Los mexicanos son pobres... pero felices

Los expertos buscan medir el éxito de los países usando el Índice de Felicidad y no el PIB; en todas las encuestas globales los mexicanos se consideran muy satisfechos con su vida.
mexico-felicidad  (Foto: Notimex)
Hernán Iglesias Illa
NUEVA YORK -

En julio de 2007, el diario sensacionalista londinense Daily Mail encabezó una de sus páginas con el siguiente título catastrofista: “Gran Bretaña, debajo de México en la Liga Mundial de la riqueza y la felicidad”.

El artículo, que resumía los resultados de un informe llamado Índice Global de Prosperidad, estaba escrito para provocar sorpresa e indignación en los lectores: ¿Cómo podía ser, se preguntaba el diario, que México, un país mucho más pobre que Gran Bretaña, sea un mejor lugar para vivir? ¿Cómo puede ser, se han preguntado desde entonces decenas de sociólogos y economistas, que un campesino pobre de México esté más satisfecho con su vida que un exitoso ejecutivo británico? Y aún más: ¿es posible que los mexicanos sean, en promedio, más felices que sus contemporáneos ingleses?

En septiembre del año pasado, la consultora de opinión pública Gallup preguntó a miles de personas en decenas de países qué tan satisfechas estaban con sus vidas, y les pidió que las calificaran con un puntaje de 1 a 10. Los mexicanos dieron a sus vidas 7 puntos, apenas menos que los estadounidenses (7.2) y claramente encima de los habitantes de Francia (6.3) y Argentina (6.4).

En América Latina, sólo los costarricenses se declararon más felices que los mexicanos.

Cuando Gallup preguntó a los encuestados si les gustaría que sus vidas tuvieran más días “parecidos a ayer”, 84% de los mexicanos dijo que sí, que estaría conforme con su vida si la mayoría de sus días fueran como el día anterior. Sólo un país de todo el mundo (Islandia) respondió a esta pregunta con más entusiasmo. ¿Es México, entonces, una de las naciones más felices del mundo? En caso de que sí: ¿podrían los políticos mexicanos aprovechar la oportunidad y declarar que los problemas del país no son tan graves y sus reformas, no tan urgentes?

Este tipo de preguntas, con los mismos u otros protagonistas, ha estado en las mentes de cada vez más economistas e investigadores internacionales, para quienes la medida tradicional de riqueza de las naciones (el Producto Interno Bruto) ha dejado de ser un índice suficiente, representativo o confiable sobre la calidad de vida de los países.

El Índice Nacional de Felicidad

Desde hace un tiempo, el PIB ha perdido parte de su hegemonía. Primero fue condicionado por la introducción de la Paridad de Poder de Compra (PPP, por sus siglas en inglés), que empezó a medir la riqueza de un país no en dólares, sino adaptada a sus precios locales. Y ahora el ataque tiene varios frentes: el presidente de Francia, Nicolás Sarkozy, pidió el año pasado a los líderes del mundo que empezaran a medir el desempeño de sus países con el Índice Nacional de Felicidad, un complejo sistema que desde hace varios años aplica el gobierno de Bhután, un pequeño Estado budista enclavado entre China e India.

El economista estadounidense Joseph Stiglitz, ex economista jefe del FMI y premio Nobel, viajó el mes pasado a Bhután y pidió a Estados Unidos que siguiera su modelo: abandonar el PIB y evaluar los países según el bienestar de sus ciudadanos. “Será difícil, porque hay intereses especiales que se oponen”, dijo Stiglitz.

¿Vale la pena medir la felicidad de los países? La enorme cantidad de encuestas y estudios actuales sugieren que sí. ¿Qué debemos hacer entonces con esa información? ¿Deben los gobiernos hacer lo posible por maximizar la felicidad de sus votantes?

La respuesta también parecería ser sí, pero los investigadores encontraron una contradicción. “Ése no puede ser el objetivo”, dice Eduardo Lora, economista jefe del Banco Interamericano de Desarrollo y autor del libro Paradoja y percepción: Midiendo la calidad de vida en América Latina. “Si los gobiernos tuvieran como único objetivo alcanzar la felicidad de sus pueblos, probablemente tomarían atajos contrarios al desarrollo personal y social”.

Las mediciones sociales de felicidad se hacen casi siempre de dos maneras: evaluando las condiciones objetivas de vida de una población (ingreso, acceso a la educación, cohesión social, etc.) o, directamente, preguntándole a la gente cómo se siente. Ninguno de los métodos, aun combinados, parece satisfacer a los investigadores o a sus críticos: por un lado, es muy difícil aplicar puntajes a variables tan abstractas y, por otro, las respuestas de la gente sobre su propia felicidad muchas veces están exageradas.

Además está la política: aunque ‘felicidad’ parece una palabra autónoma y sin conflictos, muchos de los investigadores y opinadores que se han referido al asunto han aprovechado para defender sus ideas sobre cómo debe organizarse un Estado.Los economistas más de izquierda creen que el dinero no hace la felicidad: que el PIB de los países puede crecer infinitamente y sus habitantes seguirán igual de miserables.

Hace unos años, el columnista británico Richard Layard escribió uno de los textos fundacionales de las ciencias de la felicidad con la siguiente idea: “No hay evidencia de que los países ricos son más felices que los pobres. Siempre y cuando nos atengamos a países con ingresos de más de 15,000 dólares por habitante”.

Los economistas más liberales, siempre entusiasmados con los beneficios del crecimiento, han intentado decir lo contrario: que la felicidad de los países ricos sigue creciendo a medida que crece su economía. Aun así, los economistas de todas las ideologías parecían haber acordado dos principios fundamentales, uno de los cuales beneficiaba a los economistas progresistas y el otro, a los liberales.

La mayoría de los datos señalaban que, en efecto, como decía Layard, salir de la pobreza mejoraba la felicidad. Para los economistas liberales, para quienes el gran objetivo de una sociedad no debe ser la desigualdad sino la pobreza, esto era un triunfo. Pero los datos también decían que una persona de buenos ingresos podía ser infeliz si a su lado vivían personas mucho más ricas, dando la razón a los intelectuales de izquierda para quienes la desigualdad provoca mucha infelicidad en las sociedades.

Esta situación podría estar cambiando. Lora, que coordinó junto a la economista estadounidense Carol Graham un estudio sobre “satisfacción con la vida” en América Latina, dice que no ha visto el piso de Layard (los famosos 15,000 dólares anuales) en ningún sitio.

“El bienestar económico influye en la felicidad, pero muy poquito”, dice el economista jefe del BID. “Las creencias religiosas, la relación con los amigos, la estabilidad familiar, sentir confianza en los demás, dominar la envidia... Todas estas cosas influyen tanto en la felicidad como el nivel de ingresos”.

En el último estudio de Lora (hecho con encuestas en 2009), México es el tercer país más satisfecho de América Latina, detrás de Costa Rica y Panamá. Chile y Uruguay, dos de los países con mayores ingresos de la región, y que normalmente reciben buenos puntajes por su infraestructura social, no se declaran especialmente felices: en el ranking continental de Lora figuran 13º y 14º, respectivamente.

Uno de los conceptos más interesantes de los estudios de Lora es la ‘Paradoja del crecimiento infeliz’, según la cual la velocidad del crecimiento económico es con frecuencia inversamente proporcional a la felicidad de la población. Por ejemplo, algunos de los países que se declararon más felices entre 2001 y 2006, como Japón, México y Brasil, tuvieron crecimientos más bien modestos de sus economías, por debajo de 2% anual.

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En India, Rumania y Rusia, donde el PIB creció hasta un 7% por año en el mismo periodo, la gente decía ser mucho menos feliz. “Cuando la economía crece más rápido, la gente siente la presión por adaptarse”, explica Lora. Otro problema son las expectativas: hay personas que se conforman con muy poco, y eso también distorsiona las estadísticas.

¿Y México? ¿Cómo es posible que parezca tanto más feliz que países con ingresos ampliamente superiores? En todas las encuestas, México ocupa posiciones destacadas, a veces entre las primeras 10 naciones del mundo. ¿Cuál es la explicación? “Hay países con sesgos culturales positivos, donde la gente tiende a decir que son más felices”, explica Lora. ¿Pero eso de dónde viene, cuál es su origen? “Ah, eso es un misterio”, responde Lora, dando, probablemente sin saberlo, una respuesta satisfactoria a los lectores indignados del londinense Daily Mail.

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