&#34En México, la ciencia todavía tien

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La imagen del científico en su torre de marfil se asemeja al lugar que ha ocupado el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt), con frecuencia alejado de la realidad nacional. Desde su creación, la parte tecnológica había quedado relegada a un segundo término. Ahora, este orden de cosas “ha empezado a cambiar”, asegura Carlos Bazdresch Parada, su actual director general. El nuevo programa de vinculación con la industria, la mejor forma de optimizar los recursos para becas, los resultados de su programa de repatriación y el desarrollo de un padrón de posgrado tecnológico son algunos de los asuntos que aborda el entrevistado a continuación.

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¿Puede hablarse de un divorcio entre las demandas de la industria y la oferta del Conacyt en materia de avance tecnológico?
Existe cierto divorcio, en el sentido de que la demanda de becas al extranjero se define por las necesidades de la ciencia, que no necesariamente son las mismas que las de la tecnología. Por ejemplo, hay una demanda de matemáticos o de expertos en Biología de la cual la industria no participa. Existe otra demanda muy importante, referente a las ingenierías (alrededor de 40%), que sí se relaciona con las necesidades de la industria, y tarde o temprano tendrá contacto con usuarios sociales. Por su parte, la industria no nos pide becas para tal o cual área, ni se preocupa por buscar que se prepare gente de muy buen nivel. En nuestro consejo asesor y en la junta directiva contamos con dos o tres personas provenientes de la iniciativa privada, pero casi nunca asisten ni plantean sus demandas.

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Conacyt tiene como origen una presión de los científicos y una aceptación de ésta por parte del gobierno de Luis Echeverría. De ahí en adelante ha mantenido una relación muy fructífera e intensa con el mundo científico, aunque ha habido muy pocos intentos del Consejo por relacionarse con la empresa. En el sexenio pasado, durante la gestión del presidente Ernesto Zedillo como secretario de Educación, se empezó a gastar en esto. Muy poco: 1 o 2% del dinero del Conacyt, pero pronto iniciaremos un programa donde invertiremos alrededor de 5% del presupuesto, hasta llegar, en un plazo de unos cinco años, a 30 o 40%. Con esto pretendemos movilizar a la empresa y lograr más acción en todo el escenario de ciencia y tecnología.

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Se habla del bajo porcentaje del PIB que México destina a la investigación científica y tecnológica, a diferencia de países más avanzados. ¿Significa esto una desventaja para el desarrollo de este renglón?
Es muy importante pasar de ese discurso acrítico por parte de la comunidad científica, en el sentido de que otros países invierten más en este renglón. Es cierto, pero también es necesario considerar que ellos tienen más en qué gastar porque han formado grupos responsables y cercanos al usuario social. Entonces, la sociedad, por sí misma, gasta porque está viendo los resultados. En las naciones desarrolladas 2.5% del PIB se aplica a ciencia y tecnología, del cual 1.2% a 1.7% proviene de la iniciativa privada. En México, del 0.31% del PIB que destinamos a este rubro, sólo 17% se obtiene de capital privado.

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Por otro lado, me pregunto ¿cuánta presión ejerce la sociedad al gobierno para que gaste más en ciencia y tecnología? Los miembros del Congreso que propugnan por ello no son, finalmente, los actores sociales importantes. A su vez, la sociedad va a presionar más cuando sienta que obtiene resultados. Aquí está, finalmente, el juego de toma y daca que tiene que haber entre sociedad y aparato científico.

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Hace falta mayor participación, que los empresarios demanden más conocimiento científico y tecnológico de alto nivel. Si no, la ciencia se va a volver un artículo de lujo que se muestra a los niños o a un dignatario que está de visita.

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¿Cómo se aplican los criterios de excelencia del Conacyt a la realidad del posgrado no científico?
El Consejo reconoce como de excelencia a los doctorados o maestrías cuando sus profesores son doctores. Existen maestrías que llamamos profesionalizantes, destinadas a que el participante desempeñe mejor su profesión. En ellas tiene que haber profesores con doctorado, pero no tienen que contar con laboratorios donde formar al científico, ni el candidato va a dedicarse 100% a la investigación. Tenemos pocas de estas maestrías porque no hemos recibido la suficiente presión por parte de las empresas. No digo que sea culpa de ellas, sino nuestra, debido a que hemos estado muy orientados hacia la ciencia.

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Dentro de poco iniciaremos un programa de vinculación, con una dimensión de modernización tecnológica, donde existirá la posibilidad de que la industria nos pida que registremos tal o cual maestría, y la apoyaremos. Por ejemplo, estamos en pláticas con Vitro, que tiene una maestría de mucha calidad en la Universidad de Nuevo León, y acordamos seguir apoyando algunos de los posgrados del Tec de Monterrey, que patrocina la industria. También tenemos intención de desarrollar un padrón de posgrado tecnológico.

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¿Cuál es el criterio de Conacyt para el otorgamiento de becas?
Definimos nuestros criterios con base en comités de pares, procedimiento que se ha vuelto muy sistemático a partir de que el Banco Mundial otorgara un crédito para el llamado Programa de Apoyo a la Ciencia Mexicana, que comenzó a funcionar en 1993. Por ejemplo, dos economistas de muy buen nivel entrevistan a los candidatos al doctorado en Economía. Son ellos, y no la burocracia del Conacyt, quienes seleccionan los mejores proyectos de investigación científica que se someten a concurso. Lo mismo va a ocurrir dentro de este programa de tecnología, donde ingenieros expertos tomarán la decisión final.

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¿De qué manera se ha comportado la demanda de becas en relación con la oferta?
Antes la gente pensaba que no había dinero para becas. Ahora que demostramos que sí, creció la demanda, que pasó de 800 a 900 becarios hace tres años, a 3,000 en 1998. Sin embargo, la oferta actual es de unas 1,000 becas, comparada con las 700 que otorgábamos antes. También es cierto que el número de becarios ha aumentado casi 50%. Primero, porque hemos dirigido una mayor proporción de nuestro presupuesto a este renglón. La segunda razón es que hemos buscado complementariedad y, la tercera, porque dimos preferencia a los doctores, de lo cual resulta que ha aumentado el acervo, aunque no las becas nuevas.

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¿Cuáles han sido los logros del programa de repatriación que usted inició hace tres años?
Ha tenido mucho éxito; estamos contentos con él. Hemos repatriado a unos 200 o 250 científicos. Creo que este año llegaremos a 300. No tenemos poca demanda porque haya pocos científicos deseosos de regresar, sino porque, para su operación, este programa requiere que exista la plaza consiguiente. El número de plazas va a crecer porque estamos asociados con el Programa de Mejoramiento del Profesorado Universitario, que instrumenta la SEP a través de la Subsecretaría de Educación Superior. Lo más relevante es que, después de cinco años, ha permanecido más de 95% de los repatriados. Aunque algunos no se encuentran en la institución a la que llegaron, sí permanecen en el medio científico. Muchos de ellos, quienes más queríamos que regresaran, se dedican a las ciencias duras. Además, una gran cantidad se ubica en la provincia.

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