&#34Los economistas están empobreciendo

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Decepcionado por la falta de solidaridad que según él impera actualmente en la sociedad, Tariq Husain es un hombre que vive preocupado por cómo debería ser la economía en el mundo. Y para eso le pagan. De origen paquistaní, Husain es director del Centro de Capacitación y Liderazgo del Banco Mundial, una división encargada de que las principales mentes del organismo internacional se replanteen continuamente la validez de su trabajo. ¿Su especialidad? Pensar en cómo conciliar ética y economía para conseguir un mundo más solidario. A estos efectos, fue invitado a México por la Universidad Iberoamericana (UIA) para ofrecer una conferencia en la Escuela de Economía.

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Ética y economía, ¿dos mundos incompatibles?
Al principio, cuando se empezó a enseñar en universidades como Oxford, se pensaba que la economía formaba parte de la ética. Se creía que había una relación estrecha entre los valores del hombre y la creación de riqueza.

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A finales de los años 30, Lionel Robbins estableció que a lo mejor no existía tal relación. Según él, a los economistas no les correspondía hablar de moral ni de valores, sino que su papel era similar al de un ingeniero o un físico: es decir, plantear cómo ir de A a B y no meterse en conceptos como el bien o el mal.

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Después vino la Segunda Guerra Mundial y, tras ella, hubo una nueva filosofía económica. El Plan Marshall, el fondo de ayuda que Estados Unidos aportó en 1945 para la reconstrucción de Europa Occidental, se basó en que el mercado actuara sustentado en un comportamiento moral.

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¿No fue, más bien, porque Estados Unidos quería preservar a Europa Occidental alejada de la influencia comunista de la Unión Soviética?
Siempre se podrá encontrar motivos complejos a las reacciones de cualquiera, pero George Marshall hablaba de establecer un programa para luchar contra el hambre, la pobreza y la desesperación. Y no hablaba de Marx. Según sus propias palabras, la política de Estados Unidos no estaba dirigida contra algún país o doctrina en particular. El objetivo del Plan Marshall era conseguir la recuperación de la economía productiva en el mundo para propiciar condiciones legales y sociales en las que pudieran existir instituciones libres.

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O sea que, según usted, el Plan Marshall se instrumentó principalmente por razones éticas y morales.
Desde luego. En toda la historia de la humanidad, nunca antes había existido una iniciativa en la que una nación regalara 3% de su PIB. El Plan Marshall significó $17,000 millones de dólares en aquel tiempo. Si se actualizara esta suma, ahora serían $130,000 millones. Le sugiero que vaya al Congreso de Estados Unidos y pida que le regalen $130,000 millones de dólares por razones humanitarias. Lo tomarán por loco.

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¿Qué ha cambiado en la mentalidad económica durante estos 60 años?
Hay una mayoría de economistas que creen que básicamente sólo existe una fuerza en el mundo capitalista: la función del mercado. Los seguidores de las teorías de Adam Smith piensan que, en un mercado eficiente, gracias a la “mano invisible” el interés egoísta de cada uno de los agentes económicos redundará necesariamente en un beneficio para toda la comunidad. Y en realidad eso es correcto: no se puede vivir como ser humano sin poseer fuertes intereses personales. La evolución y la supervivencia del hombre requiere de esos parámetros.

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Pero no sólo el interés personal mueve al ser humano. Pensemos, por ejemplo, en una madre. Ella daría su propia vida por salvar a un hijo. También una comunidad de personas que lucha por sus derechos o un soldado en el cumplimiento de su deber. Todos ellos morirían por sus creencias.

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Así pues, la mano invisible no es el único factor que determina un mercado. Hay otros factores externos, como los valores emocionales, que influyen en el comportamiento de los agentes económicos. Al tomar una decisión personal, los intereses de los demás no aparecen en los cálculos y sin embargo resultan afectados. Por eso hablar de ética y de bien o mal, también es parte del dominio del mercado. Sólo que esta vez se trata del mercado global, que afecta directamente a la transferencia de recursos y las responsabilidades entre naciones.

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Allí están los casos del control climático mundial, en donde lo que decida un país a ese respecto afectará al resto de las naciones. Otro ejemplo: la explosión demográfica del norte de África afecta directamente a Francia. Cualquier problema político en Turquía compete a Alemania...

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¿Se ha perdido, entonces, la noción sentimental de mercado?
Se ha intercambiado la noción de “nosotros” por la de “yo”. Se ha olvidado que nuestro comportamiento determina el mundo en el que vivirán nuestros descendientes. Si Marshall no hubiera pensado así, Europa sería hoy una región muy distinta a la que conocemos. Y esa es precisamente la definición de ética. Pero el mercado actual no está pensando en la generación futura porque, según sus parámetros, esa es una variable externa. Aunque también están los ejemplos de la Madre Teresa o de Albert Schweitzer y muchos más que se han preocupado por la gente que les rodea.

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Pero se trata de gente que ha luchado contra el sistema.
Sí, pero también han demostrado que un ser humano puede comportarse de forma solidaria mientras existe una mayoría totalmente egoísta. La gente que cree en alguna religión siente más el valor de comunidad. El mundo es una fuerza que contiene varias direcciones: algunas tiran hacia el interés personal y otras en dirección de la preocupación por los demás. El papel de las instituciones debe ser arrastrar a la gente en la dirección solidaria.

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Eso mismo tiene que hacer el líder de una organización. No olvidemos que tradicionalmente el capitán es la última persona que abandona el barco. El cumplimiento del deber está por encima del bien o del mal. Así pasa con la economía y la mejora de la calidad de vida. Cualquier líder, como un padre, tiene una responsabilidad directa en crear las condiciones reales de crecimiento para sus habitantes.

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¿Es necesario ser religioso para ser ético?
Hay que creer en la comunidad. Yo personalmente no creo que exista el paraíso. Pero eso no importa cuando nos ocupamos de dotar a las relaciones de una visión moral. No tengo que creer en el cielo, sino en practicar valores de bien común.

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¿La ética paga?
La ética paga en bienestar. El precio monetario no tiene tanta importancia. Cuando sonrío a un niño o doy calor a una persona que tiene frío, ¿qué precio espero recibir? No hay moneda que lo determine. Mostrar bondad y ser conocido por buena persona ayuda a sentirse bien con uno mismo.

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Me pregunto por qué muchos consideran que es menos respetable enfocar su vida a alimentar los otros incentivos del ser humano. Ahora sólo se valora el “yo”. Pero en el momento en que se deja de lado la perspectiva material, ese egoísmo se transforma en interés común. Hay que volver a conectar la macroeconomía con el intercambio de bienestar.

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Sin embargo, los políticos siguen escudándose en que buscan el bienestar común cuando dictan iniciativas económicas.
La verdad es que, por ahora, los economistas hemos sido incapaces de predecir las consecuencias de las políticas económicas. Si pensamos, por ejemplo, en la determinación del salario mínimo, las políticas de subsidios o cualquier otra medida que hemos construido para la creación de bienestar nos damos cuenta de que los resultados obtenidos son más equivocaciones que aciertos.

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¿Por qué?
Porque la actual teoría económica está únicamente basada en el axioma del interés personal. O sea, es incompleta. Las predicciones tienen cimientos muy débiles porque hasta ahora han fallado en buscar la pluralidad de estímulos que animan al hombre. Pongamos esos elementos éticos en el desarrollo social e intentemos crear una teoría que admita al ser humano como un animal complejo, que siempre tendrá conflictos por preservar sus intereses personales pero que no siempre opera pensando en sí mismo. De ese modo, se podrá predecir mejor la evolución de la economía.

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Así pues, conviene preguntarse si los actuales modelos económicos pueden predecir correctamente el bienestar. Ni siquiera en la macroeconomía podemos entender muchas cosas. Los economistas están empobreciendo a la humanidad por no tener en cuenta todas las variables que explican el comportamiento humano. No se dan cuenta de que la economía es una labor mucho más -ardua que la física. Mientras esta última se rige por leyes inmutables, la economía depende de una infinidad de variables: edad, cultura, lugar, observación ajena...

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Parece bastante pesimista acerca de la evolución económica actual.
Hay razones para serlo: la desigualdad progresa a pasos agigantados en el mundo. En tan sólo una generación, la que va de 1970 a 1996, la distribución global de ingresos duplicó en inequidad. 20% de la población recibe 85% del ingreso global producido mientras, en el otro extremo, 20% apenas recibe 1.04% de la generación total de riqueza. Los ricos se vuelven más ricos mientras los pobres son cada vez más pobres.

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Los comportamientos egoístas han favorecido la concentración de la riqueza, pero no de la felicidad. Al contrario: se ha creado una mayor alienación derivada del mercado. El núcleo familiar dejó de sustentarse en ‘nosotros’ para transformarse en ‘yo’. Las consecuencias de esta filosofía para las generaciones siguientes han sido evidentes: en Estados Unidos, por ejemplo, los divorcios se incrementaron 50%. En la jungla de Nueva York se cometen crímenes y violaciones delante de los habitantes y nadie se inmuta. Lo único que les importa es su interés personal y nadie se molesta en ir a la policía o socorrer a alguien.

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Hay teorías que dicen que esta preponderancia del egoísmo tiene que ver con que durante los años 70 y parte de los 80 muchas de las grandes universidades en el mundo dejaron de incluir la asignatura de ética en sus programas de economía y administración de empresas.
Eso es verdad parcialmente. Cuando la Universidad de Harvard dejó de incluir la ética en su programa de maestrías fue cuando los egresados empezaron a descomponer los mercados de capitales con comportamientos inaceptables. Pero también tenía que ver con el fracaso de los valores familiares que propició un total desprecio de la importancia del valor común.

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Pero eso ya se corrigió durante los años 80. Ahora hay clases de ética en Harvard, Stanford y otras grandes escuelas. Mientras no haya alguien que enseñe a los alumnos a distinguir entre el bien y el mal, se dará un comportamiento que raya en la amoralidad. El bienestar social se sustenta en el comportamiento ético.

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O sea, el papel primordial para revertir la tendencia corresponde a la educación.
Todo tendría que provenir primero de la familia, pero si ésta llegara a faltar, tiene que intervenir la educación. Se les debería de enseñar el dilema del prisionero, según el cual todos somos prisioneros, y si cooperamos podemos escapar, pero si no cooperamos, ninguno de nosotros lo logrará. El principio del ‘yo solo’ deja paso a soluciones que invocan al miedo mientras la noción de ‘nosotros’ provoca la cooperación para una reivindicación superior. Esas son las cosas que se deberían de enseñar en la universidad.

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¿Y cuál sería el papel del gobierno?
El gobierno es comandado por gente educada en universidades. Si la comunidad no predica con el ejemplo, ¿cómo podríamos pedir a Bill Clinton y muchos otros que se comporten adecuadamente? La educación tiene que dar los valores para convencer a la gente acerca de cómo comportarse. Dicho esto, los gobiernos tienen una responsabilidad muy importante. Cada vez la gente recibe menos dinero por su trabajo, lo cual me dice que vamos a peor.

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Si le digo que en México, donde 40% de la población actual vive excluida del sistema económico en condiciones de miseria y pobreza, muchos reciben un salario mínimo que no alcanza para dar de comer a una familia...
Eso es moralmente inaceptable. También es ineficiente, porque es factor de inestabilidad y es, además, un impedimento para incrementar el potencial industrial del capital humano. El debate público debe centrarse en esos aspectos y las políticas públicas deben ir encaminadas a resolver estas cuestiones. Al minuto en que se habla de equidad y eficiencia se consigue que prevalezca el fuerte poder de la vergüenza.

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Quizá en México nos faltó vergüenza...
La corrupción no sólo está aquí.

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Pero no se pueden comparar los grados de corrupción en Estados Unidos y Europa con los de México.
De acuerdo. Pero al igual que en México, hay 1,200 millones de personas en el mundo que viven por debajo de los niveles nutriciales mínimos. Y cada año hay 100 millones de personas más que ingresan en esa categoría. ¿Es la política correcta, es aceptable moralmente? El problema de la injusticia social, tanto en México como en Estados Unidos, es importantísimo.

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Pero, a pesar de la introducción de la asignatura de ética en Harvard, no parece que haya muchos cambios.
Harvard produce sólo 400 de los dos millones de posgraduados que salen al año en Estados Unidos. Muchísimas más universidades tendrían que implantar también esta materia. Pero, mientras tanto, en el Congreso de Estados Unidos se está hablando de reducir los gastos relativos a la educación.

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En el mundo actual, la educación ha sido marginada de los debates públicos. La creciente desigualdad dentro y entre las naciones es, por definición, un factor desestabilizador. Si los líderes políticos no ven cómo revertirlo, tienen que crearse foros públicos de discusión. La democratización es participación y debe influir en las políticas públicas mediante la creación de debates. Las universidades tienen un importantísimo papel que fungir en el fomento de esas discusiones.

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¿Y que deberían de hacer las empresas?
Las compañías tienen que darse cuenta de que cuando se fomentan los valores comunes es muchísimo más -fácil cumplir con los objetivos. Jack Welch, el presidente de General Electric ha conseguido resultados extraordinarios desde que lo llevó a cabo en 1995. Cada división interna, tanto entre jerarquías como entre departamentos, que se crea dentro de una compañía cuesta recursos que limitan la fuerza de liderazgo.

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Para consolidar el capital humano hay que reducir la cantidad de conflicto posible entre unidades distintas y establecer objetivos comunes. Hay que descentralizar a través de los valores comunes. Entonces se está utilizando el control interno de los individuos y se les está dando un sentido vital para que todos marchen en la misma dirección. Es como un equipo de fútbol, tienen que cooperar entre todos para marcar un gol.

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También así se consigue preservar el talento dentro de la organización
Absolutamente. Si uno pregunta a un joven en qué compañía quisiera trabajar siempre responde una que le permita crecer y recibir mejor entrenamiento... O sea, la que valora ante todo el capital humano. Pero luego se va a una empresa y el sistema está hecho para que se peleen entre ellos en lugar de colaborar. El liderazgo significa básicamente comunicación de valores.

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¿Los organismos internacionales como el Banco Mundial están ayudando a empujar en esa dirección?
No siempre. Con la reciente crisis asiática, el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial y Estados Unidos se comportaron de forma totalmente antiética: a cambio de la ayuda económica a Corea del Sur, quisieron forzar al gobierno del país para que abriera sus fronteras a todas las importaciones. Eso estaba mal porque la solución técnica para el problema surcoreano era únicamente de índole financiero. Era una falta de liquidez y no de estructura y se aprovechó de mala manera la crisis para que prevalecieran los intereses comunes. Hay un debate cada vez mayor acerca de reconsiderar el papel preponderante del FMI.

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¿El FMI es un dictador?
No completamente. Si acaso es el único superpoder que queda en el mundo después de la guerra fría. La ONU también se comporta muchas veces como un dictador. Estados Unidos la utiliza como tapadera para que prevalezcan sus intereses. En Oriente Medio, por ejemplo, hay otras seis naciones además de Irak que también poseen armas biológicas y químicas. ¿Y porque nadie habla de ellas? ¿Por qué apoyamos a un dictador como Suharto en Indonesia? Cuando la guerra del golfo, las fotos acerca de las víctimas civiles en Irak fueron censuradas en Estados Unidos. Lo mismo pasó con las invasiones de Panamá, Granada o Líbano. De este modo se trata de evitar que se generen discusiones públicas. Lo bueno es que la superioridad de Estados Unidos es cada vez más relativa. Cada vez se aceptan menos sus presiones.

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¿Y el Banco Mundial?
Es un organismo anexo, no un protagonista central. Lo bueno del Banco Mundial es que no es un monolito. Estas mismas críticas las digo delante de James Wolfensohn, el presidente de la institución.

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¿Y cuál es su papel para revertir esta situación?
Mi trabajo es reinventar el Banco Mundial: me junto con todos los altos directivos del organismo para hablar de justicia social y replantearles los conceptos. Muchas veces no viven en el mundo real porque sufren de arrogancia por todos sus conocimientos y eso a su vez les lleva a la ignorancia. Les recuerdo que no sólo hay que enfocarse en la producción de recursos, sino también en su distribución y establecer un nexo entre estos dos conceptos.

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¿Y dónde se encuentran los George Marshall de ahora?
No se les encuentra. Espero que Europa se vuelva una alternativa de modelo de desarrollo y que Asia consiga crear su propia visión de desarrollo. Así, junto a Estados Unidos, habrá tres polos que compitan en búsqueda de solidaridad.

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¿No tiene miedo a fallar?
Sí, pero hay que levantarse al día siguiente y seguir intentándolo. Pero eso sólo se puede hacer cuando moralmente se está del lado correcto. Nunca hay que dejar de pensar en la responsabilidad que todos tenemos para cambiar la lógica que impera actualmente.

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