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Cuando en 1960 el joven Francisco Barnés de Castro ingresó a la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) comenzó a ser popular entre sus compañeros por el carácter rebelde y contestatario que ya en ese entonces le hacía soñar con cambios en su universidad. “Ni yo mismo llegué a pensar que estaría aquí”, dice el rector de la UNAM en su oficina cuando mira hacia atrás y rescata extractos de su vida estudiantil.

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Barnés, quien recién cumplió 51 años, es uno de los rectores de la más importante casa de estudios de América Latina que arriba al puesto con mayor aprobación de los diversos actores que pueblan la vida académica, política y económica de México. El rector ha dejado en claro que una de las prioridades de su trabajo en la UNAM es elevar el nivel académico de la institución, y también acercarse a los empresarios con quienes las relaciones “podrían ser mejores”.

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Hace un mea culpa y dice que la UNAM se distanció de la iniciativa privada por asumir tareas que el Estado debió realizar en su momento. Sin embargo, el ingeniero químico resalta que es buena hora para seducir a los empresarios, porque “invertir en la UNAM es la inversión más rentable que puede hacer la sociedad”. De fácil y contagiosa sonrisa, Barnés gesticula y sus manos se mueven a la misma velocidad que sus ideas. Un par de cosas le preocupan: conseguir mayores recursos (para “salvar el año”), y ser considerado un líder que “sabe conciliar los intereses de los universitarios”.

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Cuando usted ocupó la rectoría de la UNAM, en enero de este año, ¿qué tipo de universidad recibió?
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Una universidad que estaba trabajando en calma, donde se había dado un avance notable en los programas académicos y en ofrecer mejores condiciones de trabajo a los académicos. Una universidad donde se había progresado en la revisión de planes y programas de estudio, y se había conseguido una recuperación de los niveles de presupuesto con los que opera la institución.

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Al enterarse de su designación, ¿estuvo consciente del peso político que implica la rectoría de la UNAM?
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No. Cuando tomé el cargo estaba plenamente consciente de la responsabilidad con la propia institución, con los universitarios y con el país en general.

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¿Cuál es la relación que su rectorado quiere tener con el gobierno?
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Una relación de respeto, de apoyo del gobierno a la labor de la universidad. Una relación que permita a los universitarios cumplir, de mejor forma, con los compromisos que tienen con la sociedad.

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¿Es usted partidario de la universidad de masas?
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No. Yo soy partidario de un sistema educativo nacional que permita ofrecer opciones educativas a un porcentaje mucho mayor de estudiantes de lo que hoy en día ofrece. Un sistema que no solamente permita atender la creciente demanda de estudios superiores en el país por parte de una juventud que se da cuenta de que para competir mañana tiene que estar mucho mejor preparada de lo que está hoy en día. Un sistema que, además de garantizar una cobertura mucho más amplia que la que tenemos, dé garantía de calidad. Que no sólo garantice el -ingreso de un gran número de estudiantes a las aulas universitarias, sino que también dé garantía de que egresará un buen número de esos estudiantes. Y más: que egresen bien preparados para realizar la labor profesional para la cual se prepararon.

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¿Cómo califica las actuales relaciones entre la UNAM y la iniciativa privada?
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Yo creo que han sido buenas... y que podrían ser mejores. Mejores en términos del esfuerzo de vinculación con todos los sectores de la población. Mejores en el sentido de que la UNAM lleva a cabo una serie de actividades que tienen un claro impacto en todos los sectores de la actividad privada. Pensamos que la UNAM –a través de un esfuerzo bien dirigido de vinculación– puede cumplir mejor con su compromiso de lograr que sus actividades cotidianas (docencia, investigación, difusión cultural) logren apoyar los esfuerzos que se realizan en la sociedad para transformarse y modernizarse. También podemos aspirar a que haya un mayor reconocimiento por parte del sector privado a la labor que desarrolla la Universidad Nacional y a tener un apoyo mayor del sector privado en los esfuerzos que hacemos.

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A su juicio, ¿qué fue lo que provocó el distanciamiento entre la UNAM y la iniciativa privada?
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Yo creo que fue, en parte, la necesidad de la UNAM de preocuparse de sí misma y de sus propios procesos –antes que cualquier otra cosa– para poder atender una demanda creciente de educación, en un momento en que el Estado no tenía capacidad de crear y consolidar otras opciones educativas. Ello obligó a la universidad a pasar por un proceso de masificación en donde lo impactante no es solamente el incremento en los números que maneja su administración, sino la necesidad de hacerlo de una manera rápida y precipitada, y sin una preparación adecuada. Eso implica una baja en la calidad de los programas educativos que ofrece. A esto se suma una politización dentro y fuera de la universidad que distanció a las universidades públicas de un sector de la sociedad que no veía con buenos ojos los cuestionamientos y los procesos que se estaban dando en la Universidad Nacional. Si bien hubo excesos de una parte, también hubo excesos de la otra que contribuyeron a esta polarización.

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¿Cómo ha evolucionado este tema?
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Hoy en día, afortunadamente, a pesar de los importantes procesos de transformación social y política que se están dando en el país, no se da esta misma confrontación entre la universidad pública y los sectores que defienden y representan la actividad privada más tradicional.

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¿Por qué la marcha del Centro de Innovación Tecnológica de la UNAM ha tenido muchos tropiezos?
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Porque ha sido parte de un proceso de aprendizaje. La UNAM fue pionera en iniciar esfuerzos de vinculación estableciendo primero una dirección general y luego un centro de innovación tecnológica. Ahora estamos pasando a otra etapa de mayores esfuerzos de vinculación. Ya no sólo en aspectos de innovación tecnológica, sino en tratar de vincular –de mejor manera– a todas las áreas de investigación que existen en la UNAM y que pueden tener un impacto más claro y contundente en el quehacer del país. Sólo es necesario saber identificar los problemas que requieren solución. La capacidad de la universidad para aportar conocimiento y soluciones novedosas y generar a los mejores especialistas será la vía para acercarnos a los sectores que se pueden beneficiar de la labor que realiza. Y, por qué no, de hacernos de recursos extraordinarios que complementen los que la sociedad pone a nuestra disposición a través del subsidio federal.

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Para el rector de la UNAM, ¿es ya una tarea inherente al cargo hacer malabares con el presupuesto?
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Así es, y siempre lo será. Yo creo que las metas que los universitarios nos ponemos siempre son muy ambiciosas. Hay una enorme capacidad en la universidad para transformarse a sí misma, para plantear nuevos retos, nuevas formas de trabajo y, evidentemente, cada una de éstas requiere mayor financiamiento. La universidad siempre estará buscando nuevas formas de financiamiento para poder cumplir la función que la sociedad nos ha encomendado; este problema será recurrente.

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¿Cuáles son las prioridades en ese problema recurrente?
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Siempre buscaremos darle mejor remuneración a nuestro personal académico y administrativo. Siempre buscaremos tener mayores recursos para los programas académicos. Siempre buscaremos tener más recursos para los programas de investigación, porque estamos convencidos de que se justifica. La inversión que haga la sociedad en su universidad es una de las más rentables que puede hacer.

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¿Va a resucitar el tema de las cuotas?
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Es un tema que la comunidad universitaria tendrá que retomar en su oportunidad. Una universidad pública en todas partes del mundo –aun en países ricos y desarrollados– es financiada fundamentalmente por el Estado. En un país como el nuestro, donde hay grandes carencias, sería imposible transferir el costo total de la educación al estudiante. Limitaríamos enormemente la capacidad de acceso de la población a la educación superior si pretendiéramos hacer esto. Pero también es justo reconocer que uno de los principales beneficiarios del país –a través de sus universidades públicas– es el propio estudiante, y que, cuando esté en posibilidad de hacerlo, debería pagar un porcentaje mayor que 20 centavos de colegiatura al año.

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Entonces, ¿cuál es el nivel justo y equitativo que corresponde al estudiante en el -financiamiento de su educación?
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Es un tema a discusión. Muchos países han optado por tomar la decisión de que la educación pública sea absolutamente gratuita. Normalmente, cuando lo hacen es en condiciones de mucho mayor exigencia –en términos de ingreso y permanencia en la universidad– para asegurarse de que sólo aquellos que tienen un alto compromiso con la educación se beneficien de esta inversión. Yo creo que los dos extremos son menos adecuados que una óptima combinación de una universidad más flexible, que permita al estudiante avanzar en sus estudios al mismo tiempo que se reponen o compensan muchas de las deficiencias en su educación, o de las limitaciones familiares, económicas, sociales, culturales... La universidad genera las condiciones para que un estudiante comprometido pueda superar estos inconvenientes o desventajas. Creo que todos, en la medida de sus posibilidades –y sólo en la medida de sus posibilidades– deben aportar algo del costo de la educación para que la UNAM lo revierta en mejorar los servicios educativos que ofrece a la sociedad.

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La UNAM está vista como un termómetro de las presiones que causan en la sociedad las políticas económicas del gobierno. ¿Debe seguir siendo el muro de contención del descontento popular?
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No. Yo creo que la universidad no tiene que ser ese muro de contención. Debe ser un foro abierto a la expresión de ideas e inquietudes. La UNAM se ha distinguido siempre por su enorme apertura a la manifestación de las ideas.

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Su estilo de dirigir la UNAM ya ha causado controversias...
-Cualquier estilo de dirección en una universidad tan plural, tan grande como ésta, genera controversias. Yo siento que en los meses que llevo al frente de la Rectoría hemos tenido oportunidad de continuar y acentuar el proceso de transformación permanente de la universidad, y de realizar los cambios necesarios que eran demandados por la sociedad. Tales cambios han tenido un enorme respaldo de la comunidad universitaria...

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¿Le fue fácil cambiar las aulas y laboratorios por la principal oficina de la UNAM?
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En todo académico siempre queda el gusanillo del enorme sacrificio que representa dejar atrás el laboratorio y reducir el contacto con los estudiantes en el aula –aunque trato, de vez en cuando, de impartir alguna clase–. Pero, al mismo tiempo, la Rectoría demanda tiempo completo y le estoy dedicando más que tiempo completo a la responsabilidad que tengo.

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¿Cómo ve a la UNAM en el corto y largo plazo?
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Como lo que siempre ha sido desde su reapertura en 1910: la mejor institución educativa del país y la que más impacto ha tenido en el desarrollo del mundo moderno.

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Todos los rectores de la UNAM son recordados por la tónica de su trabajo. A usted, ¿cómo le gustaría ser recordado?
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Como un rector que supo interpretar adecuadamente los intereses e inquietudes de los universitarios y las necesidades de la sociedad, y que supo conciliarlos de la mejor manera posible.

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