La Escuela de Chicago resiste la crisis

Durante la recesión muchos declararon la muerte de los postulados sobre desrregulación del mercado; los ‘Chicago boys’, conocidos por oponerse a un rol activo para el sector público, siguen vigentes.
Se ubicará en 3% para 2018.
Inflación  Se ubicará en 3% para 2018.  (Foto: Notimex)
Pablo Peña

Después de que estalló la crisis financiera en 2008, prácticamente todos los expertos económicos y financieros coincidieron, ‘a toro pasado’, en que el mercado no es capaz de autorregularse y en que hay que ponerle límites.

Como la Escuela de Chicago es famosa por favorecer  la desrregulación y oponerse a un rol activo para el sector público, a los ojos de muchos esta escuela de pensamiento económico se desacreditó horriblemente (el artículo en la revista The New Yorker publicado el 11 de enero de 2010 es un buen ejemplo).

Algunos ya hasta la declararon muerta. Eso es un error. Como las hierbas malas, las buenas ideas no mueren.

Para entender las contribuciones más importantes de la Escuela de Chicago hay que hablar por separado de las contribuciones descriptivas y las prescriptivas.

Las contribuciones descriptivas son las que nos ayudan a entender cómo funcionan los mercados. Las prescriptivas son las que identifican un problema y recomiendan una solución.

Las mayores contribuciones de la Escuela de Chicago han sido, en el entendimiento de la economía, descriptivas. Sin embargo, las que la gente recuerda mejor son las prescriptivas (en especial, las implementadas en Chile por los Chicago boys y en otros países por economistas que, sin ser de Chicago, también se subieron al vagón de la liberalización de mercados, el adelgazamiento del Estado y la apertura comercial).

Entre las contribuciones notables de los economistas de Chicago, mis favoritas y las que conozco mejor son las de Gary Becker. Este excepcional economista (quien recibió en 1992 el premio Nobel de Economía) extendió el análisis económico a esferas del comportamiento humano que se pensaban no económicas y más bien culturales, psicológicas o morales. En resumen, lo que Becker ha mostrado es que la gente responde a incentivos.

Por ejemplo, si el conductor de un pesero se lleva una fracción de los ingresos por el pasaje, tiene incentivos para atiborrar la unidad de pasajeros, instalar asientos diminutos para que quepan más personas, y pararse donde sea y a toda costa para recoger a un pasajero adicional. También tiene incentivos para rebasar a otros peseros que pueden ganarle el pasaje, arriesgando así a los pasajeros, a otros vehículos y a los transeúntes. No es inconsciencia o falta de educación. El conductor responde a los incentivos que tiene.

En Chicago (por poner un ejemplo, pero lo mismo aplica para muchas grandes ciudades), el servicio de transporte público está en manos de las autoridades. Los conductores perciben un salario que no está en función del número de personas que transportan. La diferencia en el resultado es abismal. No ganan nada con manejar más rápido, tratando de ganar pasaje, o metiendo usuarios hasta que éstos no puedan respirar.

¿Qué diría la Escuela de Chicago a esto? La respuesta es “tiene sentido”. La gente reacciona a los incentivos que tiene y las autoridades deben tenerlo en cuenta cuando diseñan e implementan políticas. Nadie que yo conozca en la Universidad de Chicago considera un error que el trasporte público en Chicago sea manejado por las autoridades.

Ahora bien, ¿cómo es que en la Ciudad de México el transporte no está centralizado como en otras grandes ciudades? La respuesta puede ser la existencia de sindicatos, como el de la extinta Ruta 100. Si las autoridades ven por su lucro político y no por el bien de los ciudadanos, los sindicatos de empresas grandes y con un rol clave podrían tomar como rehén la ciudad y negociar beneficios adicionales –Pemex debe venir a la mente, junto con otros ejemplos a escala nacional.

Un sindicato tiene incentivos para amenazar con parar el transporte de la ciudad (o el servicio que sea) si no obtiene ciertos beneficios que sin la amenaza no obtendría, y los políticos tienen incentivos para ceder a esas amenazas y ganarse así el apoyo de esos sindicatos para la próxima elección. Y la gente (políticos y líderes sindicales) responde a los incentivos.

Si los sindicatos pueden salirse con la suya cuando extorsionan, puede ser preferible tener un transporte público caótico y peligroso, pero sin capacidad para corromper a los políticos. La prescripción depende del contexto.

Las enseñanzas de Friedman
Lo mismo puede decirse de las prescripciones que Milton Friedman hizo famosas. Obedecieron a un contexto. En ese tiempo, el gobierno jugaba un rol muy activo, y las autoridades suponían que las reacciones de los ciudadanos a los incentivos generados por las políticas públicas eran triviales.

Después de 30 años o más de políticas de liberalización de mercados, adelgazamiento del Estado y apertura comercial, la urgencia de continuar o llevar todavía más lejos esas políticas es menor. Por ejemplo, la privatización no puede continuar para siempre, porque sólo hay unas cuantas empresas que privatizar. Lo mismo puede decirse de cada prescripción atribuida a la Escuela de Chicago: si tiene rendimientos marginales decrecientes, cada vez va a ser menos atractiva. Pero eso no significa que deba echarse marcha atrás.

El gobernador del Banco de México es uno de los ex alumnos de la Escuela de Chicago. Hace algunos años escuché una plática sobre privatización de un académico de Yale. Este profesor mostró cómo la opinión de los latinoamericanos con respecto a la privatización había cambiado en años recientes, volviéndose menos favorable. El problema de este resultado es que la pregunta “¿apoya usted la privatización?” no tenía el contexto adecuado.

La privatización es un proceso. Conforme la privatización avanza, el número de empresas públicas se reduce y van quedando las que la gente considera que deben permanecer en manos del gobierno. Por eso es natural encontrar que la gente ve menos favorablemente la privatización a medida que ésta aumenta. Eso no significa que deseen que más empresas sean nacionalizadas y administradas por el gobierno.

Algo similar puede decirse de la apertura comercial y de la liberalización de los mercados. ¿Qué economistas están proponiendo seriamente dar marcha atrás para aislarse comercialmente y regular mercados a diestra y siniestra? A lo más, las propuestas son ajustes marginales a los mercados financieros o medidas excepcionales para alivianar la recesión.

Las ideas de la Escuela de Chicago permanecen tan válidas ahora que están bajo la lupa tanto como antes de volverse conocidas y aceptadas.

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Para más información sobre la escuela de pensamiento económico de Chicago, una buena fuente es el libro The Chicago School: How the University of Chicago Assembled the Thinkers Who Revolutionized Economics and Business, de Johan van Overtveldt.

Pablo Peña es doctor en Economía de la Universidad de Chicago, y labora como consultor en Navigant Economics.

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