día siguiente, decían cosas como: “No es posible que en un país como Brasil sigan ocurriendo estas cosas”. Existe claramente una distancia entre el destino posible y la realidad, que le muestra otra cosa.

Por ejemplo, con la infraestructura: Brasil es un país que ha crecido por encima de sus costuras. Su sector agroindustrial es uno de los dos o tres más avanzados y productivos del mundo, pero los granos después viajan en camiones viejos, en carreteras malísimas, y se acumulan durante semanas en puertos desorganizados y burocráticos.

La situación de la educación no es mucho mejor. La queja de moda en São Paulo, entre empresarios y ejecutivos de multinacionales, es decir que la oferta de puestos calificados es muy superior a la demanda: no encuentran candidatos para los empleos del nuevo Brasil sofisticado. Tampoco son espectaculares sus puntajes sobre funcionamiento de la justicia, de la policía o las instituciones políticas. “Sin una renovación y un fortalecimiento de estas instituciones, el despegue de Brasil no puede sostenerse en el tiempo”, apunta un logo brasileño que apoya al gobierno de Lula. “Brasil tiene que aprovechar este momento para hacer reformas”, agregó Sotero. Cuando abandonan el propagandismo, los especialistas brasileños parecen estar sorprendentemente de acuerdo sobre qué tipo de reformas necesita el país para mantener el ritmo de crecimiento o madurar como sociedad. Primero, una reforma impositiva, que alivie o distribuya mejor la enorme presión impositiva de Brasil, que recauda en impuestos 38% de su PIB. (México, que tiene el problema contrario, obtiene sólo 10% de su producto en impuestos.) Pagar impuestos en Brasil es una tarea titánica y kafkiana: las compañías grandes contratan a ejércitos de contadores para asegurarse de que el gobierno no tenga ninguna excusa para investigarlas. Los sectores empresarios también piden reformas laborales (poder contratar y despedir empleados con más facilidad) y del sistema de pensiones y casi todo el mundo está de acuerdo en que hace falta una reforma política, para reducir la cantidad de partidos (ahora hay más de 30 bloques en el Congreso), disminuir o controlar la corrupción y aumentar la transparencia. “Hoy la regla es la impunidad”, señala un conocido editor paulista que pidió no ser nombrado.

La tasa de homicidios en Brasil está bajando pero aún es una de las  más altas del mundo. En São Paulo, la gente dice que la situación ha  mejorado mucho (en los últimos 10 años la tasa bajó de 40 a 22 asesinatos por cada 100,000 habitantes), pero aún es una ciudad donde se siente el peligro. En México, la tasa de homicidios fue de 10 muertes violentas por cada 100,000 habitantes en 2007.

Entonces, si a Brasil le falta todo esto, ¿qué es lo que ya tiene?, ¿qué reformas estructurales recientes le han permitido desatar esta nueva era de crecimiento y autoestima nacional? La respuesta más corta es “ninguna”. El chileno Sebastián Edwards, profesor de la Universidad de California y ex economista en jefe del Banco Mundial, se ha convertido en los últimos meses en uno de los críticos más notorios de Brasil. Dice que la “moda” de Brasil es poco más que un entusiasmo financiero de corto plazo. “La dinámica del crecimiento económico no tiene misterio. Cualquier estudiante sabe que es el resultado de una mayor productividad e innovación”, dice Edwards.

Entre 1990 y 2008, la productividad (dólares que genera cada hora trabajada) de Brasil creció muy despacio, a alrededor de 0.2% por  año. (La de México creció más rápido, pero no mucho más: 0.5% anual.) Cada hora trabajada en México genera 9.20 dólares, y en Brasil, 7.20. En Irlanda, para poner la cifra en perspectiva, cada hora trabajada  por un empleado promedio genera 30 dólares.

En cuanto a innovación, los brasileños están muy orgullosos de la fábrica de aviones Embraer, que ha conquistado el mercado mundial. Pero da la impresión de ser un caso aislado. Los brasileños, en todo caso, deberían sentirse orgullosos de Embrapa, el instituto de investigación estatal que ha sido determinante en la revolución agrícola que ha transformado el sur del país en las últimas décadas. Si hay un sector en el que Brasil es más productivo que nadie  no son sus manufacturas, sino sus productores de soya, pollo y jugo de naranja.

“Y en Brasil, la calidad de la educación es deplorable y los obstáculos burocráticos a la inversión son enormes”. Edwards tiene razón: el Brasil de hoy es esencialmente igual al de hace cinco años, con la ventaja de haber sido un exportador fenomenal de materias primas (agrícolas, mineras, energéticas) durante un boom de precios y volúmenes que duró varios años (y todavía se mantiene), haber construido una petrolera de clase mundial y viable políticamente (aunque esto está en peligro) y por haber logrado construir un ecosistema financiero que es la envidia de México pero también de muchos países desarrollados. La mayor salida a Bolsa de 2009 en todo el mundo ocurrió en Brasil y ni siquiera fue una empresa brasileña, sino una filial local del Banco Santander, que recaudó 8,000 MDD en septiembre. En 2007, el último año antes de la crisis global, había registradas 64 ofertas públicas de acciones en São Paulo, más que en Londres. En México, la última empresa que puso sus acciones en la Bolsa fue la propia Bolsa Mexicana de Valores (BMV), en junio de 2008. Esta liquidez, aparejada con un vivaz mercado de deuda corporativa, ha atraído fondos de todas partes del mundo que se han reciclado, del otro lado de la cadena financiera, en préstamos para empresas medianas y, especialmente, en créditos para el consumo. Brasil es un país de tasas históricamente altas (aún hoy, cuando las tasas del resto del mundo están en 0% o apenas por encima, la tasa de referencia en Brasil está en 8.75%) y los índices a los que se endeuda la nueva clase media a veces parecen rozar la usura. Pero a estas familias jóvenes, que por primera vez acceden a productos como lavadoras o carros, sólo les preocupa cuánto es la cuota mensual. “No les molesta pagar el carro dos o tres veces lo que vale”, explica Knizek. La suma de todos los préstamos otorgados por los bancos de Brasil es equivalente a 50% de su PIB, una cifra muy inferior al 169% de Estados Unidos pero más del doble que el 22% de México.

Además, Brasil tiene a Lula, un emblema del nuevo país: nacido en el noreste pobre, criado en el São Paulo manufacturero y presidente de izquierda que elige consolidar la ortodoxia macroeconómica. Lula es reverenciado en todo el planeta –en diciembre, la portada de Rolling Stone decía, precisamente: “Lula no topo do mundo” (Lula en la cima del mundo) y en Brasil, donde tiene una popularidad superior a 80%. Una tarde de lluvia, la televisión transmitió a Lula siendo recibido en Alemania como a un pontífice: saludó a la primer ministro, Angela Merkel, y se colocó de perfil, recordando por un instante la silueta cobriza y plateada (con más barba y una docena de kilos extra) de Andrés Manuel López Obrador. ¿Podría AMLO haber sido el Lula de México?

Es una pregunta delirante y a estas alturas un poco inútil, pero tres años después del triunfo de Calderón a veces parece que el único que podría haber liberado los impulsos reformistas en México habría sido su principal opositor: López Obrador.

El mundo de los negocios de México, por supuesto, prefiere ni siquiera plantearse esta posibilidad, pero si vinieran a São Paulo y conversaran con sus colegas locales notarían algo curioso: en el único lugar de Brasil donde Lula no es popular es en las clases medias y altas de São Paulo, donde se le reconoce su talento político y su lucha contra la pobreza pero se minimiza su influencia en el despegue: “El trabajo duro lo hizo Cardoso, Lula tuvo suerte”, dice una línea habitual en Itaim Bibí y en Jardins, los barrios acomodados del suroeste paulista. “En la gestión económica, Lula no fue ni bueno ni malo. En la lucha contra la desigualdad sí tuvo una importancia positiva”, evalúa Amorim.

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Los lectores de Expansión podrían sentirse parte del mismo experimento: podrían preguntarse a quién apoyarían si fueran brasileños y vivieran en São Paulo y probablemente deberían responderse que estarían más cerca de la oposición que de Lula, cuyo carisma hipnotiza menos a quienes conviven con él todos los días. Le criticarían, como lo hacen los empresarios paulistas, la contratación de 100,000 funcionarios públicos, los arrumacos con Hugo Chávez y Mahmoud Ahmadinejad, la corrupción de sus primeros años de gobierno y el posible fin de la independencia gerencial de Petrobras. Amorim tiene una muy buena definición sobre la importancia de Lula: “Si a mí me dieran a elegir como presidente entre Lula y Calderón, yo elijo a Calderón”. El problema, como él mismo admite, no es de hombres: “Pero la influencia de China es demasiado fuerte, y por eso soy más optimista con el futuro de Brasil que con el de México”.

La cuestión sobre la importancia de Lula es aún más contradictoria si uno toma en cuenta que en octubre de este año habrá elecciones presidenciales en Brasil. Ninguno de los dos candidatos principales –la oficialista Dilma Rousseff, ubicada un poco más a la izquierda de Lula; y el centrista José Serra– no genera demasiado entusiasmo ni temor. Tampoco genera preocupación en los mercados el fin de la presidencia de Lula, a quien estuvieron a punto de voltear a fines de 2002, después de su triunfo electoral. Edwards es pesimista: “Brasil necesita una revolución productiva y de innovación”, dice. “Y no veo en Dilma o en Serra la capacidad política para liderar ese proceso”. En São Paulo la sensación es que el país seguirá en la misma dirección gane quien gane, que no hay grandes cambios de planes posibles ni necesarios. Como si el destino de grandeza de Brasil estuviera escrito en la Biblia de la globalización y fuera independiente de la política o de las finanzas. México sabe bien que ningún destino es irreversible.

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