El dilema de la banca politizada

Los bancos intervenidos por el Estado a fines de 2008 se enfrentan ahora a presiones políticas; los manifestantes argumentan que las instituciones rescatadas son ahora empresas públicas.
lloyds-banco-AP.jpg  (Foto: AP)
Matthew Lynn

Usted puede pensar que los banqueros sólo se preocupan por estados financieros, valoraciones de riesgo y bonos del Tesoro. Vuélvalo a pensar. Hoy en día, un banquero debe tener una postura definida sobre temas como los derechos de los aborígenes canadienses, el control de la industria británica en manos extranjeras y el drama de los desempleados en tiempos de recesión.

Bienvenido a la banca política.

A fines de 2008, los gobiernos intervinieron para rescatar bancos que estaban al borde de la quiebra. Recientemente hemos podido percibir algunas de las consecuencias de estas intervenciones. Los grupos de presión han decidido que si los bancos son un brazo del Estado, deben estar sujetos al mismo escrutinio que el gobierno.

Esta situación será catastrófica, ya que la banca política siempre es una banca deficiente. Ha quedado claro que los bancos tendrán que negociar cada vez más con cabilderos, sindicatos y equipos de campaña, en la medida en que las empresas estatales están forzadas a responder a cuestionamientos de interés público.

El Royal Bank of Scotland Group Plc, por ejemplo, ha sido señalado por grupos indígenas canadienses que buscan frenar los préstamos que el rbs otorga a compañías que invierten en la extracción de crudo pesado en los arenales de su país.

Cuando al rbs no lo fustigan por sus negocios con la industria petrolera, lo critican por su papel en la industria alimenticia. El banco es uno de los que financia a Kraft Foods en la compra hostil que la firma estadounidense lleva adelante por la chocolatera británica Cadbury Plc. Sindicalistas y políticos del Partido Laborista han exigido saber por qué un banco cuya propiedad mayoritaria es de accionistas británicos está colaborando con el desmembramiento de una prestigiosa compañía local de tradición.

De igual forma, el Lloyds Banking Group Plc tiene ahora que lidiar con sindicatos que se oponen vehementemente a sus planes de recortar empleos, luego de la absorción del banco hbos Plc.

Más vale que los banqueros se acostumbren a ello; este tipo de presiones van a escalar. El próximo año, es de esperar que los bancos rescatados por el Estado en Reino Unido, Francia, Alemania y Estados Unidos sean objeto de una creciente andanada de campañas de reclamos, protestas y cabildeos. Y, en rigor, muchos de los manifestantes y grupos de presión poseen un argumento válido.

Al fin y al cabo, es difícil entender la razón por la que el rbs debería ayudar a Kraft Foods a tomar control de una de las empresas más exitosas de Reino Unido. Si los bancos son protegidos por el gobierno, ¿por qué no habrían de serlo también los chocolateros? rsb ni siquiera podría alegar que está respondiendo a las demandas del mercado. En una economía de libre mercado, ese banco ya no existiría. En realidad, ninguna de las instituciones bancarias sostenidas por el Estado pueden ya rebatir los argumentos de los grupos de protesta.

El problema es que la banca política no funciona. Los bancos deben ser capaces de tomar decisiones sobre préstamos a partir de criterios comerciales. De otro modo, terminan prestando dinero a gente que no les puede pagar. Y se les debe permitir reducir gastos a través de eficiencias, aun cuando eso signifique recortar empleos. Si no lo hacen, ¿entonces cuál fue el propósito de esas fusiones?, ¿cómo recorren el camino de regreso a la rentabilidad?

Pronto, el principal objetivo de los bancos del gobierno será evitar ofender a grupos de interés político; no hacer dinero. Tiene que existir una mejor opción.

No tiene sentido imaginar que los bancos puedan tener al Estado como su principal accionista durante muchos años. Se verán obligados a tratar con la constante interferencia política, y eso redundará en su decadencia como negocios.

Durante la crisis financiera, hubo una buena razón para que el Estado interviniera a fin de rescatar los bancos. No hay razón para que los mantenga perpetuamente en propiedad.

Sería mejor dividirlos en unidades que puedan ser rescatadas y retransferidas a manos privadas lo más pronto posible. Y aquellas que no se puedan salvar deberían ser cerradas.

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Los bancos políticos son manejados de manera ineficiente e incurrirán en enormes pérdidas mientras tratan de complacer a todo el mundo. Devuélvanlos a propietarios privados y esta vez colóquenles una cadena más gruesa.

El autor es columnista de Bloomberg News en Londres.
Matthewlynn@bloomberg.net

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